Archivo de febrero de 2018

El hombre que no estaba ahí – Madurez artística

The man who wasn’t there – Dir: Joel Coen – EEUU, 2001

Para “El hombre que no estaba ahí”, los Coen dan un salto adelante de unos 30 años respecto a “O brother”, sin abandonar esa primera mitad del siglo XX que les es tan querida. Una vez más vuelven a mezclar géneros, entregando un relato que abarca el drama criminal, la comedia negra y la reflexión existencial.

La historia se centra en Ed Crane, un barbero sin ningún tipo de pretensión, que se trabaja en su pequeña ciudad moviéndose entre una callada resignación y la complacencia de una vida estable y sin problemas. Por el autorretrato que traza a través de su omnipresente voz en off, su vida es más feliz que infeliz, pero una inusual propuesta de negocios despierta algo en su interior que lo lleva a desear algo más, a demostrarle a su metódica y algo ambiciosa esposa que es más de lo que parece. Esta chispa desencadena toda una serie de acontecimientos que sacuden la existencia perfectamente ordinaria del barbero.

Tras ese punto de partida la historia se despliega con habilidad, con un ritmo no decae en ningún momento, gracias a una trama que permanece impredecible y a un elenco de personajes pintorescos típicos de lo Coen, que esta vez no llegan al punto de resultar irritantes; en este aspecto es una de las películas más equilibradas de los hermanos, presentando unos tipos humanos casi convencionales para sus estándares. Entre todos ellos brilla ese silente Ed Crane que aguanta estoicamente la locuacidad de quienes suelen rodearlo, y cuya personalidad deja rápidamente huella.

Contribuye al buen fluir del film su gran perfección formal, con una prístina fotografía en blanco y negro obra del célebre cinematógrafo británico Roger Deakins. Un detalle fascinante en este film que maneja con tanta maestría las gamas del gris es que se rodó en color por resultar más fácil técnicamente, y esta versión no sólo existe aún, sino que apareció en DVD en algunos países. La atmósfera se redondea con una banda sonora dominada por el piano, mediante composiciones de Carter Burnwell y piezas clásicas de Beethoven.

Billy Bob Thornton es una elección idonea para ese protagonista que no podía tener un rostro muy atractivo, pero tampoco carecer de carácter. Gran parte del peso de la película recae sobre su narración, la cual ejecuta perfectamente. Joel Coen vuelve a asignar un papel importante a su mujer Frances McDormand, cuyo físico nunca me ha gustado pero que resulta muy adecuada para el papel de la esposa, atractiva pero no mucho, ambiciosa pero sin excesos, amorosa pero sin efusividad alguna. El resto de secundarios es muy destacable, incluyendo a un Richard Jenkins con un aspecto muy similar al de su famoso papel del padre en “A dos metros bajo tierra”, si bien este personaje es totalmente distinto, mucho más plácido y humilde; interpretando a su hija está una jovencita Scarlett Johansson que añade un toque de belleza y ligereza muy agradecible a esta historia teñida de melancolía. Aparecen también Jon Polito y James Gandolfini, aprovechando al máximo sus pocas escenas, como actores de gran entidad que son. Pero sin duda el caramelito interpretativo le cae a Tony Shalhoub (el actor de “Monk”), quien tiene oportunidad de encarnar al cuasi infalible abogado Freddy Riedenschneider. Es el papel con más oportunidad de lucimiento, un personaje locuaz y genialoide, aprovechado al máximo por Shalhoub.

En medio de su amena trama semicriminal, “El hombre que no estaba ahí” nos plantea una interesante cuestión, la de las personas que sólo aspiran a una vida lo más sencilla posible y a ser amadas, pero a quienes les falta un punto de iniciativa, habilidad social o suerte para sentir que realmente encajan entre sus semjantes. Seguro que más de un espectador se siente identificado. El conjunto se remata con los habituales toques surrealistas de los Coen (se apunta una peculiar “conspiración OVNI”, muy acorde con la época), conformando todo una excelente película, sin duda un homenaje al “noir” pero con una potente identidad propia. En mi opinión, la mejor obra los hermanos neoyorquinos hasta ese año 2001.
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