Archivo de diciembre de 2014

Viviendo en Colombia, I

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La Carrera 99.

1ª Parte. San Javier (Medellín)

Tras mi estancia en la apabullante Nueva York me dirigí al Sur del continente, concretamente a Medellín, capital del departamento de Antioquia (no Antioquía) y segunda ciudad de Colombia. Al subir al avión es donde empecé a sentirme en el universo latino: un asistente de cabina bienvenida por los altavoces al vuelo dirigido “a República Dominicana”, provocando gran susto, para a continuación partirse de risa y aclarar que era una broma, algo que probablemente se ve en pocas rutas aéreas del mundo. El aeropuerto José María Córdova es muy chiquitito, pese a los casi 4 millones de habitantes del área metropolitana. Mi forma de llegar a la ciudad fue un taxi colectivo, un transporte curioso, económica y que incluso permite socializar. Fui recibido en la ciudad por un amable local que se había ofrecido a guiarme, y tras un breve trayecto en Metro llegué al barrio que sería mi hogar durante las siguientes seis semanas: San Javier, en el extremo occidental de la ciudad.

La amiga que me consiguió el piso me había dicho que era una zona “no muy lujosa, pero que así conocería el Medellín auténtico”. Y tenía toda la razón: San Javier, también denominado Comuna 13 (de las 16 en que se divide la ciudad), es una “cocina del infierno”, como las que existen en muchas zonas ciudades a lo largo del planeta. Un sitio infinitamente humilde, no muy limpio, no especialemente bonito a primera vista… y maravilloso. Claro que mi primera impresión no fue muy favorable, más bien pensé: “Joder, esto es un agujero”. Me encontraba, básicamente, ante el reverso de la la Gran Manzana: Colombia tiene muchas cosas buenas, pero una de ellas no es la arquitectura. Se construye donde se puede y como se puede, y muchas casas que en Europa se considerarían infravivienda son totalmente normales aquí, incluso en calles más o menos principales. Es frecuente dejar las fachadas de las casas, e incluso las paredes interiores, en ladrillo visto, sin darles siquiera una capa de yeso.

Claro que todo tiene niveles, como veréis a continuación. Medellín está en el centro de un valle, totalmente rodeada de montañas más bien altas (2500 metros de media), lo que la convierte en una ciudad sin horizonte; podría no existir nada en el universo más allá de esas elevaciones -al estilo de “El Show de Truman”- y los de dentro no se enterarían. Pero esas montañas, pese a ser muy verdes, no son naturaleza virgen, sino que están cubiertas casi por completo de viviendas, y en general se cumple la regla de que, cuanto más alta se encuentra una comuna (barrio), más degradada está y más peligrosa es. En algunas de hay asesinatos casi todas las semanas. Esto lo ilustra perfectamente el sistema gubernamental que califica la calidad de las viviendas por estratos, con el Estrato 1 significando básicamente “Mierda” y el Estrato 6 “Lujo”. En las comunas altas una casi todas las casas son de Estrato 1, y las fachadas enyesadas son casi inexistentes. Construidas sobre empinadísimas laderas, la vida allí es cuesta arriba en el sentido más literal. Ocupan cientos y cientos de hectáreas, y forman un anillo alrededor de Medellín sólo roto por unos pocos raros barrios ricos en altura y alguna mancha verde. Por la noche, forman un extensísimo y envolvente tapiz de luces fascinante y ominoso.


La noche en San Javier

San Javier tiene un 60% de viviendas de Estratos 1-2 (que imagino son las de las colinas), y un 35% de estrato 3. Arriba todo es como acabo de describir, pero la parte baja, pese a todas las estrecheces, es un lugar que se aprende a amar, pese a aquellos primeros días en los que, cuando veía a los niños entrando a las guarderías pensaba “pobrecillos, tener que crecer en un sitio así”. Lo que te acaba ganando de este sitio es su prodigiosa vida callejera, algo tan difícil de encontrar en Europa salvo en contados sitios, y que yo no experimentaba desde hace muchísimos años. Desde las seis de la mañana hasta las 9 de la noche las calles bullen de vida, gracias al benigno clima y a la inabarcable actividad comercial de los vecinos. En cuanto uno pisa la Carrera 99, columna vertebral del barrio, se ve rodeado por un sinfín de sonidos, imágenes y gentes que asaltan los sentidos. En otras manzanas del barrio se ven a veces grandes ollas frente a las casas, cociendo guisos sobre piras de leña, y varios vecinos tienen gallinas sueltas, que por algún motivo no se escapan. En muchas formas es como viajar varias décadas al pasado.

Una de las características más pronunciadas de los colombianos, y que más les diferencian de los españoles, es su indomable afán de trabajo, sean cuales sean sus capacidades o circunstancias. Si no tiene quien le emplee, se echa a la calle y monta un puesto para vender absolutamente cualquier cosa, ya sea comida rápida, fruta, bisutería, zumos, ropa, dulces, tabaco… los que ni siquiera tienen eso son capaces de coger los tratos que les sobren en casa e intentar colocarlos, y hay muchísimos que ofrecen una mercancía inmaterial: minutos de llamadas teléfónicas, típicamente anuciándolos con un cartelón que reza “200 pesos el minuto a cualquier operador”. Si uno pasa cerca de uno de estos puestos de venta o les dirige una mirada, su encargado a menudo saltará como un resorte, exclamando: “¡a la orden!” Muchos de los puestos son móviles, y sus dueños los desplazan ofreciendo las mercancías a voz en grito o con un micrófono, valiéndose de una batería. Algo muy curioso es que existe una “voz de vendedor” específica, muy nasal y peculiar, que podéis escuchar varias veces en el vídeo que hay bajo estas líneas, tomado cerca del metro, una de las zonas de más actividad.

Los que tienen más posibles ponen sus negocios en locales, sin que la juventud suponga impedimento para ser emprendedor: las salas de internet y las peluquerías típicamente están regentadas por veinteañeros, algunos de los cuales matan los ratos en los que no tienen clientes jugando con consolas o escuchando reguetón; el trabajo y el ocio no son incompatibles. Así pues, aquí el concepto de “nini” es casi impensable, y aquel que tiene manos y voz (incluso si está en una silla de ruedas), si no estudia o no opta por la mendicidad, trabaja. Ya sea en un puesto o en un local, por lo general es un placer comprar algo a un antioqueño (o paisa, un término mucho más habitual). Ellos mismos se describen como gente “muy querida”, y se conducen con extremdada gentileza tanto en las relaciones personales como en las comerciales; piensen en un andaluz multiplicado por diez y sin hacer chistes. Cuando un cliente les da las gracias, la respuesta es “con gusto”, añadiendo a veces “y siempre a la orden”. A menudo sonríen al oír el acento español, que muchos no logran identificar, y preguntan si uno está “pasiando” (de turismo). Resulta extremadamente fácil trabar conversación y amistad con ellos. De las cosas buenas que tiene Colombia, sin duda la gente es su capital más preciado, y su mayor esperanza de llegar a ser una gran nación.

El dinero

La moneda es el peso colombiano, que hoy día es menos de una milésima de euro; la forma más eficaz de hacer el cambio mentalmente es pensar que 10.000 pesos son 4 euros. Si se llega con un sueldo europeo el dinero cunde mucho: por ejemplo, una comida tipo menú cuesta algo menos de 4 euros, un viaje en metro 80 céntimos, una entrada de cine 3,5 €, un kilo de mandarinas 90 céntimos, un kilo de plátanos 50 céntimos, un viaje promedio en taxi 3 euros, una camiseta en un hipermercado 7 euros y un pantalón 12. Alquilar un piso depende mucho de la zona y el estrato; en un sitio como San Javier, un pequeño apartamento no amueblado puede tener una mensualidad tan pequeña como 100 euros, pero si nos vamos al exclusivo barrio del Poblado será muy difícil encontrar uno por menos de 800-1000 €; las zonas ricas de todos los países forman una única nación llamada “pijolandia”.

El clima

Colombia está atravesada por el Ecuador, lo cual le da un clima extremadamente estable, en el que no existen las estaciones tal como nosotros las conocemos (menos aún en Medellín, apodada “ciudad de la eterna primavera”): a lo largo del año, la temperatura se mueve en una horquilla de 15-33º, con rarísimas excepciones. Esto hace al paisa muy sensible al frío y el calor, y en cuanto se sobrepasan los 30º es muy frecuente que las mujeres salgan a la calle con un paraguas que ejerce de parasol. Del mismo modo, cualquier clima inferior a los 18 grados y con nubes o lluvia se denomina “invierno”, algo que inevitablemente provoca la sonrisa en quien ha aguantado muchos crudos inviernos a la europea. Muchos colombianos nunca han visto la escarcha, y mucho menos la nieve, aunque tampoco puede decirse que no exista la época fría, que coincide precisamente con estos meses: de hecho, desde que llegué ha llovido el 80% de los días, a menudo en cantidades torrenciales. Algo que distingue a las tormentas de aquí son los truenos, de un volumen realmente brutal, como si la tierra estuviera siendo martilleada por el mismísimo dios Thor.

Otra peculiaridad ecuatorial es que el día y la noche duran casi lo mismo todo el año: a las 5 y media de la mañana amanece y a las cinco y media de la tarde empieza a ponerse el sol. La hora solar va adelantada respecto a España, y a las 7 es prácticamente mediodía, con una enorme actividad en las calles, aunque muchos comercios no abren hasta las ocho. Puede decirse que todo se hace hora y media o dos horas antes de los horarios habituales en nuestro país (trabajo, comidas, etc.). Las montañas restan al menos media hora de luz solar por la mañana y al atardecer.

La comida

La gastronomía antioqueña difícilmente puede sorprender a un español, puesto que casi todos los platos provienen de Castilla y Extremadura, regiones de los primeros colonizadores de estas tierras. Así, encontramos el chorizo asado, el chicharrón, el churrasco, las alubias pintas (aquí denominadas frijoles), el pollo asado… el plato más típico es la “bandeja paisa”, también denominada “bandeja” a secas o “corrientazo”, omnipresente en los locales de comida. Suele consistir en una carne o pescado rebozado, acompañada de una generosa cantidad de arroz, alubias, papas fritas, una tira de plátano cocinado, una arepa y un poquito de ensalada (que aquí suele ser algo de lechuga y mucha ralladura de zanahorias, totalmente empapadas en una salsa blanca). Para formar el “almuerzo” completo, la bandeja suele ir acompañada de un entrante, típicamente una sopa de patata (“mondongo”) o de carne cocida (“sancocho”), más la bebida, que aquí se denomina “sobremesa” y suele ser una limonada o una especie de jugo de arroz denominado “claro”. La bandeja se acompaña siempre un trozo de limón (que aquí es verde y no amarillo) para sazonar la carne o el pescado. Realmente es imposible terminarse un almuerzo y quedarse con hambre, pagando además muy poco dinero (entre 7000 y 10.000 pesos, 3-4 €).

La mayor diferencia con la gastronomía europea es que el pan se usa sólo si uno quiere hacerse un “sánduche” (sandwich), y los hidratos de carbono son proporcionados por el arroz y el maíz; este último es la base de una de las instituciones culinarias del país: las empanadas y “pasteles”. La empanada básica suele estar rellena de patata y algo de carne, y también las hay de arroz y carne, y sólo de carne; su envoltura de maíz frito les da una textura crujiente muy agradable. El “pastel” de pollo consiste en pollo troceado o desmechado con una cobertura blanda de maíz, y es realmente muy rico (uno de mis bocados favoritos), mientras que el pastel de pescado consiste en un filete de pescado seco o a la plancha, sin espinas y rebozado. También son típicos la patata cocida y rebozada y el pastel relleno de huevo duro. Estos alimentos pueden encontrarse casi en cualquier sitio, y uno se llega a preguntar si los elaboran en grandes fábricas y luego los descongelan, pero yo he visto hacerlos en la calle, así que imagino que simplemente son recetas muy, muy populares. Y una vez más, económicas: una empanada y un pastel de pollo te quitan perfectamente el hambre, y difícilmente costarán más de 3200 pesos (1 €) entre las dos.

La arepa se incluye en prácticamente cualquier comida, y es lisa y llanamente una torta redonda de maíz, generalmente sin sal, y de tamaños variables. Si acompaña a una bandeja paisa o a un pollo asado suele ser pequeñita y ofrecida en pareja, mientras que si te la dan con algo tipo pastel de pescado o chorizo asado es grande. También son típicas las brochetas de carne o cerdo, aquí designadas con el arcaicismo español “chuzo”; las hamburguesas a la colombiana, que son muy abundantes e incluyen patatas chip y “tocineta” (nuestra panceta); y el sofisticado plato de “haute cocine” salchipapa, consistente en patatas fritas con trozos de salchicha. El pollo es muy popular, ya sea asado o “apanado”, variedad esta última que se suele sazonar a chorro con las tres salsas estándar (ketchup, mahonesa y rosa, me parece), a menos que uno indique lo contrario. Todo puesto callejero tiene enfrente unos “banquetos” (taburetes) de plástico en los que puedes sentarte a que terminen de preparar la comida y consumirla ahí mismo si quieres, acompañada de una bebida opcional. Aunque todos los platos descritos son ricos y están bien hechos, casi todos son bombas calóricas, y quien quiera llevar una dieta algo más ligera realmente lo tendrá difícil, a menos que busque mucho.

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Como ya he superado con mucho la longitud normal de una entrada, dejaré para la siguiente entrega otros aspectos cruciales para entender Colombia, tales como la religión, el transporte, la seguridad ciudadana o las mujeres. Lo que sí os puedo contar es que mes y medio después de mi llegada a San Javier estaba totalmente integrado y feliz en el barrio, hasta el punto de que me daba casi igual la falta de agua caliente, los vecinos escandalosos, las motos dando por saco y las hermosas cucarachas que a veces me visitaban por la noche. Realmente me rompió el corazón abandonarlo. En el próximo capítulo relataré mi traslado a una zona más céntrica de la ciudad, y cómo transcurre la vida por allí.
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