El drama nacional

candidatos

Vamos a repasar los principales actores del drama u ópera bufa que se representará hoy en la siempre sufrida patria:

Mariano Rajoy (Nom de scene: Mariano Rajao)

Difícil imaginar una legislatura más frustrante que la suya. Disfrutando de la que seguramente sea la última mayoría absoluta que veamos en mucho tiempo, se dedicó a hacer lo que mejor se le da a la derecha española: medio arreglar la economía sin dedicar el más mínimo esfuerzo a una labor didáctica que nutriera los cerebros nacionales, al borde de la inanición ideológica. El PP, en lugar de promocionar los evidentes logros de sus gobiernos y aprovechar su superioridad doctrinal y moral, ha permitido una hegemonía cultural absoluta de la izquierda, incluso regalándoles potentes grupos mediáticos, con los resultados que hoy vemos. El mandato de Rajoy ha destacado especialmente por la la promoción de incompetentes y pelotas, por la ausencia de reformas estructurales y por acabar de desarmar ideológicamente al partido. Las encuestas le otorgan 130 escaños en el mejor de los casos, un resultado que sólo le deja dos posibilidades: asistir impotente desde la oposición a un gobierno absolutamente nocivo para España o bregar como presidente en minoría durante una legislatura corta. Si ocurre lo segundo, aún tendrá ocasión de hacer un último servicio al país.

Pedro Sánchez (Nom de scene: Peras Anchas)

Seguramente la entidad intelectual de los gobiernos felipistas estaba exagerada: por más que fuera gente leída, no dejaban de ser hijos ideológicos del marxismo (incluso tuvieron que rechazarlo formalmente en un congreso extraordinario). Pese a ello, eran personas normales que hasta tocar poder habían tenido que trabajar y que se habían chupado una dictadura (aunque fuera tan benigna como el franquismo crepuscular). Zapatero, sin embargo, era algo muy distinto, la siguiente generación: afiliado a “la PSOE” desde los 19 años y diputado desde los 26, no tuvo otra “vida laboral” que ser ayudante de derecho durante 3 años en la misma universidad donde se licenció. Absolutamente falto de capacidad intelectual y de lecturas nutritivas, este aparatchik simbolizó el triunfo absoluto de la mediocridad, llegada al poder en vagón de Renfe. A Pedro Sánchez el felipismo le queda todavía más lejos, siendo un hijo ideológico clarísimo del zapaterismo, con un corpus ideológico basado en las mismas sandeces insustanciales y buenistas (feminismo radical, exaltación de las minorías, igualación del sistema educativo por abajo…). Si un buen líder socialista lo tendría difícil con el fin del bipartidismo, no digamos ya esta medianía de metro noventa y pico. De poder volver en el tiempo, sin duda se resignaría a ser jefe de la oposición cuatro años, pero eso no es posible. Pase lo que pase hoy, quedará en una posición incomodísima: lo “mejor” que podría ocurrirle es ser segunda fuerza y presidir un gobierno con ministerios clave cedidos a los comunistas. No obstante, lo mejor para España sería que quedara tercero, se abstuviera en la investidura y se fuera a su puta casa.

Pablo Iglesias (Nom de scene: Pablemos)

No digo nada nuevo si afirmo que Iglesias es producto del absoluto fracaso de España como sociedad y como ente político y cultural. No digo “del sistema educativo” porque, aunque esto también es cierto, resulta demasiado fácil cargar a ese sistema de formación académica la responsabilidad que debe corresponder muy principalmente a padres, comunicadores y políticos. 40 años de fomentar el infantilismo, el apolitismo y la desafección a la patria han dado como resultado a este monstruíto que en cualquier país serio (aunque ya empiezo a dudar que existan) no pasaría de vulgar agitador televisivo. Comunista clásico y amigo de todos los enemigos tradicionales de España (terroristas y separatistas, principalmente), sólo un absoluto imbécil o un absoluto ciego podría creerse su “giro a la socialdemocracia”. Desgraciadamente, hemos demostrado que nos sobran ambas cosas, y también que, una vez un españolito decide su voto, se aferra durante años al mismo, por más desmanes que cometan “los suyos”. Pese a la absoluta indigencia intelectual de Iglesias, hay que reconocerle dos aciertos tácticos: haber forzado estas segundas elecciones y comerse con patatitas lo que quedaba del comunismo, propiciando esta situación donde podría incluso hacerse con la presidencia.

Albert Rivera (Nom de scene: Naranjito)

El puñado de españoles sensatos que quedan saben que el país tiene una dramática necesidad de regenerarse, y ese movimiento, el regeneracionismo, es lo que primero representó UPyD y ahora Ciudadanos. Lo que no entienden los antiregeneracionistas (que son muchos y bastante zotes) es que, pese a los muchos defectos de los partidos que la representan, esta tendencia sigue siendo absolutamente necesaria si queremos tener alguna esperanza de modernizarnos definitivamente y de aprovechar las ilimitadas potencialidades de nuestro país. Cs sin duda se ha deshinchado respecto a su promesa inicial, en mi opinión por un exceso de apariciones mediáticas (mejor pocas, sólidas y coherentes) y, sobre todo, por las vacilaciones de su líder Albert Rivera, abrumado por esa necesidad imposible del político de contentar a todos. Su mayor error, de largo, ha sido el pacto en Andalucía, que ha permitido la continuidad de un régimen corruptísimo a cambio de tristes consuelos como bajadas puntuales de impuestos y la pérdida del aforamiento de dos ex-presidentes. Con todo, Albert aún es honesto en sus intenciones, tiene con diferencia el programa más racional e innovador (incluso en su versión capada) y podría ser un muy buen presidente. Está por ver si nuestra ultrainfantilizada población le da ese oportunidad o lo deja en una curiosidad histórica.

Alberto Garzón (Nom de scene: No tiene, es demasiado irrelevante)

¡¡Pa lo que ha quedao el comunismo!! Alberto es hijo de un profesor universitario y una farmacéutica, no ha pasado privaciones ni hambre durante un solo día de su vida y, por tanto, la única opción lógica era afiliarse a Izquierda Unida (alias PCE) con 18 años. Antes de cumplir los 26 ya era diputado, dando un auténtico ejemplo de existencia proletaria y sacrificada. Desde entonces se ha movido en la absoluta irrelevancia que tan bien se ganó su partido a lo largo de los años, hasta que Pablemos le ofreció la oportunidad de oro de ser su mascotita. Ideológicamente podemos definirlo como “la nada con sifón”, con un cuerpo doctrinario que, curiosamente, es prácticamente indistinguible del de Peras Anchas y el de Pablemos (anticapitalismo de garrafón). Su última aportación a la historia de España seguramente sea seguir llevándoselo crudo en algún ministerio de tercera (medioambiente, por ejemplo).

Santiago Abascal (Nom de scene: No tiene, es un señor muy serio)

Es casi imposible que Vox obtenga algún escaño, pero lo incluyo en esta relación como caso paradigmático: si aceptamos que sus postulados son radicales, en ningún caso lo serían más que los propuestos por sus adversarios de la otra orilla ideológica. Sin embargo, unos van a sacar aproximadamente 90 escaños y los otros se van a quedar fuera del parlamento. Sirva esto para hacer reflexionar sobre el inexplicable prestigio de las ideas izquierdistas y sobre la delirante pervivencia mediática y académica del comunismo, la ideología más fracasada y criminal de todas las concebidas por el hombre. Lo de Vox es una pena, porque su programa es perfectamente aprovechable, no tiene ningún punto especialmente extremista (ni siquiera están cerrados en banda respecto al aborto, como se difundió falsamente) y Abascal es un hombre elocuente y brillante. Será el voto testimonial-refugio de mucho derechista clásico que no reconoce el ente en que se ha convertido el actual PP. Puede parecer poco, pero un testimonio siempre es mejor que quedarse en el sofá.
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Viviendo en Colombia (y V)

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Parte V: El Caribe y la despedida

Figuradamente hablando, mi primer contacto con el Caribe colombiano se produjo en la misma Medellín, al quedar con un lector caribeño de mi blog de fútbol. Nos encontramos en la popular avenida 70 (muy cerca del Atanasio Girardot), y en una de sus terrazas vimos un partido del Mandril y comentamos anécdotas de la web a lo largo de los años. Aunque siempre he sido consciente de mis limitaciones como escritor, resulta bastante gratificante comprobar cómo personas que viven a 8.000 kms. te han leído regularmente durante tanto tiempo. Los norteños tienen la costumbre de empezar muchas frases diciendo “Marica”, lo cual resulta muy gracioso. Iguazo tuvo a bien presentarme a unos parientes que me contaron cosas muy interesantes sobre el país, uno de ellos un primo barcelonista, pero “sólo por el fútbol”. Por la cordialidad del ambiente, desistí de explicarle el daño que tan avieso club le ha hecho a España.

Unos tres meses después viajé a la costa caribe, situada al Norte del país. Mi primera parada fue Santa Marta, en el departamento de Magdalena; el desplazamiento fue obligatoriamente en avión, pues Colombia carece de vías férreas. Algo realmente llamativo de esta ciudad es que te encuentras una playa a apenas 50 metros del aeropuerto, y bastante bonita por cierto: larga, limpia y nada masificada, gracias a la ausencia de hoteles y la distancia hasta el núcleo urbano (unos 15 kms). Así, es posible dándose un chapuzón 10 minutos escasos después del aterrizaje. En el taxi, de camino a la ciudad, me sorprendí admirando la puesta de sol marítima, prcatándome de que no había visto algo parecido durante cuatro meses, debido a las montañas que rodean por completo Medellín; es el precio que paga la ciudad por su benigno clima.

Aunque la Colombia caribeña, como el resto del país, tiene una gran mezcla de razas, es una zona predominantemente negra y mulata. Las mujeres no desmerecen su fama, y muchas de ellas son bellísimas, generalmente desde una temprana edad. El acento local es el compartido por todo el Caribe, mucho más parecido al cubano que al de las regiones más sureñas del país, aunque no todo el mundo lo tiene. Aun con las particularidades propias de la zona, Santa Marta recuerda a cualquier localidad playera del mundo, con su paseo marítimo, sus hoteles y sus turistas. Sin duda la peor costumbre del caribeño es utilización compulsiva del claxon por parte de los conductores de coche y moto; son escasísimos los que conducen más de 200 metros sin pitar, con la excusa de que “así no atropellan a nadie” y la consiguiente contaminación acústica. Es algo a lo que hay que acostumbrarse en esos lares.

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La primera noche la pasé en un hostal llamado La Brisa Loca, y aunque no me atraen mucho este tipo de establecimientos, la verdad es que fue una experiencia la mar de interesante, gracias al bonito estilo colonial del edificio y a su desenfadada atmósfera; incluso los gringos y argentinos que mayoritariamente lo poblaban eran bastante tolerables. Más tarde me pasé al Emerald Hostel (en la puerta de al lado), donde puede confirmar esa misteriosa invasión argentina del Caribe. Santa Marta es sin duda una ciudad agradable, pero su mayor gracia es usarla como base para visitar otros lugares, como Tayrona, un pueblecito pesquero bastante popular. Su población es extremadamente humilde, y a excepción de la línea de playa -con sus chiringuitos y hostales- tiene enormes carencias urbanísticas, y muchas calles son de tierra y piedra. Es una lástima que no se beneficie más del abundante turismo.

Sin duda la gran atracción de la zona es el parque natural Tayrona, uno de los rincones más espectaculares de Colombia. Esta enorme reserva alberga arquetípicas playas del Caribe, acompañadas de grandes porciones de exuberante selva. Es mejor tomarse un tiempo para visitarla (al menos un par de días), aprovechando los varios cámpings de su interior. Las playas están separadas por senderos selváticos de longitud variable, que se recorren a pie o a caballo. En ellos es posible encontrar pequeños grupos de indios Tayronas, la etnia local, que se caracteriza por sus vestimentas blancas y al parecer se mueve libremente por el parque. La foto que encabeza la entrada corresponde a esta espectacular reserva.

Después de cuatro días en Santa Marta llegó el momento de conocer Cartagena de Indias, la mítica perla del Caribe. El trayecto entre ambas ciudades es realmente interesante, con paisajes realmente singulares y escenas humanas muy llamativas. Se trata de una zona de naturaleza muy rica, y en un momento dado la carretera tiene un largo acuífero a la izquierda y el mar a la derecha, así que los véhículos avanzan por una estrecha lengua de tierra. Esta zona es probablemente la más pobre de Colombia, y se divisan poblados polvorientos y paupérrimos, cuyos habitantes menudo carece incluso de zapatos y camisas. Al igual que en Taganga, estas poblaciones suelen vivir de la pesca, “atrapando de día lo que comen por la noche”, y hay quien apunta que ese modo de vida es simplmente su idiosincrasia. En bastantes casas se ve pintado el escudo del equipo de fútbol más popular del Norte, el Atlético Junior.

cartagena

Mi primer contacto con Cartagena fue en el barrio de Torices, donde se encontraba mi alojamiento. Se trata de una de las muchas “cocinas del infierno” que existen en todo el país (incluso más pobre que San Javier), y desde luego no es el mejor sitio para llevarse una buena primera impresión de la ciudad. Desde allí, tras una caminata de 20 minutos, se llega al actual centro de la ciudad, que no resulta desgradable pero tampoco tiene nada de especial. Sin embargo, todo cambia cuando se penetra en el centro histórico o “ciudad amurallada” a través de la Puerta del Reloj, accediendo a un micromundo mágico directamente entroncado con la gloria del antiguo imperio español.

Las calles de la ciudad amurallada son bellísimas y están magníficamente conservadas, siendo singularmente bonitas de noche, gracias a un acertado sistema de iluminación. Enseguida resulta obvio por qué la ciudad es llamada la Perla del Caribe, destacando rincones como la plaza de la catedral, que puede rivalizar con las de Venecia o cualquier otra de similar celebridad. Es posible recorrer este casco antiguo en coche de caballos, que a pesar de ser un obvio gancho para turistas contribuyen positivamente a la atmósfera. Las calles están cuajadas de establecimientos hosteleros y comerciales muy agradables y bien cuidados, lográndose conjuntar perfectamente la añeja armonía arquitectónica con las amenidades del consumo moderno.

Por supuesto, es recomendable transitar por el perímetro de la muralla, donde aún podemos ver muchos cañones apuntando hacia el mar, como cuando guarecían esa joya de la corona de los invasores ingleses. Por esta zona encontramos una sorpresa singular: una fuente análoga a la de Canaletas, fabricada en Barcelona, para más señas. ¡Quién sabe qué hisrotia tendrá detrás! La otra gran construcción defensiva de la ciudad -fuera del recinto amurallado- es el Castillo de San Felipe, una colosal fortaleza conservada casi a la perfección y que precisa más de dos horas para ser recorrida por completo. Desde sus alturas hay unas excelentes vistas de la ciudad, y a sus pies se encuentra el monumento al muy singular héroe Blas de Lezo, el hombre manco, tuerto y cojo que, en absoluta inferioridad, logró defender Cartagena ante la apabullante flota de Albión, logrando que siguiera siendo española durante varias décadas más. En el pedestal de la estatuas se reproducen las monedas que los ingleses acuñaron para conmemorar una victoria que daban por segura (esos tíos parecían culerdos).

El barrio más interesante de Cartagena, después del centro histórico, es Getsemaní, un encantador conjunto de pequeñas calles con todo el colorido y bullicio propios del Caribe. Es aquí donde se concentran casi todos los hostales de la ciudad, por lo que la atmósfera es decididamente joven e internacional. Aunque la arquitectura no es tan rica como en el centro, resulta también francamente bonita, gracias entre otras cosas a los atractivos colores de sus fachadas. En esta zona se encuentran algunos teatros de gran antiguedad y valor estético. Hay otras partes de la ciudad muy extensas, que albergan básicamente hoteles y suntuosas villas de extranjeros. Por esa zona podemos darnos un chapuzón en la enorme playa de Bocagrande, cuyas ocuras y bravas aguas permiten actividades como el surf y su variedad con cometa.

Sin embargo, el gran tesoro costero de Cartagena está a unos 40 kilómetros del corazón urbano, en la península de Barú, donde aguarda la portentosa Playa Blanca, muy adecuadamente bautizada. Existe una forma fácil de llegar (tomando el ferry en el puerto), y una complicada y poco glamurosa, pero muy barata: el primer paso es tomar una buseta en el multitudinario mercado de Basurto, una apoteosis de negritud (que diría Ansón), bullicio, calles de tierra y olores penetrantes. La buseta deja en algo menos de una hora en un pueblecito llamado Pasacaballos, y allí los motoratones se pelean (casi literalmente) por llevarte a Playa Blanca; si tienes suerte hasta te dejarán un casco no muy tercermundista. El viaje cuesta unos 17.000 pesos entre motoratones y buseta, frente a los aproximadamente 50.000 del ferry. Una vez más, toda la zona es paupérrima, un enorme contraste con lo que uno encuentra al llegar a Playa Blanca, básicamente la playa perfecta. Ciertamente no es solitaria -la visitan numerosos turistas de muchas nacionalidades-, pero lo compensa con su longitud, belleza, entorno y sobre todo sus limpísimas y cálidas aguas, de un tono azul turquesa, que dan la sensación de estar bañándose entre zafiros. Un lugar ideal para olvidarse de todo y disfrutar, con la posibilidad de alquilar una bonita cabaña y pasar allí varios días. Pocas horas después de visitarla, tomaba el avión de vuelta a Medellín.

Tres semanas después, durante las que viví en el barrio de Villahermosa, llegó el momento de volver a la patria, tras casi 5 meses en Colombia. Imposible no sentir una intensa melancolía cuando llega hora de abandonar un lugar que ha sido tu casa durante un tiempo prolongado. Un país al que llegué con miedo por la delincuencia y que fue, sin duda, el más hospitalario y acogedor que he conocido y que seguramente conozca; no hubo familia que conociera que no me abriera las puertas de su casa y me pusiera un plato sobre la mesa. Los colombianos son gente maravillosa, en varios aspectos mejores que los españoles, y se merecen que su país emerja y aproveche su enorme potencial; ojalá lo logren, así les lleve décadas, y espero que sus hermanos españoles juguemos un papel en ello. Durante mi estancia viví emociones muy intensas, algunas profundamente tristes y otras intensamente alegres; por supuesto me quedo con las últimas, que son las que tendrán alguna trascendencia en mi vida posterior. Amigos colombianos, amados paisas, guardadme un rincón para cuando vuelva a necesitar el calor que tan generosamente brota tanto de vuestras almas como de vuestro cielo. Me siento afortunado de tener dos países.
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París, Francia, Europa

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Una nueva masacre. Más vidas cercenadas o destrozadas para siempre, esta vez más de doscientas. Como es natural, muchos tratan de averiguar el porqué, aunque a mí me parece más relevante el “ahora qué”. Para ser crudamente sincero, pienso que “ahora nada”, o casi nada. Porque, aunque es innegable lo atroz de la tragedia, es también algo perfectamente asumible para nuestra sociedad. La frialdad de los números nos dice que 200 es apenas una gota en un mar de 66 millones, y los ataques no dejarán ninguna huella permanente en París; los malos no pudieron o no se atrevieron a destruir algo tan icónico como la Torre Eiffel, y una vez recogidos los cadáveres, limpiada la sangre y reparados los desperfectos la gente seguirá su vida con total normalidad. Habrán escrito 20 twits al respecto, habrán puesto el filtro de la banderita francesa en su foto de Facebook y con ello básicamente considerarán que han cumplido su deber ciudadano.

Tampoco esperemos nada de los políticos: pese a que Hollande declarara de “acto de guerra” los atentados, me parece harto dudoso que vaya a aumentar la presencia francesa en Siria, iniciando una gran campaña militar contra el ISIS (o Daesh, como llaman ahora). Se dedicarán muchos medios a buscar a los culpables materiales, los demás estados colaborarán y ahí acabará todo. Los gobiernos que no tuvieran un plan claro respecto al islam desde luego no van a pergeñarlo ahora por una tragedia que será noticia vieja dentro de un mes, tal como hoy lo es la de Charlie Hebdo; masacres percibidas prácticamente como virtuales, a través de móviles y monitores. Ciertmente el islam habrá ganado unos cuantos detractores, pero la mayoría de personas no se moverá de sus fijaciones ideológicas. ¿Acaso en España no hay aún miles clamando por los “crímenes del franquismo”, mientras el 11-M -que sigue siendo básicamente un misterio- se ha enterrado en el olvido?

El único problema es que cada una de estas matanzas nos acerca -esta vez sí de forma traumática e irreversible- a la pérdida de nuestra civilización y modo de vida, y los que tratamos de tener una visión del mundo algo más realista y alejada del buenismo que la media creemos que hacen falta acciones más allá de lo simbólico. Parece claro que la raíz del problema está en la incompatibilidad en el mismo espacio físico de Occidente e Islam: pese a que casos como Dubai demuestran que es posible la implantación exitosa de un Islam secularizado, esta religión se encuentra, en casi todo su ámbito geográfico, en una fase prácticamente medieval, fuertemente hibridada con la política y generando unos paradigmas sociales casi diametralmente opuestos a los de occidente. Ha llegado la hora de admitir que nuestro alegre aperturismo, el sueño de una Babel global, no estaba preparado para esta situación. Por ello es imprescindible desimbricar ambas culturas, dejando que crezcan por separado hasta que en el futuro cercano o lejano pueda volver a plantearse una convivencia.

Huelga decir que la tarea es de enorme complejidad, y excede con mucho mis conocimientos y capacidad de análisis, pero pese a ello me gustaría apuntar algunas posibles actuaciones, y usar estas sugerencias como base para la reflexión y el debate. Se trata de medidas que muchos europeos considerarían traumáticas, de todo punto incompatibles con las ideas mayoritarias de libertad individual, democracia y respeto a las culturas foráneas; sin embargo, es imprescindible entender que, o bien aplicamos ahora esta “dureza”, o casi con seguridad llegarán auténticos cataclismos, cuando la guerra no será soterrada sino abierta, y los muertos no se contarán por cientos sino por millones. Paso a detallar algunos ámbitos claves en los que actuar:

marsella

Inmigración/Distribución poblacional/Demografía

Francia tiene actualmente 6 millones de musulmanes, nada menos que el 10% de su población, un vasto grupo humano que supera el número de habitantes de países como Dinamarca, Noruega o Irlanda. Más grave aún, no se trata de una población dispersa, sino concentrada en sus propios barrios o incluso ciudades enteras que se convierten en guetos, estados dentro del estado con un desapego casi total por la nación matriz. No creyendo necesario extenderme sobre la gravedad de ambos hechos, hay que plantearse cómo revertirlos. En primer lugar, el flujo migracional ha de ser dramáticamente reducido no sólo en Francia sino en toda la UE, estableciendo exigentes condiciones para la residencia en cualquiera de sus estados. Un simple permiso de trabajo no puede ser suficiente, y ha de exigirse como mínimo un alto dominio del idioma nacional. También se debería ser restrictivo con la zona de residencia del migrante, prohibiéndosele establecerse en los guetos ya existentes, con la idea de disolver estos a medio plazo. Respecto a la inmigración ilegal, es imprescindible implantar las devoluciones en frío por todo el perímetro europeo, tanto en tierra como en mar.

Pero la idea fundamental en este ámbito ha de ser resolver de una vez el problema demográfico europeo, eliminando la necesidad de importar mano de obra. Se trata obviamente de un problema muy complejo que merecería su propio estudio, pero hay medidas que considero ayudarían, tales como los subsidios o exenciones fiscales a cónyuges que optaran por permanecer en el hogar cuidando a los hijos -con mayores beneficios cuantos más hijos-, ayudas que estarían destinada principalmente a los autóctonos. Del mismo modo, a igual cualificación debería premiarse fiscalmente y con otros estímulos la contratación de nacionales. El “dumping” laboral es un problema muy cierto que debemos abordar de una vez.

mujeres

Cultura y Religión

Resulta muy llamativo que en la marcha feminazi -perdón, feminista- del otro día no se viera la más mínima reivindicación a favor de las mujeres musulmanas residentes en España, un colectivo que sí puede quejarse legítimamente de estar sometido a sus maridos. Las dinámicas hombre/mujer de los musulmanes tienen su explicación y su función en sus propios entornos geográficos, pero resultan inaceptables en el nuestro. Si bien Occidente ha pecado de irse al otro extremo, cayendo en la hipersexualización y la promiscuidad, opino que no deberíamos consentir el velo islámico en ninguna de sus formas (hiyab, al-mira, chador, burka…), dejen ver el rostro o no. Aunque la vestimenta de la mujer musulmana suele estar impuesta por el marido, habría formas de hacer cumplir esta normativa sin recurrir a nada drástico: el método serían las sanciones administrativas, que acarrearían primero multas económicas y en los casos recalcitrantes pérdida de derechos como el de trabajo, el de voto y el de residencia.

En cuanto a las mezquitas, si bien no creo que se deban ilegalizar, ha de crearse una licencia de oficiante religioso, que el estado podrá retirar en caso de mala praxis. Los contenidos litúrgicos deberían controlarse mediante servicios de inteligencia, identificando a aquellos imanes que llamaran al odio étnico y retirándoles la mencionada licencia.

U.S. President Barack Obama meets with Saudi Arabia's King Salman (R) at Erga Palace in Riyadh, January 27, 2015. Obama is stopping in Saudi Arabia on his way back to Washington from India to pay his condolences over the death of King Abdullah and to hold bilateral meetings with King Salman.

Relaciones políticas y comerciales

Este tema también es muy complejo, pero en los casos en que cierto gobierno o empresa tenga lazos conocidos con grupos terroristas, parece de sentido común implantar algún tipo de protocolo sancionador, que abarque desde los aranceles a la ruptura de relaciones comerciales, pudiendo incluso elaborarse una lista negra de empresas vinculadas con el terrorismo, con las cuales sería ilegal comerciar. Soy consciente de los grandes intereses de todo Occidente en el mundo islámico, pero seguramente pueda hacerse algo sin abandonar los límites del realismo, sobre todo ahora que nuestra dependencia del petróleo se ha visto fuertemente reducida.

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Geoestrategia

Tras el desastre de Irak y la estéril fantasía de la primavera árabe, creo que algo ha quedado meridianamente claro: si la democracia llega algún día al mundo islámico, será probablemente dentro de mucho tiempo, cuando esté listo para ello. Mientras tanto, debemos asumir que el mejor gobierno para nosotros siempre será el más laico y el más pro-occidental, por más dictatorial que puedan parecer a los delicados ojos europeos. Derrocar a Sadam fue un carísimo y sangriento error, y lo mismo puede decirse de Mubarak y Gadafi. Aún estamos a tiempo de no hacer la misma imbecilidad en Siria, así como de impedir la implantación de nuevas teocracias, por más que ciertos poderes fácticos nos machaquen con la supuesta “moderación” de las facciones aspirantes a dirigirlas.

mig

Intervención militar

A casi ningún europeo le gusta la intervención militar directa; además de ser algo tremendamente cososo, tras muchas décadas de amodorrado bienestar, simplemente le tenemos terror a la guerra, y me parece algo legítimo. De hecho, opino que en el mundo moderno casi nunca es necesario llegar a esto, pero cuando nos encontramos casos como el del ISIS, la resistencia al aplastamiento militar es simplemente ridícula. Al menos haríamos bien en no oponernos a los países que, como Rusia, tienen el coraje de intervenir directamente. Seguramente convendría establecer tratados con los gobiernos prooccidentales de la zona y ofrecerles ayuda y asesoramiento militar ante episodios de insurgencia en sus territorios, aunque esto se antoja complicado cuando ni siquiera tenemos un ejército europeo. Seguramente sea el momento de plantearse seriamente su creación.

En definitiva, el futuro es más incierto que nunca. Si bien es posible que sigamos poniendo más muertos en el altar del aperturismo y la tolerancia mal entendida, forzosamente algunas conciencias tienen que estar moviéndose. La única forma en que se antoja posible un cambio significativo en Francia sería una victoria del Frente Nacional, posibilidad para muchos más terrorífica que cualquier masacre islámica (no olvidemos que el gran espantajo de la Europa que no vivió bajo el telón sigue siendo el lejanísimo nazismo). Sin embargo, ya se han probado otros caminos, que no parecen haber logrado nada en el terreno de la integración ni de la seguridad. Dejemos hacer a Marine Le Pen y los suyos, que ya habrá tiempo de juzgar su tarea de gobierno. En cuanto a España, el número de musulmanes se acerca ya a los dos millones. Ahora estamos inmersos en un proceso de transformación política que absorbe toda nuestra atención, pero en algún momento deberemos afrontar el problema. No en vano el antiguo Al-Andalus es uno de los puntos clave en esta batalla por la supervivencia de Occidente.
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Vivir en Colombia, IV

villa 2

Dicen que en la vida hay que ir siempre hacia arriba, y eso es precisamente lo que yo hice. Atrás quedó Prado Centro, donde pasé más de dos meses, para trasladarme al barrio de Villa Hermosa, a sólo unas calles de distancia, pero mucho, mucho más arriba. Entre ambas casas, un viaje a la costa Caribe que relataré en el quinto y último capítulo de esta serie. Desde las alturas Villa Hermosa se ve casi toda Medellín, e incluso una puesta de sol más que aceptable en esta ciudad cercada por montañas. Aunque está a apenas 15 minutos caminando de la Avda. de la Playa -una de más concurridas y bonitas vías de la ciudad-, el da una impresión de mundo aislado y autocontenido, apto para pasar una temporada casi contemplativa, realizando balance de este viaje que muy pronto tocará a su fin. Hay varios aspectos tremendamente interesantes del país que aún no he comentado, y que paso a compartir con vosotros.

El fútbol

Celebración en las calles de los hinchas de nacional

La afición por el deporte rey en Colombia es desmedida, mucho mayor que en la España actual, y seguramente de cualquier época; puede considerarse con toda justicia la segunda religión del país. En Medellín los equipos relevantes son Nacional, Nacional y Nacional (Atlético Nacional de Medellín), y su zamarra verdiblanca es probablemente la prenda más usada de la ciudad, ya sea original o pirata, de esta temporada o anteriores. Los seguidores del segundo equipo en importancia, Independiente de Medellín (alias “El poderoso”) son tremendamente fanáticos, pero la diferencia de número entre ambas aficiobes es abrumadora, fácilmente de 8 a 1. Nacional es, además, el “Real Madrid” colombiano, el único club con seguimiento en todo el país (generalmente hay mucha fidelidad al equipo local) y el más laureado de las últimas décadas. Su nivel internacional, no obstante, es bajo, y no suele llegar lejos en la Libertadores, aunque el año pasado alcanzó final de la Copa Sudamericana -una especie de Europa League-, que perdió a doble partido con River Plate.

Nacional e Independiente comparten estadio, el Atanasio Girardot, que forma parte de un céntrico complejo polideportivo. Tiene una capacidad de 46.000 espectadores, aunque da la impresión de ser mucho más pequeño que el Bernabéu. A nivel de animación tiene dos “barras”: una de unos 5.000 componentes, que ocupa todo un fondo y viste de blanco, y otra mucho más pequeña e informal en el fondo opuesto, de unos 100 componentes. Antes de cada partido todos los espectadores cantan el himno del club brazo en alto, y hay cánticos predeterminados cuando se marca un gol y cuando se señala penalti, coreados por todo el estadio.

Hablo literalmente cuando digo que el fútbol aquí es una religión, como sólo puede serlo entre seguidores con un nivel socioeconómico bajo o muy bajo, con unos horizontes que a menudo no van más allá del marcado por el Girardot. Tanto es así que muchos de estos hinchas hacen grabar el escudo del equipo en la lápida de su tumba, por increíble que parezca (luego más sobre esto). A veces hay graves problemas de violencia, aunque actualmente parecen bastante controlados. No obstante, en mis primeras semanas aquí un “pelao” de Nacional murió apuñalado por una pandilla de simpatizantes de Independiente,y para evitar problemas no está permitido ingresar al estadio con la camiseta de ninguno de los equipos que juegan (aunque algunos se las apañan para meterla).

Cuando he dicho que aquí sólo existe Nacional, por supuesto estaba obviando una de las grandes obsesiones del país: la Selección Colombia. Cualquier simple amistoso se sigue con el interés que en Europa suscita un superclásico, y no digamos ya los partidos oficiales. Imaginad mi divertida sorpresa cuando, en un amistoso disputado a las cuatro de las tarde contra USA, un postrero gol colombiano se celebró como si se hubiera sido anotado en la fase final de un Mundial. Existen algunos colombianos a los cuales la selección le es indiferente, pero, como ocurre con la religión de las iglesias, es un porcentaje muy reducido, y la camiseta amarilla es la segunda piel del país, para hombres y mujeres. En cuanto a las camisetas de clubes de otros países, es posible ver bastantes de Barcelona y Real Madrid, con alguna predominancia de la primera (aunque esto se está equilibrando tras el fichaje de James por los blancos), pero raramente son prendas originales. Los clubes no colombianos ni españoles tienen una presencia meramente testimonial.

La naturaleza

En esta región del mundo no hay que esforzarse porque las plantas crezcan; lo difícil es evitar que lo hagan. Así, en cualquier rincón de la ciudad crecen palmeras y muchas otras especies de exuberantes árboles. Sin embargo, en otras partes el verde está casi erradicado, y de hecho los parques al estilo europeo son una rareza. La gran excepción es el Jardín Botánico, situado cerca de Prado, una micromuestra de la exuberante naturaleza colombiana. En él pueden verse especímenes de las muchas y maravillosas aves que pueblan la nación, así como de sus excepcionales mariposas y de las muy populares iguanas, lentas pero excelentes trepadoras (ver recorrido subjetivo aquí). Otra excepción es el Parque Arví, que no forma parte de la ciudad propiamente dicha, y al que sólo se puede llegar tras un largo trayecto en Metrocable. Se trata de una extensa reserva boscosa con vegetación casi totalmente europea, lo que puede verse como una ventaja o una desventaja.

En cuanto a la naturaleza salvaje, tuve ocasión de conocerla gracias a la generosidad de mis anfitriones en Prado, quienes me invitaron a su finca en la localidad de San Rafael, a 114 kms de Medellín. Se trata de una zona exuberante, montañosa como casi todo el país, cuya naturaleza sufrió primero por la ganadería -la cual convirtió los montes en potreros (cercados para la cría de ganado)- y luego por la guerra del narcotráfico, que dejó la zona medio arrasada. Hoy día, no obstante, está muy regenerada, y la finca que visité había revertido a un estado selvático casi virgen. También está la región amazónica, en el sur del país, que no he podido visitar.

La universidad

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Lo ultimísimo en teoría política.

Como ya he mencionado alguna vez, Colombia tiene un potencial casi infinito, pero para desarrollarlo debe dar algunos saltos decisivos de progreso, y uno de ellos es optimizar su educación. La universidad de Antioquia pasa por ser una de las mejores del país, y realmente no quiero imaginarme cómo serán las peores, porque seguro que hay mítines de Izquierda Unida y Podemos con más pluralidad ideológica que en esta malhadada institución. Fue simplemente desolador entrar a visitarla y encontrarme con una colección casi infinita de grafitis dedicados a los tótems y lemas más rancios de la izquierda radical, caducados hace como mínimo medio siglo, sin faltar los imprescindibles “mártires asesinados por la brutalidad policial” (ver ejemplos aquí, aquí, aquí, aquí y aquí).

Ése es el ambiente en el que deben desarrollarse las mentes que liderarán el país en el futuro. ¿A alguien puede extrañarle que hoy día, esta universidad sea casi más conocida por sus constantes movilizaciones y algaradas que por su nivel académico? Imagínense nuestra Complutense multiplicada por cinco, y sin el entorno europeo para amortiguar. Tampoco faltan las agresiones a profesores, ni más de un centenar de atracos anuales. Latinoamérica lleva décadas entrando y saliendo del totalitarismo comunista, y es un peligro muy lejos de disiparse; tan sólo el descomunal fracaso de Venezuela y la sangre derramadas por las FARC ejerce a día de hoy de vacuna efectiva, pero no permanente.

Las motos

motociclistas

Los vehículos de dos ruedas le disputan a los taxis la supremacía del tráfico en Medellín. Es una ciudad con miles y miles de motos, que tienen la curiosa costumbre de circular en grupo aunque sus conductores no se conozcan, y con el mismo desprecio hacia el peatón que los coches; aquí el motor siempre tiene prioridad. Se suele circular con casco, aunque tampoco es una condición sine qua non, y en algunas zonas se prescinde de él casi por completo. Es el caso de Moravia, una barriada popular, llena de billares, bazares y pequeños bares (qué frase tan musical), por cuyas estrechas calles circulan multitud de jovencitos y jovencitas en scooters. Está prohibido llevar paquete (“parrillero”) en la ciudad, a menos que sea padre, hijo o hermano (auténtico).

La popularidad de la moto es comprensible por su baratura y capacidad para moverse por un tráfico infernal, pero tiene efectos terriblemente perniciosos. Para empezar, muchas son horriblemente ruidosas (a menudo de forma deliberada), pero lo peor es que el mantenimiento que requieren ha convertido a Medellín en, probablemente, la ciudad con más talleres mecánicos de la Tierra. Estos ocupan docenas de hectáreas, y ciertamente no transmiten una imagen bonita: la mayoría son sucios, viejos y descuidados, y lo peor es que ocupan enormes zonas del centro, pegados a puntos neurálgicos como el Parque Berrío. Son sin duda el mayor problema urbanístico de la ciudad junto con la infravivienda, y Medellín no dará el salto a la modernidad hasta que los reorganice de algún modo.

La muerte

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Uno de los lugares más famosos de Prado Centro es el “Cementerio Museo” de San Pedro, considerado de gran valor artístico, y en el cual se celebran actos culturales regularmente. En sus cercanías hay muchos negocios dedicados a una singular industria del país: las lápidas. Un nicho colombiano puede ser como los europeos, cubierto por una placa de mármol con el nombre del finado y una dedicatoria de su familia, pero muchos optan por un modelo muy diferente, con textos e imágenes en color impresos en metacrilato. La composición siempre incluye una foto de la persona fallecida, y suele ir acompañada de motivos religiosos, pero también puede tener un simple paisaje de fondo o lo que se quiera. Como mencioné antes, en muchas de ellas se incluye el escudo del equipo del fallecido (ejemplos aquí y aquí).

Desde luego, estas lápidas son tremendamente chocantes al principio. Uno no está acostumbrado a que un muerto lo mire desde su tumba, y para una mentalidad europea es algo un tanto exhibicionista. No obstante, tras un periodo de reflexión adquiere cierta lógica: al fin y al cabo, es algo mucho más personal que una fría piedra, y nos recuerda que un muerto no es un simple nombre, sino alguien que fue muy real, y que muchos se fueron en la flor de la vida, algunos como simples adolescentes. Otras singularidades son incluir el mote del fallecido en la lápida, o que en la foto aparezca la persona bailando en plena rumba. ¿Quién sabe si llegaremos a ver este tipo de lápidas en nuestro entorno? Lo del escudo del equipo puede parecer demasiado, pero sinceramente no pondría la mano en el fuego por que no lleguemos a hacerlo.
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Viviendo en Colombia, III

transporte
Parte 3: Transporte, religión y habla
Transporte

Si nos ceñimos a Medellín, el transporte es más que aceptable, si bien hay que matizar: es la única ciudad de Colombia con metro, y además muy moderno y bonito, pero su alcance hoy por hoy es bastante limitado (35 estaciones contra las, por ejemplo, 267 de Madrid) y en las horas punta el nivel de ocupación es tal que se vuelve casi inutilizable; los convoyes llegan tan cargados que a menudo es físicamente imposible meter una persona más, y no es raro tener que esperar al tercero o cuarto para intentar la proeza de encontrar un hueco. Funciona hasta las once de la noche (diez en fin de semana) y el precio es muy asequible, 1900 pesos por viaje (unos 80 cts.). Sin embargo, no hay máquinas para comprar billetes ni recargar la tarjeta magnética, por lo que si te has quedado sin recarga puede tocarte hacer una larga cola. Por supuesto, el rasgo más distintivo del metro de Medellín son las líneas de Metrocable, teleféricos que dan acceso a las cuadras altas, siendo vitales para su desarrollo.

Otro medio de transporte masivo es el taxi (apodado “la mancha amarilla”), que puede suponer fácilmente un tercio del tráfico de la ciudad; realmente es muy raro esperar más de un par de minutos para que aparezca uno libre. Casi todos son vehículos pequeños, normalmente de la marca Honda o Chevrolet, y la calidad del servicio es, lisa y llanamente, cuestión de suerte: igual te puede tocar un buen profesional con su GPS que uno que desconoce varias zonas de la ciudad y tienen que pararse a preguntar el camino a los peatones. Igualmente, algunos conducen bien y otros parece que estén en una persecución o en los coches de choque. Uno joven me llegó a decir que esa noche estaba conduciendo el taxi de su suegro, lo que da idea del control del sector. Las tarifas son MUY baratas: por 7000 pesos (unos 3 euros) puedes llegar a casi cualquier parte de la ciudad, y un trayecto realmente largo nunca superará los 12.000 pesos (4,8 euros). En los pueblos de Antioquia los taxis son escasos, siendo mucho más habitual el motocarro; también existe el “motorratón”, que no es ni más ni menos que una moto ejerciendo de taxi.

También están los autobuses, toda una historia. El bus estándar colombiano es mucho más pequeño que el europeo, recibe el nombre de “buseta” y normalmente sólo admite unas 15 personas sentadas y unas 10 más de pie. Si eres claustrofóbico NO DEBES cogerlos, a menos que sea una hora de muy poco tráfico. Lo más llamativo es su exterior, con una decoración de fantasía impensable en nuestro entorno cultural. Además de estar pintados de llamativos colores, las ventanas están ornamentadas por grandes adhesivos de vinilo con temática totalmente libre: puede ser una chica de anime, el logo de un equipo de la NBA o la cara de Pablo Escobar, aunque muy a menudo se trata temas religiosos, normalmente la virgen y sobre todo Jesucristo (es muy popular la representación de la película de Zeffirelli). Otro adorno popular son las larguísimas tiras de luces LED, que convierten a las busetas en todo un show nocturno. El trayecto es ligeramente más barato que el del metro, unos 1700 pesos.

Siguiendo con los buses, está la red Metroplús, compuesta por grandes autobuses articulados, que cuenta con su propio carril y apeaderos techados donde se pica el billete antes de subir. No obstante, debido a la existencia del metro, los buses grandes tienen mucha menos importancia que en Bogotá, donde operan bajo el nombre de Transmilenio. En la capital del país el movimiento de trabajadores depende totalmente de esta red, que se ha hecho tristemente famosa por la extrema sobreocupación de los vehículos y por numerosos episodios de tocamientos a mujeres. También están los buses que viajan entre ciudades, algo más grandes que las busetas pero menores que el típico autocar europeo, y el tipo más divertido: las chivas, que son ni más ni menos que vehículos festivos para beber y bailar. Es posible verlas en Medellín los fines de semana por la noche, aunque son bastante más habituales de las localidades turísticas.

El movimiento entre ciudades es complejo, sobre todo por la desconcertante inexistencia del ferrocarril en Colombia, al parecer por los intereses comerciales del transporte rodado durante el pasado siglo. Así pues, las únicas opciones son el autobús o el avión. El bus no es recomendable para los trayectos largos: en algunas partes del país las infraestructuras son pésimas, y el viaje desde la frontera Sur hasta Medellín (unos 960 kms.) puede demorarse… ¡21 horas! Así pues, la alternativa más razonable para distancias de más de 120 kms. es el avión, normalmente bimotores medianos, con un coste de entre 40 y 150 €, según el trayecto.

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Religión

Quizá la diferencia más llamativa de Colombia con España, y con Europa en general, es la forma en la que se vive el hecho religioso. Puede que España tenga fama de espiritual y ultracatólica, pero en la práctica es un país muy cercano al ateísmo. Los de mi generación (nacidos en los 70 u 80), ¿cuánta gente de vuestra edad conocéis que vaya a misa al menos una vez a la semana? ¿Dos, tres personas a lo sumo? Si nos vamos a los menores de 20, la cifra se reduce probablemente a cero. ¿Cuánta gente os menciona alguna vez a Dios, fuera de la ocasional discusión filosófica de bar? Las manifestaciones de fe suelen reducirse a portar un crucifijo, visitas a la iglesia en los cuatro actos sociales típicos –bautizo, comunión, boda, funerale- y la esperanza de la trascendencia de la carne.

En Colombia la religión, y más concretamente la fe católica, forma parte de la vida cotidiana de las personas. El signo más visible de esto es la enorme cantidad de imágenes religiosas que se pueden encontrar en cualquier parte, especialmente en las barriadas populares. En un sitio como San Javier es literalmente imposible caminar 100 metros sin encontrarte una imagen de la virgen María, ya sea en una propiedad privada o colocada por el municipio. A veces, estas figuras tienen una placa a los pies que reza “Virgen fiel, consérvanos en la fe católica”. Es muy frecuente santiguarse al pasar delante de ellas, y también frente a la iglesia. La otra imagen típica son los retratos de Jesucristo, que pueden encontrarse en una abrumadora mayoría de hogares, normalmente en distintas variedades del “sagrado corazón”.

Las misas tienen gran concurrencia a diario, con predominancia de personas mayores, pero sin que falten jóvenes e incluso adolescentes. Algunas personas la observan de rodillas desde el suelo. Además del catolicismo, hay varias sectas del cristianismo con numerosos seguidores, entre ellas los adventistas del séptimo día y los testigos de Jehová, que realizan un agresivo proselitismo, hasta el punto de que algunas familias colocan carteles en sus casas indicándoles que no les molesten (y por cierto, no es el único lugar del mundo donde este grupo intenta expandirse). Dios está presente en los saludos y las despedidas, en las conversaciones, en los lemas de diversas instituciones. Es parte totalmente indisoluble del país, aunque sea un estado laico, y el colombiano medio está absolutamente convencido de que Cristo rescatará su alma inmortal.

Por supuesto la Navidad se vive con enorme entusiasmo, y la población se entrega totalmente a sus tradiciones, empezando por las velas de colores a las puertas de las casas la noche de la Inmaculada, pasando por rezar las novenas en reuniones familiares y terminando por los alumbrados caseros, toda una competición por ver quién coloca los adornos más grandes y llamativos. Tema aparte son los cementerios, que trataré en la próxima entrega.

El habla

A menudo se dice que en Sudamérica se habla el español mejor que en España, noción que no sé muy bien dónde se origina. En Colombia la mayor parte de la población es media-baja, y eso se refleja en el lenguaje, que más que “bueno” o “malo” es popular, con lo que ello conlleva (aunque sí es cierto es que en esta zona del mundo sobreviven palabras extintas en España). La mayor ventaja que tiene aquí el idioma es la inexistencia del tuteo para los imperativos plurales, lo que evitar las trampas en las que cae el 80% de la población española, esos insufribles “sentaros”, “callaros”, etc. (aquí son siempre “siéntense”, “cállense”…). El tuteo existe, pero sólo en forma singular, y la oportunidad de su uso es realmente ambígua, aunque puede decirse que hace falta bastante confianza para usarlo, y que incluso novios y esposos, así como padres e hijos, se hablan de usted. Sin embargo, se usan invariablemente los términos coloquiales “papá” y “mamá”, siempre precedidos del pronombre posesivo, de modo que si un hermano le pregunta a otro cómo está el padre de ambos, usará la frase “¿cómo está mi papá?” Además de esto, en algunas zonas es frecuente el uso del “vos”, pese a la distancia con Argentina y Uruguay.

El nivel de dicción es variable, y si bien generalmente es correcto, alguna gente habla muy cerrado y cuesta realmente entenderla (eso sí, como ya dije el acento paisa es muy bonito). El diminutivo masculino es “ito”, y el femenino “eta”, de modo que se dice “buseta”, “cocineta”, “tocineta”… Una excepción son los nombres acabados en “n”, cuyo diminutivo es “ncho” (Juliancho, Rubencho, Ivancho…). Hablando de nombres, los de la gente están contaminadísmos por la influencia anglosajona, y además se transmiten de forma fonética, de modo que pueden escribirse de cualquier modo siempre que conserven el sonido. De ese modo, tenemos Yennifer-Jeniffer-Yénifer, Valery-Váleri, Wilfred-Vílfred, etc. Un nombre femenino particularmente desconcertante es Leidy, muy extendido por todo el país.

La coletilla más usada es “de pronto”, que se puede meter en cualquier frase y equivale aproximadamente a nuestro “a lo mejor”. Otra costumbre muy curiosa es el cambio de género de muchos sustantivos respecto a España, de modo que la banqueta se convierte en banqueto, la ficha en ficho y la bombilla en bombillo. Además, los verbos cuyo infinitvo acaba en “ear” se cambian invariablemente por “iar” (por ejemplo, “corretiar”), aunque creo que esta costumbre se considera vulgarismo. Aquí hay una lista (incompleta, por supuesto) de colombianismos que he recopilado:
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Banano – Plátano Sánduche – Sandwich Pantaloneta – Pantalón de deporte Chuzo – Pincho / Chuzada – Pinchazo Cilindro – Bombona
Rumba – Juerga / Rumbiar – Ir de juerga Tiquete – Billete o tíquet Gaseosa – Refresco sin alcohol (aunque no tenga gas) Con gusto – De nada Guayabo – Resaca
Solomito – Solomillo Afán – Prisa (Tener afán) Bien pueda – Adelante (imperativo) Hágale / Hágale pues – Venga Listo – Vale
Rico – Agradable, bonito Bacano – Guay, genial (También “ser un bacán”, para las personas) Trapeadora – Fregona / Trapiar – Fregar Bravo – Enfadado, cabreado Pelao, Chino – Niño
Cucho – Viejo, Anciano Tinto – Café solo Pitillo – Pajita (Se usa para remover el café) Saco – Chaqueta Trotar – Correr, hacer footing
Chévere – Genial Plata, Billete – Dinero (“Ganar mucho billete”) Malandros – Malhechores Parcero, Parce (pronunciando la “c” como “s” – Colega Dar papaya – Exponerse, caminar por sitios peligrosos

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Viviendo en Colombia, II

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Una típica construcción de Prado.

2ª Parte. Prado y el Centro de Medellín

Como relaté en la anterior entrada, despedirse de San Javier no fue nada sencillo, aunque mi perspectiva del barrio quizá estuviera algo edulcorada. Unos días después de mudarme a mi nuevo apartamento, volví al barrio para tomar un café con mi antigua anfitriona y agradecerle que me alquilara su piso mientras estaba de viaje. Durante la conversación, me contó que durante la época en que ella se trasladó al barrio solían escucharse por las noches las balaseras que se producían en las comunas altas. Aquello me parecían historias lejanas de la guerra contra el narcotráfico, pero ella me aclaró que apenas hacía dos años de aquello. Puedo decir que tuve suerte: ser visitado por cucarachas en la noche es molesto, pero imaginad que lo que te interrumpe en medio de la noche son disparos: me habría cagado vivo. Esto indica la radical diferencia de percepción que se puede tener sobre un lugar según le haya ido a uno en él: mientras que para mí San Javier sigue siendo un lugar entrañable y acogedor, la mayoría de los medellinenses lo asocia con el crímen y la muerte.

Ahora vivo en el barrio de Prado, fundado en los años 20 por empresarios colombianos, que ordenaron importar estilos europeos. Está situado sobre unas colinas bastante empinadas, y según se va subiendo, la pendiente puede hacerse realmente espectacular, difícil de remontar incluso para un coche. Es una zona residencial sin apenas tiendas, y por ello la atmósfera es totalmente distinta a los barrios populares; mucho más tranquila, pero también mucho más solitaria. El estilo arquitectónico es decididamente colonial, y algunas casas son realmente curiosas. Incluso he visto una que emula un templo egipcio, cuyo propósito aún me estoy preguntando; algunas construcciones podrían pasar por sedes de sociedades secretas. El entorno que rodea a esta zona antigua -conocida como Prado Centro- es muy desigual, según hacia dónde camines: por un lado tienes unas cuadras (manzanas) que son puro Gotham City, sobre todo de noche, y por otro la zona del Parque de los Deseos y el Jardín Botánico, una de las más agradables de Medellín. Pero esto es completamente típico de la ciudad: enclaves punteros y degradados pueden estar separados por apenas unas docenas de metros.

Prado es mucho más céntrico que San Javier, lo cual me ha permitido conocer mejor la ciudad y sus ambientes: desde agradables avenidas comerciales como la Playa o la calle 46 (más conocida como “la Oriental“) a auténticos hormigueros de “economía informal” (mercadillos), como San Antonio y El Hueco, pasando por las zonas de talleres mecánicos, extensísimas y por lo general espantosas estéticamente. Los peores lugares se caracterizan por la presencia de los “muertos vivientes”, mendigos semidesnudos y generalmente drogadictos, dedicados a las siestas callejeras -cualquier acera o trozo de hierba sirve- o al vagabundeo; aunque son inofensivos y la temperatura del país rebaja el drama de dormir en la calle, esto no impide la pésima imagen que proyectan. En las zonas más concurridas también hay mutitud de vendedores ambulantes, a la búsqueda de gente sentada a la que ofrecer sus productos. Uno de los puntos emblemáticos de la ciudad es el Parque Berrío, entre otras cosas por sus gran colección de estatuas de Botero (aunque no es un parque como se entiende en otras partes: en Colombia, esta palabra suele designar a cualquier plaza pública con cierta cantidad de vegetación). En general resulta difícil engancharse a estas zonas céntricas: el contraste arquitectónico y social es demasiado pronunciado, y tan sólo en barrios decididamente acomodados como El Poblado o Laureles existe una armonía equiparable a la de países más prósperos.


El parque de los Deseos, una de las zonas de ocio más populares.

Voy a volver a usar el formato de cápsulas para describir algunos aspectos claves de la ciudad y el país. Aclaro, eso sí, que son impresiones totalmente subjetivas, y que es tremendamente difícil formarse un retrato fiel de un país tras sólo unos meses de residencia: algunas realidades puedo haberlas malinterpretado, mientras que con otras simplemente no he tenido contacto.

La Seguridad

Empezar diciendo que en mis tres meses en Colombia no he tenido absolutamente ningún incidente, ni tampoco he sido testigo de ellos. Me he movido bastante y sólo recuerdo que me miraran con cierto recelo una vez. Ahora bien, siguiendo los medios de comunicación es patente que el país tiene un gravísimo problema de violencia. Los noticieros a menudo parecen crónicas de sucesos, los cuales se dividen en dos tipos. El primero son los de “sicariato”: tras la guerra del narcotráfico, los grandes clanes se dividieron en bandas criminales de tamaño variable -conocidas con la curiosa abreviatura bacrim-, a su vez divididas en grupos más pequeños o “combos”. Cada una de las bandas tiene una zona de dominio -generalmente localizada en cuadras altas-, donde existen las llamadas “fronteras invisibles”, un fenómeno que se explica por su mismo nombre: si la persona equivocada pasa por el lugar equivocado puede morir sin mediar palabra, víctima de un balazo del “vigilante” de la zona. La noticia suele estar redactada más o menos así: “Alias “Fulano”, de 1X años, fue arrestado ayer como autor de la muerte de Mengano en incidente de fronteras invisibles”.

Porque la trágica realidad es que la mayoría de integrantes de los combos son adolescentes, casi niños, una dramático disparidad con la extremada gentileza del antioqueño medio. A unos centenares de metros de donde un tendero o una camarera te hace sentir de maravilla con su amabilidad, puede haber un muchacho dispuesto a asesinar a alguien por cruzar una línea imaginaria. Es palpable que muchos en Antioquia aún veneran a Pablo Escobar, y aunque no obviaré la complejidad de un fenómeno como el narcotráfico, esta gente no parece entender que la época de los carteles (aquí la palabra no es esdrújula) es el germen de este terrorífico mal, que acerca a Colombia a ser un estado fallido incluso más que la guerrilla. Muchísimos comercios atienden a los clientes detrás de una reja metálica, y la presencia de la policía, cuando no directamente del ejército, es constante (sobre todo en “zonas calientes” como San Javier). Abundan también los vigilantes privados, solos o acompañados de perros (generalmente enormes Rottweilers). Aunque reina una apariencia de tranquilidad, la desconfiaza y la precaución son palpables.

El segundo tipo de crímenes habituales es obra de los guerrilleros, las malditas FARC. Su estado actual recuerda mucho al de la última ETA: en fase de disolución, pero dando los últimos coletazos en busca del mayor rédito político posible, con la inestimable colaboración de un gobierno empeñado en liquidar el conflicto por la vía rápida, por más indigna y venenosa para el futuro que sea. Las negociaciones se están desarrollando el la Habana -lugar neutral donde los haya-, y entre las reivindicaciones de los matones están que se les reconozcan los años de guerrilla como válidos para obtener pensión y que se considere el narcotráfico “delito político”, de modo que los condenados por el mismo puedan presentarse a las elecciones. A juzgar por la actitud del presidente Santos, ese día no parece muy lejano.

Santos es el “Rajoy” de Álvaro Uribe, anterior presidente de la república. Este último es el político más importante del país en las últimas décadas y, como Franco en España, no existe un colombiano que no tenga opinión sobre él, a favor o en contra. Aunque se reconoce universalmente que puso a las FARC de rodillas, se le acusa de liderar bajo cuerda al “bando contrario”, los paramilitares o “paracos”, terratenientes organizados para defender sus propiedades de la guerrila que al parecer acabaron volviéndose casi tan malos como ellos, convertidos en pequeños reyezuelos. La principal actividad de estas FARC agonizantes es quemar coches de civiles, aunque también mataron hace poco a dos indígenas por arrancar una pancarta propagandística de su pueblo, y han reanudado los secuestros de militares. En cuanto a la delincuencia común, mi percepción es que es muy frecuente pero también muy localizada. Ciertas zonas delatan simplemente con su aspecto que no es muy inteligente meterse por ellas, especialmente por la noche, y posiblemente la gente que es atracada no tiene más remedio que pasar por las partes peligrosas. Señalar que en Bogotá se están produciendo numerosos homicidios por un motivo tan pueril como el robo del teléfono móvil, lo cual nos indica la gravedad de esta lacra en el país.

El civismo

Las costumbres cívicas antioqueñas recuerdan mucho a las de la España de hace décadas. Podría definirse el tráfico de Medellín como el completo opuesto de Nueva York: el vehículo es el que manda y el que tiene la prioridad. Coches, motos y buses circulan tan rápido como pueden, con pocas ganas de frenar. Muchos cruces de peatones carecen de semáforos, y en algunas zonas estos son simplemente “indicativos”: hay que cruzar muy vivo y asumiendo el riesgo. Pero aunque al principio pensé que vería atropellos a menudo, todavía no ha ocurrido; supongo que existe un equilibrio dentro del caos. Medellín es además es una ciudad extremadamente ruidosa, es buena parte por culpa del uso del claxon a la menor excusa. A menudo, éste sirve de “llamador” sustitutivo: cuando un coche o moto llega a recoger a alguien a una casa, el conductor pita repetidamente para avisar de su llegada, en vez de hacer una simple llamada con el móvil, algo realmente irritante ( que en el piso de San Javier pasaba unas 25 veces al día).

En línea con esto, si te toca un vecino “rumbero” tu descanso puede estar en grave peligro: no es muy extraño que se monten jaranas hasta altas horas de la madrugada, con la aceptación resignada del vecindario; puedes llamar a la policía para que intervenga, pero si ellos pasan por la calle y oyen ruido no harán nada de oficio, por tarde que sea o intensa que sea la fiesta. La verdad es que esto en Prado Centro no ocurre, pero sí tengo unos vecinos abajo que son incapaces de hablar: sólo saben comunicarse a gritos (aunque no están enfadados), radiando su vida durante unas diez horas diarias. En esta parte del mundo también persiste la detestable práctica de manipular los escapes de las motos simplemente para que hagan más ruido, algo aún no prohibido por la ley. Como ya he comentado, el antioqueño es encantador, pero en estos aspectos no le vendría nada mal “europeizarse”.

Las mujeres

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Las dos de la izquierda son paisas bastante típicas.

Me cuesta bastante aceptar la idea de que en ciertos países hay un mayor porcentaje de mujeres bellas; lo que sí pienso es que cada nación tiene un tipo de guapa característica que llama la atención sobre las demás (este efecto se diluía en Nueva York, ciudad donde, por su infinita mezcla, el único factor homegenizante era el pijismo, y en la que si acaso destacaba un producto importado, la asiática ultra-arreglada). Antioquia presenta gran variedad de mujeres, sobre todo en lo relativo a colores de piel, desde el negro total al blanco europeo, con predominio de una tonalidad ligeramente tostada, a veces de forma casi imperceptible; y lo que yo llamaría belleza paisa típica vendría a ser una mulata tirando a blanca más que a negra o indígena (pero más morena que las de la foto de arriba), de formas rotundas pero cuerpo muy estilizado y facciones casi europeas, pero con un innegable toque tropical. Suelen pintarse los labios de rojo y darse algo de colorete en las mejillas, potenciando su color tostado de piel. Son niñas francamente bonitas y muy llamativas. Por supuesto, en el país existen las mujeres tipo Sofía Vergara y las de los concursos de belleza, pero eso no dejan de ser físicos prácticamente europeos.

La paisa suele tener el pelo muy bonito y opta casi universalmente por la melena larga, a menudo recogida en una trenza. Predomina muchísimo el color negro y las rubias son muy escasas, aunque los tintes son muy populares, sobre todo las mechas blanco platino. El top es prenda muy habitual entre las menores de 25, con el complemento casi imprescindible del pantalón vaquero, generalmente corto y decolorado total o parcialmente; también es muy popular el deshilachado. Una costumbre muy sexy de la niña paisa es guardar el teléfono móvil en la parte delantera de la cintura del pantalón. Los piercings están mucho menos extendido que en España, pero existe una fiebre del tatuaje femenino, llevando a las chicas menos juiciosas a cubrirse buena parte de un brazo o de una pierna, y a tatuarse incluso el pecho. Hay un tipo de chica (el equivalente a la “choni” española que gusta de ponerse un maquillaje de varios colores muy llamativo, generalmente acompañado de ropa en tonos fluorescentes.

Otra característica de la paisa es que suele ser más pechugona que la europea, y la que no lo es de forma natural a menudo se opera. También abundan los grandes traseros, algunos hipertrofiados, pero otros proporcionados y muy bonitos. De hecho, diría que aquí existe toda una cultura del culo, y se trata constamente de llamar la atención hacia él (con pantalones ajustados o de realce, adornos cosidos en los bolsillos traseros…). Lamentablemente esto tiene algunos efectos negativos, como la aberrante operación de glúteos, casi inexistente en Europa Pero la mayor arma de la paisa no es su pecho ni su trasero: es su acento al hablar, muy diferenciado del de los varones y bastante difícil de imitar. Tiene una cierta similitud con el gallego -algo soñoliento, arrastrando mucho las palabras- y es de una extrema dulzura; probablemente el más bonito que haya oído. Si me es posible os pondré algún vídeo donde se escuche.

Es imposible obviar la relación de la colombiana con la maternidad, absolutamente opuesta a la existente en Europa: aquí los hijos no se consideran una carga, ni se da mil vueltas a la cabeza para tenerlos. Ser madre antes de los 20 es totalmente habitual, y después de los 15 no es ninguna rareza ni supone ningún estigma. No intento obviar que muchos de estos hijos se tienen de forma inconsciente o irresponsable, ni que el problema de la falta de padre es gravísimo y muy extendido, pero con la mano en el corazón: entre dos males, prefiero esta mentalidad a la europea, las madres de 20 consagradas a sus hijos que las de 40 que dieron lo mejor de sí a su empresa. Los hijos son responsabilidad y trabajo, pero también alegría y vida, dos características que impregnan este país. Me dicen que algunas madres solteras están locas por pillar cualquier marido (y si es de fuera mejor), pero no he notado que ser extranjero suponga una enorme ventaja con las colombianas. En general son mucho más dulces y receptivas que las europeas, pero si alguien espera que caerán rendidas a sus pies sólo por el factor exótico se decepcionará. Otras dificultades añadidas son un acentuado catolicismo y un nivel sociocultural a menudo bajo.

Para acabar con las paisas, mencionar que todos -o casi todos- los colegios del país son de uniforme (generalmente a cuadros para las chicas), lo que propicia poder ver multitud de colegialas caminando por las calles casi a cualquer hora (uno se pregunta cuándo estudian). La jovencita tropical se desarrolla algo antes que la europea, generando la bella estampa de estas niñas-mujeres imposibles de clasificar en una condición u otra.
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Viviendo en Colombia, I

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La Carrera 99.

1ª Parte. San Javier (Medellín)

Tras mi estancia en la apabullante Nueva York me dirigí al Sur del continente, concretamente a Medellín, capital del departamento de Antioquia (no Antioquía) y segunda ciudad de Colombia. Al subir al avión es donde empecé a sentirme en el universo latino: un asistente de cabina bienvenida por los altavoces al vuelo dirigido “a República Dominicana”, provocando gran susto, para a continuación partirse de risa y aclarar que era una broma, algo que probablemente se ve en pocas rutas aéreas del mundo. El aeropuerto José María Córdova es muy chiquitito, pese a los casi 4 millones de habitantes del área metropolitana. Mi forma de llegar a la ciudad fue un taxi colectivo, un transporte curioso, económica y que incluso permite socializar. Fui recibido en la ciudad por un amable local que se había ofrecido a guiarme, y tras un breve trayecto en Metro llegué al barrio que sería mi hogar durante las siguientes seis semanas: San Javier, en el extremo occidental de la ciudad.

La amiga que me consiguió el piso me había dicho que era una zona “no muy lujosa, pero que así conocería el Medellín auténtico”. Y tenía toda la razón: San Javier, también denominado Comuna 13 (de las 16 en que se divide la ciudad), es una “cocina del infierno”, como las que existen en muchas zonas ciudades a lo largo del planeta. Un sitio infinitamente humilde, no muy limpio, no especialemente bonito a primera vista… y maravilloso. Claro que mi primera impresión no fue muy favorable, más bien pensé: “Joder, esto es un agujero”. Me encontraba, básicamente, ante el reverso de la la Gran Manzana: Colombia tiene muchas cosas buenas, pero una de ellas no es la arquitectura. Se construye donde se puede y como se puede, y muchas casas que en Europa se considerarían infravivienda son totalmente normales aquí, incluso en calles más o menos principales. Es frecuente dejar las fachadas de las casas, e incluso las paredes interiores, en ladrillo visto, sin darles siquiera una capa de yeso.

Claro que todo tiene niveles, como veréis a continuación. Medellín está en el centro de un valle, totalmente rodeada de montañas más bien altas (2500 metros de media), lo que la convierte en una ciudad sin horizonte; podría no existir nada en el universo más allá de esas elevaciones -al estilo de “El Show de Truman”- y los de dentro no se enterarían. Pero esas montañas, pese a ser muy verdes, no son naturaleza virgen, sino que están cubiertas casi por completo de viviendas, y en general se cumple la regla de que, cuanto más alta se encuentra una comuna (barrio), más degradada está y más peligrosa es. En algunas de hay asesinatos casi todas las semanas. Esto lo ilustra perfectamente el sistema gubernamental que califica la calidad de las viviendas por estratos, con el Estrato 1 significando básicamente “Mierda” y el Estrato 6 “Lujo”. En las comunas altas una casi todas las casas son de Estrato 1, y las fachadas enyesadas son casi inexistentes. Construidas sobre empinadísimas laderas, la vida allí es cuesta arriba en el sentido más literal. Ocupan cientos y cientos de hectáreas, y forman un anillo alrededor de Medellín sólo roto por unos pocos raros barrios ricos en altura y alguna mancha verde. Por la noche, forman un extensísimo y envolvente tapiz de luces fascinante y ominoso.


La noche en San Javier

San Javier tiene un 60% de viviendas de Estratos 1-2 (que imagino son las de las colinas), y un 35% de estrato 3. Arriba todo es como acabo de describir, pero la parte baja, pese a todas las estrecheces, es un lugar que se aprende a amar, pese a aquellos primeros días en los que, cuando veía a los niños entrando a las guarderías pensaba “pobrecillos, tener que crecer en un sitio así”. Lo que te acaba ganando de este sitio es su prodigiosa vida callejera, algo tan difícil de encontrar en Europa salvo en contados sitios, y que yo no experimentaba desde hace muchísimos años. Desde las seis de la mañana hasta las 9 de la noche las calles bullen de vida, gracias al benigno clima y a la inabarcable actividad comercial de los vecinos. En cuanto uno pisa la Carrera 99, columna vertebral del barrio, se ve rodeado por un sinfín de sonidos, imágenes y gentes que asaltan los sentidos. En otras manzanas del barrio se ven a veces grandes ollas frente a las casas, cociendo guisos sobre piras de leña, y varios vecinos tienen gallinas sueltas, que por algún motivo no se escapan. En muchas formas es como viajar varias décadas al pasado.

Una de las características más pronunciadas de los colombianos, y que más les diferencian de los españoles, es su indomable afán de trabajo, sean cuales sean sus capacidades o circunstancias. Si no tiene quien le emplee, se echa a la calle y monta un puesto para vender absolutamente cualquier cosa, ya sea comida rápida, fruta, bisutería, zumos, ropa, dulces, tabaco… los que ni siquiera tienen eso son capaces de coger los tratos que les sobren en casa e intentar colocarlos, y hay muchísimos que ofrecen una mercancía inmaterial: minutos de llamadas teléfónicas, típicamente anuciándolos con un cartelón que reza “200 pesos el minuto a cualquier operador”. Si uno pasa cerca de uno de estos puestos de venta o les dirige una mirada, su encargado a menudo saltará como un resorte, exclamando: “¡a la orden!” Muchos de los puestos son móviles, y sus dueños los desplazan ofreciendo las mercancías a voz en grito o con un micrófono, valiéndose de una batería. Algo muy curioso es que existe una “voz de vendedor” específica, muy nasal y peculiar, que podéis escuchar varias veces en el vídeo que hay bajo estas líneas, tomado cerca del metro, una de las zonas de más actividad.

Los que tienen más posibles ponen sus negocios en locales, sin que la juventud suponga impedimento para ser emprendedor: las salas de internet y las peluquerías típicamente están regentadas por veinteañeros, algunos de los cuales matan los ratos en los que no tienen clientes jugando con consolas o escuchando reguetón; el trabajo y el ocio no son incompatibles. Así pues, aquí el concepto de “nini” es casi impensable, y aquel que tiene manos y voz (incluso si está en una silla de ruedas), si no estudia o no opta por la mendicidad, trabaja. Ya sea en un puesto o en un local, por lo general es un placer comprar algo a un antioqueño (o paisa, un término mucho más habitual). Ellos mismos se describen como gente “muy querida”, y se conducen con extremdada gentileza tanto en las relaciones personales como en las comerciales; piensen en un andaluz multiplicado por diez y sin hacer chistes. Cuando un cliente les da las gracias, la respuesta es “con gusto”, añadiendo a veces “y siempre a la orden”. A menudo sonríen al oír el acento español, que muchos no logran identificar, y preguntan si uno está “pasiando” (de turismo). Resulta extremadamente fácil trabar conversación y amistad con ellos. De las cosas buenas que tiene Colombia, sin duda la gente es su capital más preciado, y su mayor esperanza de llegar a ser una gran nación.

El dinero

La moneda es el peso colombiano, que hoy día es menos de una milésima de euro; la forma más eficaz de hacer el cambio mentalmente es pensar que 10.000 pesos son 4 euros. Si se llega con un sueldo europeo el dinero cunde mucho: por ejemplo, una comida tipo menú cuesta algo menos de 4 euros, un viaje en metro 80 céntimos, una entrada de cine 3,5 €, un kilo de mandarinas 90 céntimos, un kilo de plátanos 50 céntimos, un viaje promedio en taxi 3 euros, una camiseta en un hipermercado 7 euros y un pantalón 12. Alquilar un piso depende mucho de la zona y el estrato; en un sitio como San Javier, un pequeño apartamento no amueblado puede tener una mensualidad tan pequeña como 100 euros, pero si nos vamos al exclusivo barrio del Poblado será muy difícil encontrar uno por menos de 800-1000 €; las zonas ricas de todos los países forman una única nación llamada “pijolandia”.

El clima

Colombia está atravesada por el Ecuador, lo cual le da un clima extremadamente estable, en el que no existen las estaciones tal como nosotros las conocemos (menos aún en Medellín, apodada “ciudad de la eterna primavera”): a lo largo del año, la temperatura se mueve en una horquilla de 15-33º, con rarísimas excepciones. Esto hace al paisa muy sensible al frío y el calor, y en cuanto se sobrepasan los 30º es muy frecuente que las mujeres salgan a la calle con un paraguas que ejerce de parasol. Del mismo modo, cualquier clima inferior a los 18 grados y con nubes o lluvia se denomina “invierno”, algo que inevitablemente provoca la sonrisa en quien ha aguantado muchos crudos inviernos a la europea. Muchos colombianos nunca han visto la escarcha, y mucho menos la nieve, aunque tampoco puede decirse que no exista la época fría, que coincide precisamente con estos meses: de hecho, desde que llegué ha llovido el 80% de los días, a menudo en cantidades torrenciales. Algo que distingue a las tormentas de aquí son los truenos, de un volumen realmente brutal, como si la tierra estuviera siendo martilleada por el mismísimo dios Thor.

Otra peculiaridad ecuatorial es que el día y la noche duran casi lo mismo todo el año: a las 5 y media de la mañana amanece y a las cinco y media de la tarde empieza a ponerse el sol. La hora solar va adelantada respecto a España, y a las 7 es prácticamente mediodía, con una enorme actividad en las calles, aunque muchos comercios no abren hasta las ocho. Puede decirse que todo se hace hora y media o dos horas antes de los horarios habituales en nuestro país (trabajo, comidas, etc.). Las montañas restan al menos media hora de luz solar por la mañana y al atardecer.

La comida

La gastronomía antioqueña difícilmente puede sorprender a un español, puesto que casi todos los platos provienen de Castilla y Extremadura, regiones de los primeros colonizadores de estas tierras. Así, encontramos el chorizo asado, el chicharrón, el churrasco, las alubias pintas (aquí denominadas frijoles), el pollo asado… el plato más típico es la “bandeja paisa”, también denominada “bandeja” a secas o “corrientazo”, omnipresente en los locales de comida. Suele consistir en una carne o pescado rebozado, acompañada de una generosa cantidad de arroz, alubias, papas fritas, una tira de plátano cocinado, una arepa y un poquito de ensalada (que aquí suele ser algo de lechuga y mucha ralladura de zanahorias, totalmente empapadas en una salsa blanca). Para formar el “almuerzo” completo, la bandeja suele ir acompañada de un entrante, típicamente una sopa de patata (“mondongo”) o de carne cocida (“sancocho”), más la bebida, que aquí se denomina “sobremesa” y suele ser una limonada o una especie de jugo de arroz denominado “claro”. La bandeja se acompaña siempre un trozo de limón (que aquí es verde y no amarillo) para sazonar la carne o el pescado. Realmente es imposible terminarse un almuerzo y quedarse con hambre, pagando además muy poco dinero (entre 7000 y 10.000 pesos, 3-4 €).

La mayor diferencia con la gastronomía europea es que el pan se usa sólo si uno quiere hacerse un “sánduche” (sandwich), y los hidratos de carbono son proporcionados por el arroz y el maíz; este último es la base de una de las instituciones culinarias del país: las empanadas y “pasteles”. La empanada básica suele estar rellena de patata y algo de carne, y también las hay de arroz y carne, y sólo de carne; su envoltura de maíz frito les da una textura crujiente muy agradable. El “pastel” de pollo consiste en pollo troceado o desmechado con una cobertura blanda de maíz, y es realmente muy rico (uno de mis bocados favoritos), mientras que el pastel de pescado consiste en un filete de pescado seco o a la plancha, sin espinas y rebozado. También son típicos la patata cocida y rebozada y el pastel relleno de huevo duro. Estos alimentos pueden encontrarse casi en cualquier sitio, y uno se llega a preguntar si los elaboran en grandes fábricas y luego los descongelan, pero yo he visto hacerlos en la calle, así que imagino que simplemente son recetas muy, muy populares. Y una vez más, económicas: una empanada y un pastel de pollo te quitan perfectamente el hambre, y difícilmente costarán más de 3200 pesos (2,5 €) entre las dos.

La arepa se incluye en prácticamente cualquier comida, y es lisa y llanamente una torta redonda de maíz, generalmente sin sal, y de tamaños variables. Si acompaña a una bandeja paisa o a un pollo asado suele ser pequeñita y ofrecida en pareja, mientras que si te la dan con algo tipo pastel de pescado o chorizo asado es grande. También son típicas las brochetas de carne o cerdo, aquí designadas con el arcaicismo español “chuzo”; las hamburguesas a la colombiana, que son muy abundantes e incluyen patatas chip y “tocineta” (nuestra panceta); y el sofisticado plato de “haute cocine” salchipapa, consistente en patatas fritas con trozos de salchicha. El pollo es muy popular, ya sea asado o “apanado”, variedad esta última que se suele sazonar a chorro con las tres salsas estándar (ketchup, mahonesa y rosa, me parece), a menos que uno indique lo contrario. Todo puesto callejero tiene enfrente unos “banquetos” (taburetes) de plástico en los que puedes sentarte a que terminen de preparar la comida y consumirla ahí mismo si quieres, acompañada de una bebida opcional. Aunque todos los platos descritos son ricos y están bien hechao, casi todos son bombas calóricas, y quien quiera llevar una dieta algo más ligera realmente lo tendrá difícil, a menos que busque mucho.

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Como ya he superado con mucho la longitud normal de una entrada, dejaré para la siguiente entrega otros aspectos cruciales para entender Colombia, tales como la religión, el transporte, la seguridad ciudadana o las mujeres. Lo que sí os puedo contar es que mes y medio después de mi llegada a San Javier estaba totalmente integrado y feliz en el barrio, hasta el punto de que me daba casi igual la falta de agua caliente, los vecinos escandalosos, las motos dando por saco y las hermosas cucarachas que a veces me visitaban por la noche. Realmente me rompió el corazón abandonarlo. En el próximo capítulo relataré mi traslado a una zona más céntrica de la ciudad, y cómo transcurre la vida por allí.
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Starship Troopers, la película

Starship Troopers – EEUU, 1997 – Dir: Paul Verhoeven

El escogido para dirigir la adaptación de la popular novela de Heinlein fue el holandés Paul Verhoeven, en principio una elección perfecta tras firmar dos grandes triunfos de la ciencia ficción cinematográfica como Robocop y Total Recall. Este nuevo proyecto era, no obstante, un tanto delicado para el director, que tras hacer ganar mucho dinero a Carolco con el megahit Instinto Básico les produjo fuertes pérdidas con la malhadada Showgirls. Los directores son como los entrenadores de fútbol -sólo valen tanto como su última película-, y por ello Starship Troopers debía funcionar. Para este trabajo Verhoeven recuperó al guionista de Robocop, Eduard Neumeier, quien a pesar del éxito de la cinta no había vuelto a escribir más guiones. Neumaier fue el principal responsable del tono de esta adaptación, con unos resultados desiguales, como veremos.

El esqueleto básico de la historia es el mismo que en la novela: el acomodado joven Johnnie Rico decide alistarse en la infantería espacial para probarse a sí mismo, y el espectador lo acompañará durante sus campañas militares contra una especie insectoide. La novela original tiene una narrativa algo lineal, poco dada a convertirse en un “blockbuster” hollywoodiense, así que, de forma poco sorprendente (y exactamente igual que se hizo en la adaptación al anime), la cosa se aderezó dando un papel preponderante al interés sentimental de Johnny, Carmen Ibáñez. Incluso se introduce un personaje totalmente nuevo -Dizzy Flores, compañera de estudios de ambos- para crear un triángulo amoroso.

Hay que analizar Starship Troopers a dos niveles: como película de acción/ciencia ficción y como adaptación literaria. En el primer nivel creo que es una obra notable, muy lograda técnicamente y con un tono irónico salpicado de ultraviolencia que funciona bastante bien. El reparto también hace un buen trabajo: Casper Van Dien y Denise Richards son muy bien parecidos y cumplen perfectamente, como lo hace Dina Meyer en el papel de Dizzy, cuyos esfuerzos por conquistar a su Johnny aportan un toque sentimental bienvenido entre tanta batalla y espachurramiento (por ponerle una pega a Meyer, quizá se debería haber escogido una actriz más voluptuosa, considerando que tiene un par de escenas de desnudo).

En cuanto al resto de actores, Michael Ironside -cuyo personaje fusiona al profesor Dubois y al teniente Rasczac del libro- es por supuesto muy bienvenido en un papel que le va como anillo al dedo, y su arco resulta bastante satisfactorio. Tampoco hacen daño Clancy Brown, que diera vida a el Kurdan en Highlander ni Neil Patrick Harris, pese a lo breve de sus papeles. Incluso tenemos una fugaz aparición de la “chica de oro” Rue McClanahan, y un papel que gana valor retrospectivamente: el de Dean Norris, celebérrimo años depués por su papel de Hank en Breaking Bad. Sólo chirría Patrick Muldoon (el noviete de Carmen), representando unos 15 años más de los que supuestamente tenía su personaje, aunque tampoco es una cosa muy grave (no es una Maggie Gyllenhaal en Dark Knight). Además, no es un caso único en la ficción ni en esta película (en realidad todos los protagonistas rozaban la treintena).

Visualmente, Starship Troopers ya destacó en su momento y sigue aguantando perfectamente. El mundo futuro que se nos presenta resulta muy convincente, tanto a nivel de diseño como de ejecución. Los telediarios intearctivos que ejercen de hilo conductor de la historia son un recurso bastante eficaz. Por supuesto uno de los puntos principales en este apartado es la representación de los insectos alienígenas, que raya a gran nivel: pese a desviarse del concepto del libro (en el cual iban armadas con armas láser), todas las razas mostradas tienen un diseño interesante, están bien animadas y resultan lo suficientemente amenazantes. Hay algún elemento especialmente creativo, como el los grandes insectos que lanzan proyectiles flamígeros desde sus traseros.

El ritmo está muy logrado en general, y la película nunca deja de agradar dentro de sus parámetros de space opera/acción bélica/romance juvenil. Pueden destacarse varias escenas logradas, como la de Carmen pilotando una gran nave entre una tormenta de asteroides, todas las batallas de la infantería en general y la agónica defensa del fuerte en particular. Como podría esperarse de Verhoeven, la violencia es muy gore (desmembramientos, cerebros reventados y cosas así), pero no resulta desagradable, a menos que uno sea muy sensible. La música de Basil Poledouris, en un estilo grandilocuente muy similar al de Robocop, acompaña de forma muy adecuada al conjunto. En el lado negativo, hay que señalar uno de los peores puntos de la película: el flojo diseño de los trajes de los troopers. Mientras que en la novela estos eran elemento básico de la historia, que inauguraba el concepto del exoesqueleto de batalla en la ciencia ficción, en el film los infantes están apenas protegidos por un peto y un casco. Obviamente un traje blindado plantea dificultades narrativas por esconder la fisonomía de los personajes, pero lo mismo pasa con las películas de aviones y similares, y se encuentran formas creativas de solucionarlo. Por lo menos sí se usan los misiles atómicos portátiles, que ciertamente hacen un bonito efecto especial.

Enlazando con esto, hay que decir que Starship Troopers naufraga como adaptación literia: el libro se base en buena parte en la exposición de un sistema moral basado en la obtención de la ciudadanía a través del servicio público, y esto apenas se toca en la película. Cierto que el profesor -luego teniente- Rasczac explica el concepto al principio de la historia, pero después prácticamente no se menciona. Habría sido posible introducirlo a través de conversaciones entre los personajes, y sobre todo a través de la crucial figura del padre de Rico, pero se opta por un énfasis casi total en la acción. Sin embargo, el gran patinazo llega  cuando reaparece el personaje de Carl, convertido en oficial y acompañado de varios iguales en rango, todos ataviados con uniformes casi idénticos a los de las SS nazis. ¿Por qué, qué quieren decir Verhoeven y Neumeier con esto? ¿Que los troopers son un cuerpo agresor y expansionista, pese a que se establece claramente que los insectos comenzaron la guerra arrasando una ciudad entera? ¿Que su misión es justa pero ellos son unos fascistas? ¿Que los combatientes de toda guerra acaban volviéndose inherentemente malvados y crueles? Desde percibe un intento de satirizar algo, pero no se sabe exactamente qué; parece que esos uniformes nazis estuvieran ahí simplemente por ser transgresores. No puede obviarse la falta de respeto que esta elección estética supone hacia Heinlein. Si guionista y director pensaban que el trabajo original era totalitario, ¿por qué adaptarlo en primer lugar?


Un regalito: Las escenas borradas

Pese a tener muchos elementos del agrado del gran público, Starship Troopers no fue el éxito que necesitaba Verhoeven. Aunque recaudó 121 millones de dólares a nivel mundial -algo por encima de su presupuesto de 105-, su mal rendimiento en EEUU (con tan sólo 54 millones) fue un nuevo golpe a la reputación del holandés, quien tras dirigir la muy pobre Hollow Man no volvería a trabajar en EEUU. En cuanto a los protagonistas, Casper Van Dien y Denise Richards se moverían principalmente por la “Serie B”, mientras que Dina Meyer ha tenido una dilatada carrera en televisión. La película queda como una aventura espacial gamberra y divertida, a la que le habría valido más llamarse “Destripaterrones cósmicos” o algo parecido, dejando tranquila la obra de Heinlein. Posteriormente produjeron dos secuelas de bajo presupuesto, también guionizadas por Neumaier, quien curiosamente sólo ha escrito para esta franquicia y para la de Robocop. Sinceramente no tengo ninguna gana de verlas, por lo que en la siguiente entrega de esta serie examinaré la adaptacion animada estadounidense.
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Starship Troopers – El anime

Uchū no Senshi/Starship Troopers – Japón, 1988. Director: Tetsuro Amino

Hay una larga tradición de libros occidentales adaptados a la animación japonesa, destacando, por supuesto, las series realizadas por la productora Nippon bajo el denominador “World Masterpiece Theater”, entre ellas Marco, Heidi, Ana la de Tejas Verdes y tantas otras (las series se siguen produciendo hoy día). No obstante, estas son obras destinadas a un público juvenil, y la adaptación de géneros como la ciencia ficción es algo mucho más raro. Los animadores japoneses parecen preferir quedarse con los conceptos tomados de la CF occidental para crear sus propias obras, en lugar de hacer adaptaciones directas, y por ello, casos como el de Lensman (novela adaptada como película en 1984) o el que nos ocupa, Starship Troopers, son una rareza.

El libro de Heinlein fue llevado al anime en 1988, en forma de OVA (Original Video Animation) de 6 capítulos realizada por la productora Sunrise, veteranísima de los súper-robots, produciendo una ingente cantidad de series de este género en los 70 (antes de centrar sus esfuerzos robóticos en la saga Gundam). Parecía, por lo tanto, una casa ideal para la tarea, pero sin embargo esta breve serie es bastante desconcertante, y se queda lejísimos de lo que debería ser una buena adaptación. Lo que más caracteriza a este anime de Starship Troopers es que parece dirigirse a un público mucho más joven que el libro: si bien la obra original se suele calificar como “novela juvenil”, el texto incluía conceptos políticos y filosóficos dignos de cualquier obra adulta, pero estos temas desaparecen por completo de esta versión animada. Lo que nos queda es la historia reducida a sus hechos más básicos -y ni siquiera de forma muy fiel- con un tono de aventura para chavales, el género “shonen” de toda la vida.

El primer mal signo es el alegre tema de apertura (durante el cual se muestra el título en japonés y en inglés), que no desentonaría en ninguna serie deportiva o de acción contemporánea de esta OVA. Y es muy curioso que lo primero que aparezca tras el mismo sea una dedicatoria a Robert A. Heinlein, cuando la adaptación que se hace de su novela ignora casi por completo el contenido de la misma. La acción arranca con un partido de fútbol americano, sugiriendo claramente que el protagonista, Johnny Rico, es estadounidense, cuando en el ni se menciona su nacionalidad (sólo su ascendencia filipina) ni practica ese deporte en ningún momento. También se le da una importancia inusitada al personaje de su amiga Carmencita, que aparecerá en todos los capítulos como interés amoroso constante, cuando en la novela apenas se la mencionaba en una decena de páginas.


Mejor le dais un vistazo y juzgáis vosotros mismos.

En cuanto al aspecto técnico, la calidad gráfica y de la animación es bastante pobre; cosa rara, porque la Sunrise siempre ha sido particularmente sólida en estas cuestiones, pero aquí vemos sin duda la parte más baja de su espectro, probablemente por un importante limitación de presupuesto. Las líneas son poco firmes, el diseño de arte poco inspirado y el de personajes insípido. Con su cabello rubio, Johnny Rico parece un personaje de “Beverly Hills 90210”. Los insectos alienígenas del original no parecen por ningún lado, y se les sustituye con una especie de artrópodos de dos patas que lanzan rayos de energía por la boca, y de cuya organización táctica o social, o sus posibles motivaciones para atacar a los humanos, no se nos explica absolutamente nada.

La parte de la novela que sí se adapta con acierto es lo concerniente a los trajes mecánicos, representados con fidelidad y bastante convincentemente. Sin embargo, las tácticas de batalla usadas por la Infantería Móvil nada tienen que ver con las  del texto original, donde los soldados normalmente actuaban a varios kilómetros de distancia entre sí, gracias a la enorme capacidad de desplazamiento de sus trajes. En este anime combaten como pelotones de guerra convencionales, y además sólo hay una batalla como tal, que se produce en el último capítulo. Aparte de esto, sólo vemos los trajes en acción durante el adiestramiento, en el cual aparece uno de los personajes de la novela, el teniente Zim, convertido en un hombre de raza negra. Resulta agradable ver al curtido instructor en esta adaptación, pero no así a la pandilla de amiguetes creada en torno a Johnny, totalmente inventada, que intensifica la sensación de aventurita adolescente de poco calado. Otro punto desconcertante es que durante el entrenamiento las bajadas desde el espacio a tierra se hagan en un transporte colectivo, y durante el combate real se usen cápsulas individuales como en el libro, en el cual la difícil adaptación a este claustrofóbico método era una de las partes cruciales de la formación. ¿Por qué no mostrar esta interesante parte en el anime?

No se pueden achacar los defectos mencionados a la falta de minutaje: en dos horas y media da tiempo a contar muchas cosas, por lo que resulta chocante que se incluyan escenas anecdóticas de la novela -como la pelea con los navegantes-, y se excluyan otras cruciales como el reencuentro con el padre, además de toda la doctrina política y moral del texto. No se menciona ni de pasada que la pertenencia al ejército dé el derecho de ciudadanía, ni se explica el sólido concepto del deber que impregna toda la novela. Tan sólo se transita del punto A al punto Z de la historia por caminos trilladísimos y con una animación de segunda categoría, siendo generosos. El resultado desconcierta aun más sabiendo que está al mando nada menos que Tetsuro Amino, director de enorme solvencia que ha firmado obras excelentes en varios géneros; o bien estaba en horas bajas o no se pudo sobreponer a la mediocridad del guión. Lo cierto es que Starship Troopers es una adaptación decepcionante que infrautiliza escandalosamente el material original, quedándose sólo en una interesante curiosidad.
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Bloguero en Nueva York. Segunda Parte

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Prometí en la anterior entrega hablar de lo malo de la simpar Nueva York. Lo primero sin duda es el Metro, asfixiante y degradada red de túneles que nadie puede querer tomar asiduamente si no es por necesidad. Lo de “asfixiante” no es una forma de hablar: realmente puede hacer mucho calor dentro de los vagones, empeorando mucho la calidad del viaje. Además, su esquema es realmente complejo, el más complicado que nunca haya visto, debido sobre todo a que por una misma vía circulan trenes de distintas líneas y tipos (express y no express); por ello, a veces es inevitable consultar con el personal de las estaciones para descubrir cómo llegar a nuestro destino. Tampoco puedo alabar la actual tarjeta reutilizable, que en cada recarga me que intenté me borró el saldo remanente, cosa auténticamente inaudita. Sólo puedo alabar dos cosas de esta red: su funcionamiento las 24 horas y la belleza de la estación Grand Central, ese gran nodo pegado al Chrysler Building. Pero incluso su majestuoso vestíbuloestá algo deslucido, pues en las constelaciones estelares representadas en su techo la mayoría de bombillas están fundidas; una verdadera lástima.

Hay otro aspecto que ensombrece la Gran Manzana: la basura. Es tal la cantidad de desperdicios que generan los ocupadísmos negocios de la ciudad que el visitante contempla asombrado cómo se se ha renunciado a intentar contenerlos. Así, al caer la noche, las bolsas de plástico negro se van acumulando en enormes pilas directamente sobre las aceras, en espera de los servicios de recogida. Fue esto lo que más me asombró en mi primera noche, caminando por la larguísima Broadway, además de cruzarme con el mismísimo Ben Stiller, que caminaba solitario yendo o viniendo de algún sitio. Quizá Nueva York sea una ciudad donde se paguen pocos impuestos, pero el problema de mantenimiento es flagrante. Sin duda sus mejores inversiones serían rescatar el metro y un sistema de recogida de basuras subterráneo, aunque imagino que esto último no gustaría a la red de indigentes que dedican la noche a escarbar en las negras montañas de plástico, ni a las bien comidas ratas -del tamaño de cachorros de gato- que veía jugar en una calle cercana a mi hotel.

Puedo suponer que la península es un sitio que no gustará mucho a los amantes de la igualdad racial. Sin duda la mezcla es casi infinita, pero con una segmentación absolutamente nítida: no existe tal cosa como un dependiente de de raza blanca, salvo rarísimas excepciones: todos los puestos poco cualificados (en mostradores, cajas, taxis, etc.) están ocupados por personas de raza negra, u ocasionalmente latina. ¿Dónde están los muchachos y muchachas blancos, o los acomodados de cualquier etnia? Supongo que encerrados en las oficinas, desempeñando puestos de consultor, contable, ejecutivo… la “cultura del éxito” es muy palpable, como lo es la sensación de “rueda de hámster” tan comentada por distintos autores. El lugar donde más se capta esto es en Central Park, repleto de carritos de niños que sólo muy raramente son empujados por las madres de los pequeños. Tal tarea es delegada en las nannys -típicamente, mujeres latinas de mediana edad-, que ejercen la crianza de facto, mientras las madres biológicas se encuentran en algún rascacielos “triunfando”. Ninguna otra imagen de la ciudad es más triste, ni evidencia más la gran mentira que puede ser el éxito.

Sobre el parque en sí, sin duda es enorme y admirable, y seguro que ha servido de cantera a grandes jugadores de los New York Yankees, pero por algún motivo que no acierto a definir no me acabó de llenar. Necesitaría una segunda visita para hacerle justicia, aunque me atrevo a aventurar que es un lugar mejor para visitar en compañía. Destacar el muy coqueto torreón que hace de estación metereológica y los bancos situados frente a una de sus masas de agua: cada uno tiene una placa metálica que cualquier ciudadano puede dedicar a un ser querido, imagino que pagando una buena cantidad al ayuntamiento. Señalar también que está repleto de ardillas totalmente domesticadas.

Matizo que la segmentación racial descrita para mí no es ni buena ni mala: simplemente es. Frente al blandísmo pensamiento contemporáneo de que todas las etnias son iguales e intercambiables, la realidad, tozuda, se empeña en compartimentarlas y separarlas, según las inclinaciones, cultura o posibilidades de cada una: en los bazares o en los “Delis” (pequeñas tiendas de comida) te atienden indios, en los Dunkin Donuts negros y en los carritos de comida callejera árabes, sin que nadie levante una ceja por ello. Por cierto que estos carritos-puestos metálicos son idénticos a lo largo de toda la ciudad, y quien los fabrica debe estar ganando mucho dinero. En ellos puede comprarse el clásico perrito, pero sobre todo están dedicados a la comida árabe, con los típicos kebabs y durum (allí llamdos “gyro”), el falafel, el arroz oriental… la imagen del americano gordo vendiendo perritos debió extinguirse hace décadas, todo lo contrario que los almacenes Macy’s, que parecen anclados en el pasado, pero para mal. Quizá sean el rincón más feo de toda la ciudad, pese al asombro que causan sus escaleras mecánicas, ¡¡con escalones de madera!!, por las que parece que en cualquier momento podría aparecer el mismísimo Don Draper.

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Y por no dejar el tema racial, Nueva York desde luego es una ciudad muy, muy judía: en cualquier rincón se pueden ver instituciones identificadas como tales (igual que hacen las sectas masónicas, algo realmente chocante para un europeo), y no suele ser difícil identificar a la población hebrea, ya que aparte de sus rasgos físicos distintivos muchos de sus varones lucen la kipah. Esto me lleva a uno de los lugares donde la distinción étnica es más llamativa de toda la ciudad, la tienda de electrónica B & H, donde prácticamente todos los vendedores son de fe judía (aunque no necesariamente blancos), inconfundibles por la kipah y el pelo en tirabuzones. No es una tienda cualquiera, por cierto: se ofrece la ultimísima tecnología (impresoras 3D, por ejemplo), los precios son muy buenos y el cuidado al cliente exquisito, con fuentes de agua y copas de caramelos dispuestas regularmente para hacer más agradable la visita.

Los judíos son un pueblo que me despierta sentimientos ambivalentes: por un lado son increíblemente talentosos y trabajdores (la citada tienda es un ejemplo), pero por otro tremendamente cargantes, acaparadores y excéntricos. Me resulta difícil calcular la cantidad de traumas que habrá causado entre sus varones la estética ortodoxa que a muchos de ellos se les impone, decididamente estrafalaria y completamente prescindible, pues ni el peinado ni el tocado de la cabeza tienen nada que ver con la espiritualidad. Los hijos de Israel parecen decirnos que no están dispuestos a adaptarse a los goyim ni a mezclarse con ellos, que debemos aceptarlos tal como son sólo porque tienen talento. Pero me temo que mientras no estén dispuestos a realizar un esfuerzo y disminuir la rigidez y el hermetismo hacia el exterior que los caracteriza -sin por ello perder su identidad- siempre serán mirados con desconfianza por el resto del mundo, sin importar las toneladas de victimismo tras las que se parapetarse. Puede ver un ejemplo tremendamente llamativo de tal tensión en el edificio adyacente al rascacielos del New York Times, de cuya fachada colgaba este cartel.

Quiero volver a los aspectos luminosos de Nueva York describiendo dos momentos de profunda emoción: el primero es el viaje en el ferry de Staten Island, una experiencia que toda persona que ame las ciudades debe tener una vez en la vida. Técnicamente, el ferry es algo tan prosaico como un transporte de trabajadores, que pasan de la citada isla a Manhattan, y viceversa; lo que lo hace tan magnífico es que, además de ser gratuito, bonito y cómodo, ofrece la vista más maravillosa posible del Bajo Manhattan y pasa casi al lado de la isla de Ellis, donde nos espera la consorte del Empire State, la legendaria Estatua de la Libertad. El paseo dura unos 25 minutos por trayecto, y si hace buen tiempo resulta simplemente delicioso, siendo el atardecer quizá el mejor momento para realizarlo, para volver a Manhattan ya de noche (se puede aprovechar para dar una vuelta por Staten Island, aunque no parece tener nada especial). Algo muy llamativo es que la estatua, pese a su innegable belleza, parece bastante pequeñita desde los aproximadamente 100 metros de distancia a los que pasa el ferry.

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El cronista en su hotel de mala muerte.

Otro momento especial fue cuando, el último día, recordé que no había visitado el edificio que había hecho las veces del Daily Planet en ese pequeño milagro de 1978 llamado Supermán, sitio que localicé tras una rápida búsqueda por internet (inciso: los locutorios son casi inexistentes en Nueva York, pero todos los Starbucks tienen wifi abierto: si tienes necesidad de una conexión urgente, acércate a un Starbucks). En la calle 42 me aguardaba “The News Building“, un lugar que la magia de Geffrey Unsworth hizo parecer bastante más impresionante de lo que realmente es. No obstante, verlo en persona, poder pasar a su interior y pasear junto al globo terráqueo del vestíbulo fue intensamente emotivo y evocador de aquel extraordinario film (para el cual había un pequeño recuerdo en el mismo vestíbulo). Sin duda uno de los mejores momentos de mi estancia en Manhattan.

Aquel día, sin embargo, ya sentía mi alma un tanto pesada, quizá por esa orfandad que uno siente cuando entrega las llaves del hotel y sabe que esa noche ya no tendrá a dónde volver. Además, la maravillosa Nueva York (y cualquier gran ciudad) puede caérsete encima poco a poco cuando eres un extraño que se mueve por sus calles amándola, pero sin un objetivo definido. Allá donde esté, toda persona necesita tener su lugar, una ocupación, un círculo social, sobre todo en en urbes como ésta, en las que son necesarios ingresos tan altos para tener calidad de vida. Es necesario también un muy buen nivel de inglés, sin el cual siempre se será un ciudadano de segunda.

Dejé atrás Nueva York rumbo al sur del continente cargado de impresiones, emociones y recuerdos indelebles. Quedó para otra ocasión visitar la periferia (Queens, Brooklyn), ir al cine y, sobre todo, a uno de los musicales de Broadway. Probablemente Manhattan nunca sea mi hogar, pero sí un lugar al que volver más de una vez; el pináculo de nuestra civilización, terrible y maravilloso. Realmente, allí uno siempre tiene la sensación, muy real, de que cualquier cosa puede ocurrir. Gracias por existir y por esperarnos siempre, Nueva York.
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