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La mitificación del viaje en el mundo moderno


El Taj Mahal, uno de los “sitios que hay que ver antes de morir”.

En este artículo trataré de analizar un fenómeno cultural muy en boga: la mitificación de los viajes turíticos en gran parte del mundo occidental, que ha llegado hasta tal punto que muchos los viven como una especie de estilo o filosofía de vida. A poco que observemos la realidad actual, resulta fácil apreciar el enorme prestigio social y que ha adquirido el viaje, especialmente si es internacional: hoy día, es la opción vacacional número uno de un gran porcentaje de la población, siendo especialmente apreciada por el sexo femenino. Muchas mujeres contemporáneas citan entre sus principales aspiraciones “dar la vuelta al mundo”, o más típicamente, su deseo de “conocer culturas”, frase que se ha convertido en auténtico “meme” de nuestros días.

Se trata de una afición bastante nueva, especialmente en España, donde en décadas anteriores no existía esa necesidad perentoria de viajar, aparte de que el nivel económico y de idiomas tampoco lo permitía. No obstante, en Europa era un hobby muy extendido desde hace mucho tiempo, así que en los últimos años únicamente nos hemos igualado con nuestro entorno. ¿Pero de dónde viene esta necesidad que se ha convertido en casi irrenunciable? ¿Es realmente tan gratificante y enriquecedor conocer otros países? Tras una prolongada reflexión sobre el asunto, creo haber detectado unas raíces psicológicas bien definidas para el fenómeno, relacionadas con la forma en que el hombre y mujer modernos se enfrentan a su entorno social y laboral. Desde mi punto de vista, los dos principales motivos del afán viajero son:

1. El cosmopolitismo como ideal.

En el mundo occidental han cobrado muchísima fuerza conceptos como la igualdad entre todos los ciudadanos del planeta o la difuminación de las fronteras culturales. Así, para muchos occidentales es prácticamente lo mismo un habitante de Canadá que uno de Sri Lanka, Pakistán, Nueva Zelanda, Islandia o Perú. Muchos llegan a definirse como “ciudadanos del mundo”, incluso careciendo de conocimiento de idiomas o de experiencia viajera. No ocurre lo mismo por lo general en lugares como Asia o África, donde predomina más el orgullo por la propia identidad (a veces a niveles exagerados) y no existe un especial afán por igualarse con otras realidades culturales. Ejemplos claros de esto último serían el mundo islámico, la India, China o las etnias africanas.

Para los occidentales que consideran las barreras políticas y culturales poco más que una ficción autoimpuesta, haber visitado muchos países (o mejor, haber vivido en ellos) se considera hoy día mucho más deseable que no haber traspasado nunca las fronteras de la propia patria. Según esta filosofía vital, el que viaja, además de conocer entornos distintos al suyo, consigue, gracias al contacto con otras culturas y modos de vida, ampliar en gran medida sus horizontes mentales, mientras que aquél que no viaja es más propenso a la rigidez cultural e intelectual.

2: La libertad como valor absoluto.

Este concepto cosmopolita se opone al tradicional, vigente durante varios siglos, de la persona o familia más bien ancladas a su ámbito inmediato, ya sea el pueblo, la ciudad o la región (con la salvedad de los pueblos nómadas). Esto se relaciona con nuestra evolución social: en muchos países los jóvenes han retrasado su incorporación a la vida adulta, optando por alargar al máximo el período estudiantil y permaneciendo en el domicilio paterno hasta la treintena o incluso más allá. Si hace unas décadas no era extraño ver veinteañeros plenamente incorporados al mundo laboral y siendo padres de familia, hoy día es una rareza ver parejas con descendencia antes de los 25. Obviamente, menos responsabilidades implican más libertad -un valor celebradísimo en la actualidad-, que se utiliza por ejemplo para realizar viajes.

Esta sublimación de la libertad ha calado especialmente en el sexo femenino, cuyo antiguo papel de administradora del hogar ha sido insistentemente vilipendiado. Ahora, “liberada” de esta función, la fémina contemporánea se encuentra en una tesitura extraña, obligada a satisfacer gran número de expectativas, a menudo autoimpuestas: por un lado busca la realización y la independencia mediante el trabajo, mientras por otro aspira a un modelo de relación sentimental excesivamente idealizado en la cultura popular (cine, libros, revistas…). Su mentalidad está muy permeada por las ideas expuestas en el punto anterior: libertad, internacionalismo, exploración del mundo… Pero oponiéndose a todo ello está la necesidad biológica de la maternidad, que a menudo debe postergarse en aras de estas nuevas aspiraciones. Esto lleva a sentimientos contradictorios y una ansiedad subyacente en gran número de mujeres trabajadoras, que por ahora optan mayoritariamente por este nuevo concepto de realización personal.

Examinados los motivos que nos inducen a realizar viajes, toca analizar si al hacerlo realmente se cumplen los objetivos anhelados.

1. ¿Es realmente tan satisfactorio viajar?

Una de las cosas que me chocan de la pasión por el viaje es que desplazarse a grandes distancias no es algo instintivo en el ser humano. Por el contrario, nuestro impulso biológico es asentarnos en un lugares donde tengamos la mayor cantidad de recursos posibles a la menor distancia. Es cierto que también existe un afán innato de exploración, pero éste es más un rasgo de ciertos individuos que de la especie. Además, la mayor parte de las grandes exploraciones históricas tuvo detrás, más que la curiodidad, motivaciones militares o económicas, con expediciones muy nutridas y amplios medios.

El viaje realizado de forma individual o en pequeños grupos es algo muy diferente: al visitar el extranjero nos encontramos en un entorno desconocido, a menudo desconociendo el idioma y las costumbres locales, con pocos recursos económicos y el único apoyo de nuestros acompañantes si surgiera un problema. En otras palabras: se dan una serie circunstancias que normalmente nos provocarían un gran estrés. A esto hay que añadirle los preparativos previos que requiere cualquier viaje a un lugar lejano: reserva de billete, búsqueda de alojamiento, preparación del equipaje, encontrar quien se ocupe de nuestros asuntos (mascotas, plantas, etc.). Incluso aunque el desplazamiento no nos suponga un gran esfuerzo económico y todo salga exactamente según lo planeado, resulta obvio que los viajes exigen esfuerzo y planificación notables. ¿Por qué siguen siendo tan populares, pues?

Algo que nos ayuda a entenderlo es que son una actividad realizada casi siempre en compañía. Pese al afán por conocer mundo, muy pocos son los que se lanzan a la aventura en solitario, y normalmente se viaja con un compatriota que proporciona compañía y soporte moral. Además de esto, puede argüirse que el viajero adopta durante su estancia en el extranjero una particular actitud, que le permite minimizar lo malo o estresante y retener sólo las momentos lúdicos y placenteros. Si, por ejemplo, hay un un fallo en la reserva del hotel y se pierde un día buscando otro alojamiento por toda la ciudad, se hará un esfuerzo por borrar ese mal trago del balance del viaje.

Otro ejemplo de esto: al viajar existe el peligro considerable de que en el país de destino nos encontremos unos hábitos socioculturales casi inaceptables para nosotros, o que las condiciones de vida de la población sean tan muy penosas, con calles insalubres, comida servida en malas condiciones, delincuencia, comportamientos machistas, racistas y otras discriminaciones… Pero pese a todo, el viajero suele ver todo esto con ojos románticos, y lo que no aceptaría de ninguna forma en su país tiene a considerarlo con naturalidad parte de la “cultura local” cuando lo ve fuera.

Los riesgos del viaje, además, suelen estar muy controlados: casi todos los países tienen zonas turísticas protegidas y el viajero sabe que apenas se permanecerá unos días en el extranjero, siempre con el billete de vuelta en el bolsillo. Así, podemos establecer un paralelismo con los que disfrutan en las montañas rusas y atracciones similares: indiscutiblemente, precipitarse al vacío desde 30 metros es una experiencia terrorífica, pero el que sube a la atracción la convierte en placentera al saber que su integridad física no corre peligro, disfrutando la secreción de adrenalina que tales experiencias normalmente provocan. Considerando esto, durante el viaje, ¿el disfrute es intrínseco a la propia experiencia o depende de que el viajero sepa que todo está bajo control?

2. ¿Amplían los viajes nuestra cultura y horizontes?

Éste es uno de los puntos más discutibles del fenómeno. Yo empezaría cuestionando la misma premisa de que se viaja por motivos culturales. ¿Qué conocimiento general tiene el ciudadano occidental medio del planeta que habita, a un nivel social, cultural y político? ¿Puede la oficinista típica, que declara querer “conocer todo el mundo” hablarnos de las zonas de extensión del islam, de las causas del subdesarrollo en Sudamérica o África, del sistema de castas en la India o de si los chinos se llevan bien con los japoneses y los coreanos? Lo cierto es que hoy día no es muy complicado conocer la cultura de otro país, pues existe abundante información gratuita en la red sobre todos los aspectos de una nación; incluso es posible leer su prensa diaria, o, si deseamos un contacto aún más directo, chatear con alguno de sus habitantes o agregarlos a nuestras redes sociales. Sin embargo, es muy raro que alguien esté en contacto con una persona de otro país que no haya conocido en persona previamente, excepto si está buscando un matrimonio internacional.

Así pues, ¿a qué se refiere exactamente el meme “conocer otras culturas”? Si no hay un deseo de comprender el panorama internacional, ni de explorar las interioridades de un país, ni de interactuar en profundidad con su gente, se diría que este “conocimiento de una cultura” se queda en los aspectos más superficiales y folclóricos de la misma, y se refiere más bien al lado lúdico y vacacional del viaje. Si bien esto no tiene nada de malo, sería más honesto admitirlo abiertamente, y no tratar de presentar lo que es mero turismo como una especie de ansia exploradora. Lo cierto es que conocer la vida y las gentes de cualquier lugar requiere residir allí durante meses o incluso años, período en el cual se suele pasar de la condición de turista a la de ciudadano. Por supuesto, en un viaje turístico pueden experimentarse muchas cosas que escapan del alcance de los libros, documentales o la página web, pero siempre con los límites impuestos por un viaje corto, sobre todo si no antes nos hemos documentado razonablemente.

Para ilustrar este punto, puedo poner el ejemplo de la nación extranjera que más me atrae: Japón. Tras mucho tiempo interesado en su cultura y sociedad, y habiéndolo visitado en una ocasión, puedo decir que tengo bastante familiaridad con ese país, pero no me atrevería a afirmar que la conozco en profundidad. Para ello, debería haber leído mucho más sobre él y haberlo visitado más veces y con más tiempo. Desde luego, conocer Japón fue una experiencia magnífica, pero sólo me aportó una parte de mis conocimientos sobre el país. Y si tras todo este tiempo no conozco en profundidad la cultura nipona, ¿cómo podría el viajero típico afirmar que “conoce” un país tras estar en él apenas una semana?

3. ¿Nos hacen más libres los viajes?

Quizá ésta sea la cuestión más interesante sobre el tema de este artículo. ¿Somos individuos más libres por viajar con frecuencia? ¿Logramos romper las ataduras con nuestro entorno y convertirnos en una especie de “ciudadanos globales”? Mi opinión al respecto es muy escéptica. Lo cierto es que casi cualquier persona adulta tiene, para bien o para mal, una serie de obligaciones ineludibles, de tipo laboral, familiar o social. Aunque el viajero tenga la ilusión mental de que moverse por el mundo le da un mayor grado de libertad, lo cierto es que tras las breve duración del viaje hay que volver indefectiblemente a las obligaciones y la rutina. No es imposible una independencia casi total, pero esto precisa normalmente de un nivel económico inalcanzable para la gran mayoría de personas. Y en cualquier caso, ¿es realmente tan importante no estar atado a un lugar concreto? Tengamos en cuenta que casi todo lo que vale la pena requiere una dedicación contínua, ya sea crear y mantener una familia, sacar adelante empresa, ser bueno en alguna disciplina… Esto difícilmente puede compaginarse con una vida itinerante, de contínuos desplazamientos.

En una nota similar, cabe preguntarse si ver mundo relaja nuestras rigideces mentales. Para mí, lo más probable es que tras realizar un viaje volvamos con concepciones y prejuicios bastante similares a aquellos con los que partimos, ya que es muy común de la psicología humana adaptar los hechos a nuestra mentalidad, en vez de hacer lo contrario. Si en el país al que vamos esperamos encontrar prosperidad y un modo de vida admirable, probablemente eso será lo que veremos; si esperamos desigualdad y pobreza, ocurrirá lo mismo. Nuevamente, sería necesario residir en el país un tiempo prolongado para obtener una perspectiva más veraz. Ejemplo perfecto de esto es el viajero televisivo Ian Wright, quien tras haber recorrido gran parte del globo grabó un programa en Cuba. Durante la introducción, las mejores explicación que se le ocurrieron para explicar la extrema pobreza del país fueron “las invasiones” y “el embargo económico”. Sólo se le pasó el pequeñísimo detalle de que la isla sea una dictadura comunista, omisión muy probablemente debida a prejuicios ideológicos.

Para reforzar este argumento, propongo un ejercicio mental: imaginemos que nos encontramos en un aeropuerto extranjero esperando partir en un vuelo, y que repentinamente unos terroristas toman las instalaciones. Si resulta imposible huir, el impulso natural en una situación así será formar grupos de gente lo más grandes posibles, que nos den protección física y psicológica. ¿Qué tipo de grupo buscaríamos para refugiarnos, de entre la masa heterogénea del lugar? La respuesta es muy obvia: aquél que tuviera más personas de nuestra nacionalidad. Esta reacción instintiva nos indica que, por mucho que queramos creer en la ficción de la ciudadanía global, en que es lo mismo relacionarse con un compatriota que con alguien de otro país o incluso de otro continente, lo cierto es que una parte enorme de nuestra identidad está determinada por nuestro lugar de nacimiento y el entorno en el que nos modemos, y eso no cambiará aunque hagamos turismo exótico todos los años. Cabe señalar que este ejercicio también sirve para desmontar las falacias de muchos movimientos nacionalistas, que proclaman la enorme singularidad cultural de su región, cuando ésta suele ser anecdótica. Lo cierto es que un nacionalista, en una emergencia así, también buscaría a alguien del país que supuestamente lo tiene subyugado, con quien tiene mucho más en común de lo que querría admitir.

Conclusiones:

Hoy por hoy, sobre todo para el ciudadano occidental, el viaje turístico parece poco menos que un requisito para tener una vida plena. Sin embargo, creo que los argumentos expuestos en este pequeño ensayo demuestran que ésta es una necesidad ficticia y autoimpuesta. En realidad, el crecimiento espiritual suele alcanzarse por otros medios que requieren más tiempo y esfuerzo. Por ejemplo logrando ser bueno en algo, como una disciplina académica o deportiva. O cuidando nuestro cuerpo, con una buena alimentación y ejercicio regular; o mediante logros profesionales; o incrementando nuestra cultura y conocimiento general; o creando una familia y un círculo social, a los que deberemos dedicar tiempo y afecto, obteniendo todos beneficios recíprocos. Los viajes, por supuesto, pueden complmentar  todo esto, e incluso convertirse en nuestra forma de ocio predilecta si así lo queremos. No obstante, es importante saber darles sólo su justa importancia, y obviar el absurdo mito cultural que los rodea en la actualidad.
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La superestupidez ecologista

Nuestro mundo ha llegado a un estado tan absurdo e infantilizado que se ha llenado de adultos comportándose como niños y creando opinión a nivel mundial. Algunos incluso dirigen países. Un ejemplo paradigmáticos de este fenómeno es el pensamiento ecológico memo y su campaña propagandística a nivel mundial, ilustrada ejemplarmente por esta portentosa portada de Vanity Fair:

Esta cosa fue excretada en Mayo del año 2006. Vanity Fair una revistilla vacua pero con ínfulas, cruce entre el Interviú, el Fotogramas y el Hola, cuya portada siempre está ocupada por el alguna celebrity, de ahí lo de la “hoguera de las vanidades”. Su especialidad son las famosas preñadas que posan en pelotas con su bombo, haciendo así algo muy audaz y transgresor, pero sin que se les vea el potorro. No hace mucho sacó también en portada a Miley Cyrus (Hannah Montana) tapada sólo con una sabanita, montándose un escándalo absolutamente artificial y subnormaloide. Resumiendo, un magazine para gente que piensa que Sandra Bullock o Jennifer Aniston son gente interesantísima. En el año 2006, en un brainstorming editorial, alguien debió decir: “¿qué es lo más in del momento?” Y alguien respondió: “Estamos destruyendo el mundo”. “¡Mola! ¿Qué tal si hacemos un Número Verde (TM) sacando en la portada a un montón de Gente Buena para contarle al pueblo americano cómo podemos salvar el planeta de esos cerdos republicanos?” “¡Jodidamente brillante!” Dicho y hecho. Poco después se ponían delante del objetivo la ultramoña Julia Roberts, que desempolvó el traje de Campanilla que usó en Hook -ese engendro-; el crápula Yors Cluni, que ha anunciado desde trajes de Emidio Tucci a Martini, pasando por cafeteras monodosis, y que pensó “¿por qué no hacer también un anuncio de Cambio Climático?”; el borderliner Al Gore, que después de ser pateado en las elecciones del 2000 decidió vengarse del mundo metiéndose a redentor de saldo con su ciencia de todo a 100; y Robert Kennedy, que nadie sabe quién es ni le importa un pimiento, pero es un Kennedy, y por lo tanto es guay y moderno.

Y ahí están los cuatro, Julia vestida de Campanilla y los otros de Coronel Tapioca, tan buenos ellos, tan concienciados… joder, me siento un puto contaminador, voy a ir al infierno por apoyar la energía nuclear (porque es mala, ¿no? ¡Lo dicen en Los Simpson!). Lo que más mola son los titulares: Esta gentuza llama nada menos que a UNA NUEVA REVOLUCIÓN AMERICANA. Ou Yeah. Frirous de Maíz! Claro, la maruja o el oficinista que leen el Vanity Fair en la pelu o en la pausa de la comida miran la revista y dicen “¡Coño! ¡Hay que hacer una revolución!” Seguro que al día siguiente venden su cochazo ultracontaminante, dejan de tirar mierda por la calle o desinstalan el aire acondicionado de su casa. Think Green! O quizá escriban a su diputado (en América se hacen esas cosas) y le pidan aprobar alguna ley que deje bien jodido al empresariado local limitándole las emisiones contaminantes. Sí, esto último es bastante más probable, que lo otro es mu sacrificao.

Pero el titular de la izquierda es el que tiene más miga: Una amenaza más grave que el terrorismo. ¿Qué partes de Nueva York, Washington y otras ciudades americanas quedarán bajo las aguas? Lástima que no fuera la redacción de Vanity Fair, joder. ¿Se puede hacer un titular más falaz, sensacionalista y cretinoide? Es posible, pero no sé cómo. Obviamente, la base científica para el articulito la proporcionó Al Gore, que casualemente estrenaba su libelo Una verdad gilipollesca ese mismo año. Ya saben, esa peli de miedo que nos advierte de la extinción de los osos polares (población actualmente en máximos históricos) y de los miles y miles de refugiados que provocaría la subida del nivel del mar (aún estamos esperando), peli que gracias a los sociatas va a ponerse en los colegios para que los niños sean perfectos cretinos ecoagilipollados antes de cumplir los 12 años. Ni al Huxley se le ocurrió algo así, oye. A mí, que no soy yanki, me parece tremendamente sangrante que una revistucha cateta se permita despreciar a los muertos del terrorismo diciendo que la subnormalidad del calentamiento es más peligrosa; así que no consigo imaginar cómo se pudieron sentir al verla las víctimas o los familiares de cualquier fallecido en el 11-S, Irak, Afganistán…

Pero seguramente lo más maravilloso del “Green Issue” es que algún asesor de ZP vio la portada en cuestión, se la sopló al gran líder, ¡¡y el tío repitió el titular estrella como si fuera de su cosecha!! Sí, hombre, ¿no se acuerdan? Cumbre iberoamericana de Noviembre de ese mismo año. Habla Mr. Bean: “El cambio climático ha provocado ya más muertos que el terrorismo internacional”. Luego se extiende: “La desertificación ha forzado ya el desplazamiento de 25 millones de personas y, en 2100, un tercio del planeta podría no ser cultivable. Siendo indiscutiblemente un enemigo terrible, el terrorismo internacional no es la única gran amenaza, ni tal vez la más grave”. ¿Cuál es su fuente? ¿Y desde cuándo es necesario el “cambio climático” para que haya desertificación? ¿Este tío sabe lo que es la agricultura agresiva o la deforestación? ¿Sacó quizá los datos del articulito de la VF? ¡Oh, cuánto me gustaría tenerla! (y después de leerla limpiarme el culo con ella, ¡muy ecológico!)

El temita estaba causando sensación en aquella época, porque sólo un mes ante, Time Magazine había sacado su propio número ecoalarmista, al estilo portada negra del Sport, con una imagen clásica del género: el oso polar que se queda sin hielo para caminar y que se va a morir. Los titulares daban tanto miedo como los de Vanity Fair: Preocúpese. Preocúpese mucho. El calentamiento global no es un vago problema del futuro: ya está dañando el planeta a un ritmo alarmante. Vea cómo le afecta a usted, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. También: Cómo India y China pueden ayudar a salvar el mundo… o a destruirlo. ¡¡Joder, si parece un puto magazine pulp!! Y casi un lustro después, estamos esperando a los efectos catastróficos. ¿Dónde está Lorenzo Milá cuando se le necesita? ¡Seguro que él ya los ha visto!

Pese a lo candente del tema, parece ser que con la catetada del Green Issue bajó la circulación de la Vanity Fair en unos 20.000 ejemplares: al oficinista y a la maru le importaban una mierda las pajas mentales de Gore, lo que querían saber era en qué posturas se lo montaban el Pitt y la Jolie (probablemente un tema más interesante). Sin embargo, VF, comprometida como es, decidió repetir la experiencia al año siguiente, con el “Green Issue 2007”. Esta vez el prota era Leo diCaprio, que había ido a salvar el Polo… ¡¡en persona!! No eran tan “Madre Tierra” como el año anterior pero más o menos daba el pego. Quizá por copiar al Time, acompañaba al actor un osito polar que lo miraba embelesado desde el suelo y parecía decir: “¡gracias por salvarme!” Joder, en serio, ¿quién diseñó esto? ¿El guionista de los Teletubbies? Y el puto Di Caprio, ¿no tiene pudor? Prefiero ser considerado un violador de monjas que un eco-redentor apollardado. Los titulares, eso sí, eran algo decepcionantes: esta vez sólo estaba escaseando el agua potable, y se estaban empezando a fabricar los primeros deportivos eléctricos. Qué poco apocalíptico comparado con el hundimiento de Nueva York. Time también repetía en 2007, esta vez con… “¡la guía para sobrevivir al calentamiento global (TM)! 51 cosas que usted puede hacer.” En vez de oso tenían un pingüino, que también transmite la idea. Sin embargo el interés debía estar decayendo poco a poco, porque la portada de Vanity Fair del año siguiente fue aún más prosaica: Madonna sosteniendo el mundo en una variante de la pose de Atlas, con los titulares mucho más chiquititos que en años anteriores y muy poco sensacionalistas. Como si no fuera ya bastante soso poner a esta aburridísima mujer con ocho gigabytes de Photoshop encima para ocultar el hecho de que parece un jodido travelo con unos brazos repugnantes. Madonnita, menos lecciones, que eres puro artificio ramplón desde hace 30 años; vete a comprarte otro crío a África para entretenerte y deja de dar el coñazo, anda.

En fin, tras comprobar que el temita ya cansaba y que la gente tenía encima un problema auténtico como la crisis económica, Vanity Fair decidió que no habría un cuarto “número verde”, alegando que la temática ya estaba presente en casi todos sus números. Claro que sí, hombre. Lo más gracioso es que al parecer esta revista se edita sin cumplir unos mínimos criterios ecológicos, y gasta una cantidad de papel y tinta brutal, muy superior al de otras cabeceras similares. Pero ahí los tíos pontificando, con dos cojones. Un portavoz de WWF (ecologistas capullos) lamentó la no continuidad de estos números, diciendo que la gente podría percibir lo verde como una moda pasajera. ¡Pero si es precisamente eso, melón!

Aunque son todos una panda de gilipollas, la verdad es que me preocupa que gente como Yors Cluni se apunte a patochadas de estas. La gente le ve ahí, tan guay, con tanta clase, dando tan bien en pantalla, y automáticamente piensa que cuando habla de algo sabe lo que dice. Sin embargo, no es más que un actor que no tiene por qué tener más cultura que la media, y de hecho todo indica que su visión del mundo está construida con el delgado armazón de tópicos progres que permite a tantos dormir con la conciencia tranquila pero sin la carga de tener que construir una verdadera mentalidad crítica, o quitarle tiempo a las fiestecitas para adquirir una cultura sólida. ¡¡Vete a cagar, Yors!! ¡¡Buenas noches y buena mierda!!

En fin, ya me estoy cansando de hablar de estos pazguatos, así que sólo os pido que os pareís un momento a reflexionar: ¿No os dais cuenta de cómo esas cosas que parecían tan gravísimas hace cuatro años, ahora parecen más bien risibles? ¿No resulta curiosísimo que hayamos pasado del “Calentamiento Global” al “Cambio Climático”, y de ahí vayamos a pasar a los “Ciclos Solares” o lo que se les ocurra, ahora que ya han pasado el cazo? Tras la explosión de mierda del Climategate la cosa es cada vez más grotesca, por mucho que quieran persisitir en la estafa y el ridículo. E igual que ésta hay muchas falacias, amigos, en muchísimos ámbitos de la vida. Pensad, pensad por vosotros mismos, leed y sed perspicaces. Que no os engañen los brujos de la tribu.
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La degradación de la lengua española – Parte I: Aberraciones Habladas


¿Cuánta gente habla bien el español?

Es obvio que todas las lenguas evolucionan. Pueden hacerlo por motivos prácticos, como ganar en capacidad expresiva o adaptarse a nuevas realidades, inexistentes hasta el momento. Pero también, y más a menudo, lo hacen por la pereza de sus hablantes, que van desechando las formas que encuentran más complicadas de pronunciar o conjugar, o que directamente desconocen debido a una formación deficiente. Se produce entonces un inevitable conflicto, que tiene en un lado a la mayoría de hablantes -que van imponiendo las formas incorrectas a fuerza de su uso generalizado-, y en el otro a los hablantes más cultos, que se niegan a adoptar lo que según el buen uso del lenguaje no son más que vulgarismos o barbarismos.

En la España actual este conflicto se ha hecho especialmente acusado, pues la comodidad material no ha redundado en una mejora de la educación, más bien al contrario. Una actitud demasiado laxa por parte de educadores y padres, así como una igualación de las clases sociales hacia abajo, han propiciado un uso relajado e impropio de la lengua, aquejada en de multitud de formas vulgares que no es ya que se hayan extendido, sino que se están imponiendo claramente, amenazando con extinguir y dejar en el olvido a las expresiones correctas. A lo largo de dos artículos voy repasar las formas incorrectas más extendidas actualmente en nuestro país. En esta primer entrega me centraré en la lengua hablada, mientras que el segundo estará dedicado a las aberraciones escritas. Empecemos sin más dilación:

Imperativo plural: “Sentaros” por “sentaos”

El ámbito geográfico de este vulgarismo alcanza todo el país. Es sin duda el más extendido, y puede estimarse que entre un 75% y un 80% de la población lo usa. Desgraciadamente, los docente de todos los niveles no sólo no corrigen a sus alumnos cuando les escuchan usarlo, sino que ellos mismos lo utilizan de forma habitual, en forma escrita y sobre todo oral. Así,  a lo largo del día escucharemos imperativos mal hechos docenas de veces: “Sentaros”, “callaros”, “juntaros”, “veniros”, etc., etc. Si bien todos los verbos se ven maltratados por este vulgarismo, hay algunos en los que incluso la forma correcta se ha extinguido en la prática. Es el caso de “ir”, cuya forma imperativa plural es “idos”, pero es invariablemente dicha como “iros”, incluso por personas que pronuncian correctamente el resto de los verbos. El porcentaje de personas que en la actualidad conocen y usan correctamente la forma imperativa este verbo es degraciadamente anecdótico. En cuanto al resto de imperativos, es perfectamente posible que hayan desaparecido como norma en el plazo de unos cincuenta años.

Más imperativo: “Callar” por “callad”, “oír” por “oíd”.

Es una variante del anterior caso: el hablante opta por usar la forma infinitiva del verbo para hacer el imperativo, ya que la “r” le resulta más fácil de pronunciar que la “d.” Se da la curiosa circunstancia de que algunos fabricantes de rótulos para puertas evitan usar las formas infinitivas “Empujar” y “Tirar” para que no se las confunda con un imperativo vulgarizado, por lo que en sus letreros se lee “Empujad” y “Tirad”. Sin embargo, el infinitivo en este caso sí estaría bien usado, y además usar el tuteo en un rótulo no es demasiado propio.

El jotismo o ejqueísmo:

Ante la relativa dificultad de pronunciar la “s” antes de una “c” o “q”, el hablante opta por convertir la primera en una “j”, mucho más fácil de pronunciar, de forma que acaba diciendo “ejque”, “majcar”, “ejcuchar”… Deformación muy extendida en la zona centro del país, especialmente en Madrid. Aunque antes se podía considerar propia de la zona sur de la comunidad o de las clases más populares, su uso se ha extendido enormemente y puede escucharse incluso entre miembros de la clase media-alta y titulados universitarios. Resulta especialmente desagradable al oído y denota bastante descuido en la expresión hablada. Su incidencia alcanza a entre un 50% y un 60% de la población de la zona centro.

La muerte del sufijo superlativo en favor del prefijo “súper”

Este es un vicio que se ha extendido con enorme fuerza y que denota gran pereza al hablar. En español, la forma correcta de hacer el superlativo es añadir el sufijo “ísimo” al final, o bien usar una palabra específica equivalente. Por ejemplo, el superlativo de “grande” sería “grandísimo” o bien “enorme”. Parece que para el hablante actual buscar la forma superlativa correcta, que además suele ser una palabra cuatrisílaba, suponen un esfuerzo que no merece la pena, por lo que se ha impuesto una forma que, si bien es malsonante, resulta harto sencilla: utilizar el prefijo “súper” cada vez que debe hacer un superlativo. Así, a lo largo del día podemos hartarnos de escuchar expresiones del tipo “súperbonito”, “súpergordo”, “súperlimpio”, “súperbarato”, etc., etc. Tal es la implantación de esta nueva fórmula (correcta en el sentido estricto, pero vulgar) que el sufijo “ísimo” está en trance de desaparición, lo cual podría ocurrir en el plazo de 50 años. Estimo que este vicio afecta aproximadamente a un 80% de los hablantes españoles.

Mencionar en este apartado una variante aún más vulgar observada en la gente más joven, que usa el vocablo “mazo” de forma muy parecida al súper: “Mazo difícil”, “mazo de caro”, “mazo de gente”…

“Mama” y “Papa” por “Mamá” y “Papá”.

Hay que reconocer que “Mama” y “Papa” con el acento en la primera sílaba son dos de las palabras más universales en todo el mundo, siendo usadas de forma habitual en idiomas tan dispares como el inglés o el japonés. No obstante, en español siempre fueron, y a día de hoy lo siguen siendo, un vulgarismo, propio sobre todo de la etnia gitana y de las clases más bajas del sur del país. Pese a ello, ambas formas se han ido filtrando a otras capas de la población, y hoy resultan tremendamente habituales entre los niños, que obviamente siempre optan por los vocablos más fáciles, especialmente si sus padres no les corrigen. Entre el 40 y el 50% de los niños se dirigen así a sus progenitores en la actualidad.

Laísmo y leísmo

Al referirse a una mujer, el hablante descarta el pronombre “le” y lo convierte en “la”. Por ejemplo: “La pedí que me acompañara” o “La regalé un vestido”, no distinguiendo si este pronombre es complemento directo o indirecto (por ejemplo, “la despedí” o “la mandé a hacer un recado” sí son correctos). Defecto muy extendido en las clases populares, especialmente en el género femenino. Puede decirse que afecta a entre un 35 y un 40% de la población. El leísmo, fenómeno similar, consiste en confundir el “lo” con el “le”, normalmente refiriéndose a objetos. Por ejemplo, hablando de un coche: “Le aparqué cerca de casa”. Es menos frecuente que el laísmo.

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Estos son probablemente los barbarismos extendidos de forma más general y que afectan realmente a la integridad del español, aunque hay multitud de “ofensas menores”, como los siguientes ejemplos:

“Fuistes” por “fuiste”

Se añade una “s” al final de forma como “fuiste”, “hiciste”, “trajiste”, etc. No es uno de los errores más extendidos, pero sí de los más antiguos. Propio de las personas de menor formación, aunque ocasionalmente se escucha entre gente de clase media o media-alta. Afecta a entre un 15% y un 20% de la población.

Sustitución de “adiós” por “ciao”

Esta es curiosamente una aberración que afecta principalmente a la población femenina. Este grupo encuentra, por algún motivo, más estiloso o chic despedirse usando el vocablo italiano ciao que el español adiós. Si bien el uso ocasional de una fórmula extranjera tan breve sería inofensivo, hemos llegado al punto en que el extranjerismo ha sustituido a la palabra española. La academia ya ha claudicado, y ha aceptado “ciao” en su forma españolizada “chao”.

“Contra más” por “cuanto más”

Frase sin ningún sentido gramatical pero pasada de padres a hijos, que la adoptan sin pararse a pensar mucho. Generalmente muy ligada a las clases bajas, aunque con alguna excepción deconcertante. Usada por entre un 10% y un 15% de la población.

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Como digo, hacer una lista completa sería casi imposible. A todas estas degeneraciones habría que añadir lo mal que se suele vocalizar, lo que baja aun más la calidad de la comunicación.Son, en suma, malos tiempos para la lengua española. Si bien es evidente que siempre han existido vulgarismos y que las clases populares son perezosas al hablar, en etapas no tan lejanas la expresión oral era muchísimo más correcta. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que la educación impartida entre los años 30 y 80 del siglo pasado era mucho más cuidadosa en este aspecto, y los maestros incidían especialmente en la importancia de hablar y escribir bien. Hoy en día, encontrar a un alumno de primaria o secundaria capaz de realizar un dictado perfecto es una verdadera quimera.

¿Qué se puede hacer en contra de esta nefasta corriente? Mi recomendación, estimado lector, es que en su vida diaria procure hablar de la forma más correcta posible, intentando servir de ejemplo a los demás, especialmente a los que son más jóvenes, y escuchar atentamente a los que hablan mejor. Esto, por supuesto sin desechar las formas coloquiales que tan útiles son y que tanta vida dan al español. En cuanto a la educación de los hijos, recomiendo ser estricto en este aspecto y corregir a los pequeños en cualquier ocasión en que usen estas formas, tan fáciles de imitar y al tiempo tan incorrectas. A una edad temprana son fáciles de eliminar, pero una vez instaladas en los hábitos de habla resultará mucho más difícil. Como en tantas cosas, un pequeño esfuerzo puede resultar muy fructífero a la larga.

También le recomiendo, amigo lector, que deje a sus hijos ver bastante televisión, pero no la realizada en directo (telerealidad, concursos, talk shows e incluso informativos), donde se habla igual o peor que en la calle, sino cualquier película o serie doblada (siempre que juzgue su contenido adecuado, claro). Puede decirse que los actores de doblaje son la pequeñísima minoría que en España conserva una dicción perfecta y una gramática impecable, aunque sólo sea cuando sigue un guión. Así pues, ya sabe: déjeles ver tantas buenas películas y series como quieran, es una excelente educación. Incluso el hablante adulto puede beneficiarse de este hábito, y usar el doblaje como referencia para hablar mejor en su vida diaria.

Habrá, claro, quien me acuse a mí y otros como yo de carcas, de oponernos a la evolución del idioma, pero de la pereza y la vulgaridad difícilmente pueden surgir avances para nuestra lengua. Quizá sea una batalla perdida, pero desde luego vale la pena librarla. Afirma rotundamente que un español pulcro y correcto hace nuestra vida más agradable, y además mejora enormemente la comunicación y el flujo de nuestros pensamientos. En el siguiente artículo de esta serie me ocuparé de los horrores escritos.

¡Es cultura! ¡Y es popular!

¡Saludos, amigos! Mi nombre es Boss Borot e inicio este nuevo y apasionante blog con el objetivo de daros a conocer mis puntos de vista sobre todo tipo de cuestiones que rodean nuestra vida. Concretamente, sobre todo aquello que conforma la experiencia cultural del hombre urbano moderno. ¿Y qué entra dentro de esa experiencia? Pues un amplísimo abanico, tanto como quiera cada persona: desde el cine hasta los libros, pasando por el teatro, música, cómics, puestos de comida ambulante, karaokes, tiendas, tele, videojuegos… captáis la idea, ¿no? Aunque el ámbito del blog se ceñirá casi siempre a esta temática, no me pongo límites, y esporádicamente aparecerán asuntos que tendrán poco que ver con todo esto pero que serán también de interés.

Como en todo blog, la participación de los lectores es esencial. Por ello, todos los comentarios son bienvenidos, tanto de amor como de odio. Os advierto que tengo un carácter bastante marcado, así que no voy a cambiar de opinión así como así. Pero si no os gustan mis puntos de vista, estaré encantado de pelearme con quien haga falta. ¡Ya veréis cómo al final tengo razón!