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John G. Avildsen, forjador de mitos

La semana pasada fallecía John Guilbert Avildsen, a la edad de 81 años. Era un hombre semianónimo, pero que se ganó un lugar importante en la historia del cine, pues junto con Sylvester Stallone prácticamente creó un género, el del “underdog”: El tipo desesperado que debe superar enormes desafíos con todo en contra. Hasta 1976 Avildsen no había tenido una carrera muy destacada, pero era un director “con oficio”, y quizá por eso se le ofreció aquel proyecto chiquitito, de apenas un millón de dólares, sobre un boxeador sin suerte. Resultó ser un encaje perfecto, convirtiéndose en una de las tres patas que sustentarían el mito “Rocky”, además del mencionado Stallone y el compositor Bill Conti.

Recomiendo la sección de “trivia” de imdb sobre la película, porque es apasionante: ese “Gonna fly now” rodado sin permisos y sin equipo humano por el propio Avildsen desde una furgoneta; el frutero que no tiene ni idea de que están haciendo una película y le lanza una naranja a Stallone; Talia Shire, que venía de los dos “Padrinos” y aceptó estar en la peli por salir de la sombra de su hermano F.F. Coppola; Stallone vendiendo a su perro, recomprándolo y metiéndolo en la película; el excepcional Burguess Meredith acabando como Mickey porque otros actores se habían negado a leer el papel; Carl Weathers (Apollo) haciendo la audición con Stallone y pidiendo que le trajeran a un actor de verdad para ensayar; las dificultades para crear una coreografía realista y Avildsen sugiriendo a Stallone que guionizara la pelea golpe a golpe (escribió 35 páginas); los productores hipotecando sus casas para poner los 100.000 $ de sobrecoste. Pequeñas y grandes dificultades convertidas en ventajas a base de talento, cratividad y pasión. Stallone prescindió de Avildsen para todos los demás films excepto el quinto, pero “Rocky” siempre será también su película.

Tras ese increíble 1976 (“Rocky” ganó los Oscars a la mejor película y al mejor director, e ingresó 225 veces su presupuesto), Avildsen siguió trabajando sin hacer demasiado ruido, hasta que en el 1983 le ofrecieron hacer “The Karate Kid”. ¡Ah, los 80!, cuando una buena idea bien filmada con cuatro duros podía convertirse en un hit internacional. Hoy día, una peli así se consideraría “indy”, seguramente ni le darían luz verde. “¿El crío del karate? ¿Estás de coña?” Pero con 8 millones de dólares y un habilísimo guión de Robert Kamen, Avildsen volvió a crear mitología cinematográfica: El señor Miyagi, “dar cera, pulir cera”, los Cobra Kay, la técnica grulla (“si bien hecha, no defensa”), la lucha contra el acoso (“búling”, que dicen los cretinos) echándole dos cojones. De nuevo con el apoyo de Conti, el único hombre que podría tutear a John Williams si en inglés existiera el tuteo. Sí, ya sé que todo esto es cultura pop, no es “importante”, pero la gente sigue recordándo un cuarto de siglo después. Luego llegaron dos secuelas bastante flojitas (¡japoneses hablando en inglés entre ellos!), pero el buen trabajo ya estaba hecho.

Avildsen siguió filmando, y sería injusto decir que no tuvo oportunidades, pues hizo ocho películas más (seguramente las más destacables “Lean on me” y “La fuerza de uno”), pero siento que en general se le infravaloró. Cuando rodó su último film, “Inferno”, con Van Damme, los productores cambiaron tanto su trabajo que solicitó firmarla con pseudónimo; eso es directamente una falta de respeto. Avildsen no era Spielberg ni Cameron, quizá tampoco Donner ni Zemeckis, pero igual que ellos contribuyó decisivamente a ese maravilloso cine de los 70 y 80. Rocky y Karate Kid, señores; películas que han inspirado a millones de personas (esto es literalmente así). Creo que me sentaría a verlas cualquier tarde antes que ninguna de Nolan.

Es claro que este hombre amaba profundamente el cine, y nos dejó un regalo muy especial: vídeos hechos con cámara doméstica de muchos de sus rodajes y ensayos, los cuales luego se molestó en subir a su canal de Youtube, dejándonos una perspectiva única de los mismos. Además, gracias a una campaña de Kickstarter (¿estaba infravalorado o no?) se produjo el documental “John G. Avildsen: King of the Underdogs”, que afortunadamente se completó antes de su fallecimiento. Los aficionados siempre le agradeceremos ese cine apasionado, ingenuo e inventivo que agitó tantas fibras a lo largo del mundo.
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Camina hacia la luz

quirofano

Pasar por un quirófano siempre acojona, por pequeña que sea la intervención, sobre todo si es la primera vez. Un par de días antes vas a cita de anestesia, donde firmas un consentimiento: básicamente firmas ser consciente de que puede haber complicaciones y de que incluso puedes quedarte en el sitio, aunque eso sólo ocurre “raramente”. Bien. Busco estadísticas y veo que sólo hay un fallecimiento por cada 100.000 intervenciones con anestesia general. Imagino que, siendo joven y estando sano, mis posibilidades se reducen mucho más, pero aun así… Sobre todo, me parece antinatural eso de que te duerman y que cuando te despiertes, chas, todo haya terminado. Pura brujería, uno no acaba de creérselo, y de ahí la desconfiaza o el temor.

El día de la operación llegas a la clínica, firmas los últimos papeleos y pasas a la zona de quirófanos. Primer requisito: despelotarte y ponerte un gorrito, unos patucos y una bata de papel abierta por delante, sin botones ni cinturón. “¿No puedo dejarme la ropa interior?”, pregunto a las enfermeras. “No”. Vamos, que vas con la minga al aire, si quieres taparte has de cerrar tú mismo la bata con la mano.

En ese estado de indefensión llego hasta una primera camilla, donde me preguntan por enésima vez si es alérgico a algún medicamento, si bebe, si fuma, etc. Me colocan en la muñeca una aguja  conectada a un gotero, por donde entrarán todas las dronjas que harán más llevadera la experiencia. Durante esos momentos esperaba que llegara finalmente el ataque de ansiedad que llevaba días temiendo, pero no. Adopté la consigna “déjate hacer”, y los nervios aguantaron sorprendentemente bien.

Surge un inconveniente: la sangre está yendo hacia el gotero, en vez de entrar el suero en mi torrente sanguíneo. Una enfermera dice “qué charro” (“chistoso”). Yo pienso: “sí, para partirse”. Llega otra más experimentada y lo arregla, no sin antes desconectar el tubito conectado a la aguja, del cual surge un chorrito de sangre. Cosas. En esta situación preoperatoria uno espera que lo traten con extrema delicadeza, que lo mimen y tranquilicen, y no es que el personal sea brusco, pero para ellos es una rutina; resulta inevitable y no puede reprocharse. En una papel prendido en la pared hay un lista con nombres, donde figuras tú, lo que te van a hacer y los clientes que vendrán después. Ya digo, rutina.

Llega el cirujano con su ayudante y te saluda. “¿Qué tal todo?” “Bien, bien”. Me pide sacarme unas fotos preoperatorias. Hace algo sorprendente: me escribe las iniciales de mi nombre en el vientre con un rotulador, como si fuera una res (“es para no confundir las fotos” luego), y efectivamente me saca unas fotografías. No puede evitar encontrar cómica la situación; mejor. Ambos doctores se retiran a una sala adjunta, esperando el momento de entrar en acción.

Me dicen que coja mi gotero y me llevan caminando por fin al quirófano. Sigue sin llegar el ataque de ansiedad. Me tumban en la mesa de operaciones, me atan una mano (o las dos, no recuerdo) con correas y empieza aparecer toda la parafernalia que uno asocia con las intervenciones, con electrodos, electrocardiogramas y demás. Entra una señorita enmascarada que me dice su nombre y me anuncia que será mi anestesista. Las enfermeras empiezan a inyectar sustancias al gotero. Unos 15 segundos después empiezo a percibir claramente los efectos de las mismas. “Ya lo noto, le digo a la anestesista”. “Claro, ya se está durmiendo”. Creo que no aguanto despierto ni otros 15 segundos más.

El despertar

No, no es como en las pelis, que te duermes y te despiertas después de un fundido en negro. Claramente hay una percepción de paso del tiempo, igual que cuando uno duerme. Fue una de las mayores enseñanzas de toda esta experiencia: la percepción clarísima de que el cerebro sigue trabajando en los estados de inconsciencia. Sí, sabía que había pasado tiempo, pero no podía asegurar cuánto (luego me dijeron que una hora y cuarto). Si soñé algo, no lo recuerdo. Tampoco vi el túnel de luz blanca, lo siento, aunque queda bien como título del artículo. Al recuperar la consciencia no estoy en el quirófano, sino en una sala contigua. Las enfermeras me acompañan. “¿Cómo fue todo?” “Muy bien”.

La anestesia tarda un poco en diluirse. Al principio, pequeños temblores, e incluso risas, que se pasan en menos de diez minutos. Enseguida estás totalmente consciente, pero no te permiten levantarte. Una de las primeras cosas que haces es comprobar discretamente que sigues teniendo la minga en su sitio (si a un hombre lo operan y dice que no lo ha hecho, miente). Lo que más molesta no son las incisiones de la operación, sino un claro malestar en la garganta que indica que he tenido un tubo en la tráquea durante un buen rato. Una pinza en el dedo me toma la pulsaciones, y sigo con el gotero acoplado a la vena, pero ya vacío y arrugado. Has de pasar como una hora en la camilla, estabilizándote. Como la última comida ha sido la noche antes, el hambre aprieta. Te traen una infusión que sienta muy bien.

Ya sólo queda salir de la clínica y firmar unas cositas, pero se intentan evitar accidentes a toda costa: las enfermeras traen mi ropa y, todavía tumbado en la camilla, me visten como a un bebé, incluyendo la ropa interior. “¿Será que me puedo vestir solo?”, les pregunto, usando ese modismo colombiano. “No se preocupe, es nuestro trabajo”. Pues muy bien. Por fin estoy vestido, incluyendo una ceñida faja posquirúrgica que deberá acompañarme durante muchas semanas, pero aún no puedo levantarme, sólo me permiten incorporarme en la camilla. Al rato traen una silla de ruedas y tras sentarme en ella me llevan a recepción, donde me espera la acompañante que tanta paciencia ha tenido. Una vez allí ya soy responsable de mi suerte y puedo ponerme en pie. Firmo los últimos papeles y salimos al exterior. No pasó nada de lo temido, y el ataque de ansiedad nunca llegó. La verdad es que, globalmente, es una experiencia instructiva. ¿Mi consejo si tienes que operarte? Infórmate, escoge un buen sitio y deja hacer a los profesionales médicos. Puede que para ellos todo el procedimiento sea rutina, pero seguramente por eso hacen un buen trabajo.
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El drama nacional

candidatos

Vamos a repasar los principales actores del drama u ópera bufa que se representará hoy en la siempre sufrida patria:

Mariano Rajoy (Nom de scene: Mariano Rajao)

Difícil imaginar una legislatura más frustrante que la suya. Disfrutando de la que seguramente sea la última mayoría absoluta que veamos en mucho tiempo, se dedicó a hacer lo que mejor se le da a la derecha española: medio arreglar la economía sin dedicar el más mínimo esfuerzo a una labor didáctica que nutriera los cerebros nacionales, al borde de la inanición ideológica. El PP, en lugar de promocionar los evidentes logros de sus gobiernos y aprovechar su superioridad doctrinal y moral, ha permitido una hegemonía cultural absoluta de la izquierda, incluso regalándoles potentes grupos mediáticos, con los resultados que hoy vemos. El mandato de Rajoy ha destacado especialmente por la la promoción de incompetentes y pelotas, por la ausencia de reformas estructurales y por acabar de desarmar ideológicamente al partido. Las encuestas le otorgan 130 escaños en el mejor de los casos, un resultado que sólo le deja dos posibilidades: asistir impotente desde la oposición a un gobierno absolutamente nocivo para España o bregar como presidente en minoría durante una legislatura corta. Si ocurre lo segundo, aún tendrá ocasión de hacer un último servicio al país.

Pedro Sánchez (Nom de scene: Peras Anchas)

Seguramente la entidad intelectual de los gobiernos felipistas estaba exagerada: por más que fuera gente leída, no dejaban de ser hijos ideológicos del marxismo (incluso tuvieron que rechazarlo formalmente en un congreso extraordinario). Pese a ello, eran personas normales que hasta tocar poder habían tenido que trabajar y que se habían chupado una dictadura (aunque fuera tan benigna como el franquismo crepuscular). Zapatero, sin embargo, era algo muy distinto, la siguiente generación: afiliado a “la PSOE” desde los 19 años y diputado desde los 26, no tuvo otra “vida laboral” que ser ayudante de derecho durante 3 años en la misma universidad donde se licenció. Absolutamente falto de capacidad intelectual y de lecturas nutritivas, este aparatchik simbolizó el triunfo absoluto de la mediocridad, llegada al poder en vagón de Renfe. A Pedro Sánchez el felipismo le queda todavía más lejos, siendo un hijo ideológico clarísimo del zapaterismo, con un corpus ideológico basado en las mismas sandeces insustanciales y buenistas (feminismo radical, exaltación de las minorías, igualación del sistema educativo por abajo…). Si un buen líder socialista lo tendría difícil con el fin del bipartidismo, no digamos ya esta medianía de metro noventa y pico. De poder volver en el tiempo, sin duda se resignaría a ser jefe de la oposición cuatro años, pero eso no es posible. Pase lo que pase hoy, quedará en una posición incomodísima: lo “mejor” que podría ocurrirle es ser segunda fuerza y presidir un gobierno con ministerios clave cedidos a los comunistas. No obstante, lo mejor para España sería que quedara tercero, se abstuviera en la investidura y se fuera a su puta casa.

Pablo Iglesias (Nom de scene: Pablemos)

No digo nada nuevo si afirmo que Iglesias es producto del absoluto fracaso de España como sociedad y como ente político y cultural. No digo “del sistema educativo” porque, aunque esto también es cierto, resulta demasiado fácil cargar a ese sistema de formación académica la responsabilidad que debe corresponder muy principalmente a padres, comunicadores y políticos. 40 años de fomentar el infantilismo, el apolitismo y la desafección a la patria han dado como resultado a este monstruíto que en cualquier país serio (aunque ya empiezo a dudar que existan) no pasaría de vulgar agitador televisivo. Comunista clásico y amigo de todos los enemigos tradicionales de España (terroristas y separatistas, principalmente), sólo un absoluto imbécil o un absoluto ciego podría creerse su “giro a la socialdemocracia”. Desgraciadamente, hemos demostrado que nos sobran ambas cosas, y también que, una vez un españolito decide su voto, se aferra durante años al mismo, por más desmanes que cometan “los suyos”. Pese a la absoluta indigencia intelectual de Iglesias, hay que reconocerle dos aciertos tácticos: haber forzado estas segundas elecciones y comerse con patatitas lo que quedaba del comunismo, propiciando esta situación donde podría incluso hacerse con la presidencia.

Albert Rivera (Nom de scene: Naranjito)

El puñado de españoles sensatos que quedan saben que el país tiene una dramática necesidad de regenerarse, y ese movimiento, el regeneracionismo, es lo que primero representó UPyD y ahora Ciudadanos. Lo que no entienden los antiregeneracionistas (que son muchos y bastante zotes) es que, pese a los muchos defectos de los partidos que la representan, esta tendencia sigue siendo absolutamente necesaria si queremos tener alguna esperanza de modernizarnos definitivamente y de aprovechar las ilimitadas potencialidades de nuestro país. Cs sin duda se ha deshinchado respecto a su promesa inicial, en mi opinión por un exceso de apariciones mediáticas (mejor pocas, sólidas y coherentes) y, sobre todo, por las vacilaciones de su líder Albert Rivera, abrumado por esa necesidad imposible del político de contentar a todos. Su mayor error, de largo, ha sido el pacto en Andalucía, que ha permitido la continuidad de un régimen corruptísimo a cambio de tristes consuelos como bajadas puntuales de impuestos y la pérdida del aforamiento de dos ex-presidentes. Con todo, Albert aún es honesto en sus intenciones, tiene con diferencia el programa más racional e innovador (incluso en su versión capada) y podría ser un muy buen presidente. Está por ver si nuestra ultrainfantilizada población le da ese oportunidad o lo deja en una curiosidad histórica.

Alberto Garzón (Nom de scene: No tiene, es demasiado irrelevante)

¡¡Pa lo que ha quedao el comunismo!! Alberto es hijo de un profesor universitario y una farmacéutica, no ha pasado privaciones ni hambre durante un solo día de su vida y, por tanto, la única opción lógica era afiliarse a Izquierda Unida (alias PCE) con 18 años. Antes de cumplir los 26 ya era diputado, dando un auténtico ejemplo de existencia proletaria y sacrificada. Desde entonces se ha movido en la absoluta irrelevancia que tan bien se ganó su partido a lo largo de los años, hasta que Pablemos le ofreció la oportunidad de oro de ser su mascotita. Ideológicamente podemos definirlo como “la nada con sifón”, con un cuerpo doctrinario que, curiosamente, es prácticamente indistinguible del de Peras Anchas y el de Pablemos (anticapitalismo de garrafón). Su última aportación a la historia de España seguramente sea seguir llevándoselo crudo en algún ministerio de tercera (medioambiente, por ejemplo).

Santiago Abascal (Nom de scene: No tiene, es un señor muy serio)

Es casi imposible que Vox obtenga algún escaño, pero lo incluyo en esta relación como caso paradigmático: si aceptamos que sus postulados son radicales, en ningún caso lo serían más que los propuestos por sus adversarios de la otra orilla ideológica. Sin embargo, unos van a sacar aproximadamente 90 escaños y los otros se van a quedar fuera del parlamento. Sirva esto para hacer reflexionar sobre el inexplicable prestigio de las ideas izquierdistas y sobre la delirante pervivencia mediática y académica del comunismo, la ideología más fracasada y criminal de todas las concebidas por el hombre. Lo de Vox es una pena, porque su programa es perfectamente aprovechable, no tiene ningún punto especialmente extremista (ni siquiera están cerrados en banda respecto al aborto, como se difundió falsamente) y Abascal es un hombre elocuente y brillante. Será el voto testimonial-refugio de mucho derechista clásico que no reconoce el ente en que se ha convertido el actual PP. Puede parecer poco, pero un testimonio siempre es mejor que quedarse en el sofá.
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Viviendo en Colombia (y V)

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Parte V: El Caribe y la despedida

Figuradamente hablando, mi primer contacto con el Caribe colombiano se produjo en la misma Medellín, al quedar con un lector caribeño de mi blog de fútbol. Nos encontramos en la popular avenida 70 (muy cerca del Atanasio Girardot), y en una de sus terrazas vimos un partido del Mandril y comentamos anécdotas de la web a lo largo de los años. Aunque siempre he sido consciente de mis limitaciones como escritor, resulta bastante gratificante comprobar cómo personas que viven a 8.000 kms. te han leído regularmente durante tanto tiempo. Los norteños tienen la costumbre de empezar muchas frases diciendo “Marica”, lo cual resulta muy gracioso. Iguazo tuvo a bien presentarme a unos parientes que me contaron cosas muy interesantes sobre el país, uno de ellos un primo barcelonista, pero “sólo por el fútbol”. Por la cordialidad del ambiente, desistí de explicarle el daño que tan avieso club le ha hecho a España.

Unos tres meses después viajé a la costa caribe, situada al Norte del país. Mi primera parada fue Santa Marta, en el departamento de Magdalena; el desplazamiento fue obligatoriamente en avión, pues Colombia carece de vías férreas. Algo realmente llamativo de esta ciudad es que te encuentras una playa a apenas 50 metros del aeropuerto, y bastante bonita por cierto: larga, limpia y nada masificada, gracias a la ausencia de hoteles y la distancia hasta el núcleo urbano (unos 15 kms). Así, es posible dándose un chapuzón 10 minutos escasos después del aterrizaje. En el taxi, de camino a la ciudad, me sorprendí admirando la puesta de sol marítima, prcatándome de que no había visto algo parecido durante cuatro meses, debido a las montañas que rodean por completo Medellín; es el precio que paga la ciudad por su benigno clima.

Aunque la Colombia caribeña, como el resto del país, tiene una gran mezcla de razas, es una zona predominantemente negra y mulata. Las mujeres no desmerecen su fama, y muchas de ellas son bellísimas, generalmente desde una temprana edad. El acento local es el compartido por todo el Caribe, mucho más parecido al cubano que al de las regiones más sureñas del país, aunque no todo el mundo lo tiene. Aun con las particularidades propias de la zona, Santa Marta recuerda a cualquier localidad playera del mundo, con su paseo marítimo, sus hoteles y sus turistas. Sin duda la peor costumbre del caribeño es utilización compulsiva del claxon por parte de los conductores de coche y moto; son escasísimos los que conducen más de 200 metros sin pitar, con la excusa de que “así no atropellan a nadie” y la consiguiente contaminación acústica. Es algo a lo que hay que acostumbrarse en esos lares.

rodadero

La primera noche la pasé en un hostal llamado La Brisa Loca, y aunque no me atraen mucho este tipo de establecimientos, la verdad es que fue una experiencia la mar de interesante, gracias al bonito estilo colonial del edificio y a su desenfadada atmósfera; incluso los gringos y argentinos que mayoritariamente lo poblaban eran bastante tolerables. Más tarde me pasé al Emerald Hostel (en la puerta de al lado), donde puede confirmar esa misteriosa invasión argentina del Caribe. Santa Marta es sin duda una ciudad agradable, pero su mayor gracia es usarla como base para visitar otros lugares, como Tayrona, un pueblecito pesquero bastante popular. Su población es extremadamente humilde, y a excepción de la línea de playa -con sus chiringuitos y hostales- tiene enormes carencias urbanísticas, y muchas calles son de tierra y piedra. Es una lástima que no se beneficie más del abundante turismo.

Sin duda la gran atracción de la zona es el parque natural Tayrona, uno de los rincones más espectaculares de Colombia. Esta enorme reserva alberga arquetípicas playas del Caribe, acompañadas de grandes porciones de exuberante selva. Es mejor tomarse un tiempo para visitarla (al menos un par de días), aprovechando los varios cámpings de su interior. Las playas están separadas por senderos selváticos de longitud variable, que se recorren a pie o a caballo. En ellos es posible encontrar pequeños grupos de indios Tayronas, la etnia local, que se caracteriza por sus vestimentas blancas y al parecer se mueve libremente por el parque. La foto que encabeza la entrada corresponde a esta espectacular reserva.

Después de cuatro días en Santa Marta llegó el momento de conocer Cartagena de Indias, la mítica perla del Caribe. El trayecto entre ambas ciudades es realmente interesante, con paisajes realmente singulares y escenas humanas muy llamativas. Se trata de una zona de naturaleza muy rica, y en un momento dado la carretera tiene un largo acuífero a la izquierda y el mar a la derecha, así que los véhículos avanzan por una estrecha lengua de tierra. Esta zona es probablemente la más pobre de Colombia, y se divisan poblados polvorientos y paupérrimos, cuyos habitantes menudo carece incluso de zapatos y camisas. Al igual que en Taganga, estas poblaciones suelen vivir de la pesca, “atrapando de día lo que comen por la noche”, y hay quien apunta que ese modo de vida es simplmente su idiosincrasia. En bastantes casas se ve pintado el escudo del equipo de fútbol más popular del Norte, el Atlético Junior.

cartagena

Mi primer contacto con Cartagena fue en el barrio de Torices, donde se encontraba mi alojamiento. Se trata de una de las muchas “cocinas del infierno” que existen en todo el país (incluso más pobre que San Javier), y desde luego no es el mejor sitio para llevarse una buena primera impresión de la ciudad. Desde allí, tras una caminata de 20 minutos, se llega al actual centro de la ciudad, que no resulta desgradable pero tampoco tiene nada de especial. Sin embargo, todo cambia cuando se penetra en el centro histórico o “ciudad amurallada” a través de la Puerta del Reloj, accediendo a un micromundo mágico directamente entroncado con la gloria del antiguo imperio español.

Las calles de la ciudad amurallada son bellísimas y están magníficamente conservadas, siendo singularmente bonitas de noche, gracias a un acertado sistema de iluminación. Enseguida resulta obvio por qué la ciudad es llamada la Perla del Caribe, destacando rincones como la plaza de la catedral, que puede rivalizar con las de Venecia o cualquier otra de similar celebridad. Es posible recorrer este casco antiguo en coche de caballos, que a pesar de ser un obvio gancho para turistas contribuyen positivamente a la atmósfera. Las calles están cuajadas de establecimientos hosteleros y comerciales muy agradables y bien cuidados, lográndose conjuntar perfectamente la añeja armonía arquitectónica con las amenidades del consumo moderno.

Por supuesto, es recomendable transitar por el perímetro de la muralla, donde aún podemos ver muchos cañones apuntando hacia el mar, como cuando guarecían esa joya de la corona de los invasores ingleses. Por esta zona encontramos una sorpresa singular: una fuente análoga a la de Canaletas, fabricada en Barcelona, para más señas. ¡Quién sabe qué hisrotia tendrá detrás! La otra gran construcción defensiva de la ciudad -fuera del recinto amurallado- es el Castillo de San Felipe, una colosal fortaleza conservada casi a la perfección y que precisa más de dos horas para ser recorrida por completo. Desde sus alturas hay unas excelentes vistas de la ciudad, y a sus pies se encuentra el monumento al muy singular héroe Blas de Lezo, el hombre manco, tuerto y cojo que, en absoluta inferioridad, logró defender Cartagena ante la apabullante flota de Albión, logrando que siguiera siendo española durante varias décadas más. En el pedestal de la estatuas se reproducen las monedas que los ingleses acuñaron para conmemorar una victoria que daban por segura (esos tíos parecían culerdos).

El barrio más interesante de Cartagena, después del centro histórico, es Getsemaní, un encantador conjunto de pequeñas calles con todo el colorido y bullicio propios del Caribe. Es aquí donde se concentran casi todos los hostales de la ciudad, por lo que la atmósfera es decididamente joven e internacional. Aunque la arquitectura no es tan rica como en el centro, resulta también francamente bonita, gracias entre otras cosas a los atractivos colores de sus fachadas. En esta zona se encuentran algunos teatros de gran antiguedad y valor estético. Hay otras partes de la ciudad muy extensas, que albergan básicamente hoteles y suntuosas villas de extranjeros. Por esa zona podemos darnos un chapuzón en la enorme playa de Bocagrande, cuyas ocuras y bravas aguas permiten actividades como el surf y su variedad con cometa.

Sin embargo, el gran tesoro costero de Cartagena está a unos 40 kilómetros del corazón urbano, en la península de Barú, donde aguarda la portentosa Playa Blanca, muy adecuadamente bautizada. Existe una forma fácil de llegar (tomando el ferry en el puerto), y una complicada y poco glamurosa, pero muy barata: el primer paso es tomar una buseta en el multitudinario mercado de Basurto, una apoteosis de negritud (que diría Ansón), bullicio, calles de tierra y olores penetrantes. La buseta deja en algo menos de una hora en un pueblecito llamado Pasacaballos, y allí los motoratones se pelean (casi literalmente) por llevarte a Playa Blanca; si tienes suerte hasta te dejarán un casco no muy tercermundista. El viaje cuesta unos 17.000 pesos entre motoratones y buseta, frente a los aproximadamente 50.000 del ferry. Una vez más, toda la zona es paupérrima, un enorme contraste con lo que uno encuentra al llegar a Playa Blanca, básicamente la playa perfecta. Ciertamente no es solitaria -la visitan numerosos turistas de muchas nacionalidades-, pero lo compensa con su longitud, belleza, entorno y sobre todo sus limpísimas y cálidas aguas, de un tono azul turquesa, que dan la sensación de estar bañándose entre zafiros. Un lugar ideal para olvidarse de todo y disfrutar, con la posibilidad de alquilar una bonita cabaña y pasar allí varios días. Pocas horas después de visitarla, tomaba el avión de vuelta a Medellín.

Tres semanas después, durante las que viví en el barrio de Villahermosa, llegó el momento de volver a la patria, tras casi 5 meses en Colombia. Imposible no sentir una intensa melancolía cuando llega hora de abandonar un lugar que ha sido tu casa durante un tiempo prolongado. Un país al que llegué con miedo por la delincuencia y que fue, sin duda, el más hospitalario y acogedor que he conocido y que seguramente conozca; no hubo familia que conociera que no me abriera las puertas de su casa y me pusiera un plato sobre la mesa. Los colombianos son gente maravillosa, en varios aspectos mejores que los españoles, y se merecen que su país emerja y aproveche su enorme potencial; ojalá lo logren, así les lleve décadas, y espero que sus hermanos españoles juguemos un papel en ello. Durante mi estancia viví emociones muy intensas, algunas profundamente tristes y otras intensamente alegres; por supuesto me quedo con las últimas, que son las que tendrán alguna trascendencia en mi vida posterior. Amigos colombianos, amados paisas, guardadme un rincón para cuando vuelva a necesitar el calor que tan generosamente brota tanto de vuestras almas como de vuestro cielo. Me siento afortunado de tener dos países.
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Viviendo en Colombia, III

transporte
Parte 3: Transporte, religión y habla
Transporte

Si nos ceñimos a Medellín, el transporte es más que aceptable, si bien hay que matizar: es la única ciudad de Colombia con metro, y además muy moderno y bonito, pero su alcance hoy por hoy es bastante limitado (35 estaciones contra las, por ejemplo, 267 de Madrid) y en las horas punta el nivel de ocupación es tal que se vuelve casi inutilizable; los convoyes llegan tan cargados que a menudo es físicamente imposible meter una persona más, y no es raro tener que esperar al tercero o cuarto para intentar la proeza de encontrar un hueco. Funciona hasta las once de la noche (diez en fin de semana) y el precio es muy asequible, 1900 pesos por viaje (unos 80 cts.). Sin embargo, no hay máquinas para comprar billetes ni recargar la tarjeta magnética, por lo que si te has quedado sin recarga puede tocarte hacer una larga cola. Por supuesto, el rasgo más distintivo del metro de Medellín son las líneas de Metrocable, teleféricos que dan acceso a las cuadras altas, siendo vitales para su desarrollo.

Otro medio de transporte masivo es el taxi (apodado “la mancha amarilla”), que puede suponer fácilmente un tercio del tráfico de la ciudad; realmente es muy raro esperar más de un par de minutos para que aparezca uno libre. Casi todos son vehículos pequeños, normalmente de la marca Honda o Chevrolet, y la calidad del servicio es, lisa y llanamente, cuestión de suerte: igual te puede tocar un buen profesional con su GPS que uno que desconoce varias zonas de la ciudad y tienen que pararse a preguntar el camino a los peatones. Igualmente, algunos conducen bien y otros parece que estén en una persecución o en los coches de choque. Uno joven me llegó a decir que esa noche estaba conduciendo el taxi de su suegro, lo que da idea del control del sector. Las tarifas son MUY baratas: por 7000 pesos (unos 3 euros) puedes llegar a casi cualquier parte de la ciudad, y un trayecto realmente largo nunca superará los 12.000 pesos (4,8 euros). En los pueblos de Antioquia los taxis son escasos, siendo mucho más habitual el motocarro; también existe el “motorratón”, que no es ni más ni menos que una moto ejerciendo de taxi.

También están los autobuses, toda una historia. El bus estándar colombiano es mucho más pequeño que el europeo, recibe el nombre de “buseta” y normalmente sólo admite unas 15 personas sentadas y unas 10 más de pie. Si eres claustrofóbico NO DEBES cogerlos, a menos que sea una hora de muy poco tráfico. Lo más llamativo es su exterior, con una decoración de fantasía impensable en nuestro entorno cultural. Además de estar pintados de llamativos colores, las ventanas están ornamentadas por grandes adhesivos de vinilo con temática totalmente libre: puede ser una chica de anime, el logo de un equipo de la NBA o la cara de Pablo Escobar, aunque muy a menudo se trata temas religiosos, normalmente la virgen y sobre todo Jesucristo (es muy popular la representación de la película de Zeffirelli). Otro adorno popular son las larguísimas tiras de luces LED, que convierten a las busetas en todo un show nocturno. El trayecto es ligeramente más barato que el del metro, unos 1700 pesos.

Siguiendo con los buses, está la red Metroplús, compuesta por grandes autobuses articulados, que cuenta con su propio carril y apeaderos techados donde se pica el billete antes de subir. No obstante, debido a la existencia del metro, los buses grandes tienen mucha menos importancia que en Bogotá, donde operan bajo el nombre de Transmilenio. En la capital del país el movimiento de trabajadores depende totalmente de esta red, que se ha hecho tristemente famosa por la extrema sobreocupación de los vehículos y por numerosos episodios de tocamientos a mujeres. También están los buses que viajan entre ciudades, algo más grandes que las busetas pero menores que el típico autocar europeo, y el tipo más divertido: las chivas, que son ni más ni menos que vehículos festivos para beber y bailar. Es posible verlas en Medellín los fines de semana por la noche, aunque son bastante más habituales de las localidades turísticas.

El movimiento entre ciudades es complejo, sobre todo por la desconcertante inexistencia del ferrocarril en Colombia, al parecer por los intereses comerciales del transporte rodado durante el pasado siglo. Así pues, las únicas opciones son el autobús o el avión. El bus no es recomendable para los trayectos largos: en algunas partes del país las infraestructuras son pésimas, y el viaje desde la frontera Sur hasta Medellín (unos 960 kms.) puede demorarse… ¡21 horas! Así pues, la alternativa más razonable para distancias de más de 120 kms. es el avión, normalmente bimotores medianos, con un coste de entre 40 y 150 €, según el trayecto.

nazareno

Religión

Quizá la diferencia más llamativa de Colombia con España, y con Europa en general, es la forma en la que se vive el hecho religioso. Puede que España tenga fama de espiritual y ultracatólica, pero en la práctica es un país muy cercano al ateísmo. Los de mi generación (nacidos en los 70 u 80), ¿cuánta gente de vuestra edad conocéis que vaya a misa al menos una vez a la semana? ¿Dos, tres personas a lo sumo? Si nos vamos a los menores de 20, la cifra se reduce probablemente a cero. ¿Cuánta gente os menciona alguna vez a Dios, fuera de la ocasional discusión filosófica de bar? Las manifestaciones de fe suelen reducirse a portar un crucifijo, visitas a la iglesia en los cuatro actos sociales típicos –bautizo, comunión, boda, funerale- y la esperanza de la trascendencia de la carne.

En Colombia la religión, y más concretamente la fe católica, forma parte de la vida cotidiana de las personas. El signo más visible de esto es la enorme cantidad de imágenes religiosas que se pueden encontrar en cualquier parte, especialmente en las barriadas populares. En un sitio como San Javier es literalmente imposible caminar 100 metros sin encontrarte una imagen de la virgen María, ya sea en una propiedad privada o colocada por el municipio. A veces, estas figuras tienen una placa a los pies que reza “Virgen fiel, consérvanos en la fe católica”. Es muy frecuente santiguarse al pasar delante de ellas, y también frente a la iglesia. La otra imagen típica son los retratos de Jesucristo, que pueden encontrarse en una abrumadora mayoría de hogares, normalmente en distintas variedades del “sagrado corazón”.

Las misas tienen gran concurrencia a diario, con predominancia de personas mayores, pero sin que falten jóvenes e incluso adolescentes. Algunas personas la observan de rodillas desde el suelo. Además del catolicismo, hay varias sectas del cristianismo con numerosos seguidores, entre ellas los adventistas del séptimo día y los testigos de Jehová, que realizan un agresivo proselitismo, hasta el punto de que algunas familias colocan carteles en sus casas indicándoles que no les molesten (y por cierto, no es el único lugar del mundo donde este grupo intenta expandirse). Dios está presente en los saludos y las despedidas, en las conversaciones, en los lemas de diversas instituciones. Es parte totalmente indisoluble del país, aunque sea un estado laico, y el colombiano medio está absolutamente convencido de que Cristo rescatará su alma inmortal.

Por supuesto la Navidad se vive con enorme entusiasmo, y la población se entrega totalmente a sus tradiciones, empezando por las velas de colores a las puertas de las casas la noche de la Inmaculada, pasando por rezar las novenas en reuniones familiares y terminando por los alumbrados caseros, toda una competición por ver quién coloca los adornos más grandes y llamativos. Tema aparte son los cementerios, que trataré en la próxima entrega.

El habla

A menudo se dice que en Sudamérica se habla el español mejor que en España, noción que no sé muy bien dónde se origina. En Colombia la mayor parte de la población es media-baja, y eso se refleja en el lenguaje, que más que “bueno” o “malo” es popular, con lo que ello conlleva (aunque sí es cierto es que en esta zona del mundo sobreviven palabras extintas en España). La mayor ventaja que tiene aquí el idioma es la inexistencia del tuteo para los imperativos plurales, lo que evitar las trampas en las que cae el 80% de la población española, esos insufribles “sentaros”, “callaros”, etc. (aquí son siempre “siéntense”, “cállense”…). El tuteo existe, pero sólo en forma singular, y la oportunidad de su uso es realmente ambígua, aunque puede decirse que hace falta bastante confianza para usarlo, y que incluso novios y esposos, así como padres e hijos, se hablan de usted. Sin embargo, se usan invariablemente los términos coloquiales “papá” y “mamá”, siempre precedidos del pronombre posesivo, de modo que si un hermano le pregunta a otro cómo está el padre de ambos, usará la frase “¿cómo está mi papá?” Además de esto, en algunas zonas es frecuente el uso del “vos”, pese a la distancia con Argentina y Uruguay.

El nivel de dicción es variable, y si bien generalmente es correcto, alguna gente habla muy cerrado y cuesta realmente entenderla (eso sí, como ya dije el acento paisa es muy bonito). El diminutivo masculino es “ito”, y el femenino “eta”, de modo que se dice “buseta”, “cocineta”, “tocineta”… Una excepción son los nombres acabados en “n”, cuyo diminutivo es “ncho” (Juliancho, Rubencho, Ivancho…). Hablando de nombres, los de la gente están contaminadísmos por la influencia anglosajona, y además se transmiten de forma fonética, de modo que pueden escribirse de cualquier modo siempre que conserven el sonido. De ese modo, tenemos Yennifer-Jeniffer-Yénifer, Valery-Váleri, Wilfred-Vílfred, etc. Un nombre femenino particularmente desconcertante es Leidy, muy extendido por todo el país.

La coletilla más usada es “de pronto”, que se puede meter en cualquier frase y equivale aproximadamente a nuestro “a lo mejor”. Otra costumbre muy curiosa es el cambio de género de muchos sustantivos respecto a España, de modo que la banqueta se convierte en banqueto, la ficha en ficho y la bombilla en bombillo. Además, los verbos cuyo infinitvo acaba en “ear” se cambian invariablemente por “iar” (por ejemplo, “corretiar”), aunque creo que esta costumbre se considera vulgarismo. Aquí hay una lista (incompleta, por supuesto) de colombianismos que he recopilado:
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Banano – Plátano Sánduche – Sandwich Pantaloneta – Pantalón de deporte Chuzo – Pincho / Chuzada – Pinchazo Cilindro – Bombona
Rumba – Juerga / Rumbiar – Ir de juerga Tiquete – Billete o tíquet Gaseosa – Refresco sin alcohol (aunque no tenga gas) Con gusto – De nada Guayabo – Resaca
Solomito – Solomillo Afán – Prisa (Tener afán) Bien pueda – Adelante (imperativo) Hágale / Hágale pues – Venga Listo – Vale
Rico – Agradable, bonito Bacano – Guay, genial (También “ser un bacán”, para las personas) Trapeadora – Fregona / Trapiar – Fregar Bravo – Enfadado, cabreado Pelao, Chino – Niño
Cucho – Viejo, Anciano Tinto – Café solo Pitillo – Pajita (Se usa para remover el café) Saco – Chaqueta Trotar – Correr, hacer footing
Chévere – Genial Plata, Billete – Dinero (“Ganar mucho billete”) Malandros – Malhechores Parcero, Parce (pronunciando la “c” como “s” – Colega Dar papaya – Exponerse, caminar por sitios peligrosos

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Starship Troopers, la película

Starship Troopers – EEUU, 1997 – Dir: Paul Verhoeven

El escogido para dirigir la adaptación de la popular novela de Heinlein fue el holandés Paul Verhoeven, en principio una elección perfecta tras firmar dos grandes triunfos de la ciencia ficción cinematográfica como Robocop y Total Recall. Este nuevo proyecto era, no obstante, un tanto delicado para el director, que tras hacer ganar mucho dinero a Carolco con el megahit Instinto Básico les produjo fuertes pérdidas con la malhadada Showgirls. Los directores son como los entrenadores de fútbol -sólo valen tanto como su última película-, y por ello Starship Troopers debía funcionar. Para este trabajo Verhoeven recuperó al guionista de Robocop, Eduard Neumeier, quien a pesar del éxito de la cinta no había vuelto a escribir más guiones. Neumaier fue el principal responsable del tono de esta adaptación, con unos resultados desiguales, como veremos.

El esqueleto básico de la historia es el mismo que en la novela: el acomodado joven Johnnie Rico decide alistarse en la infantería espacial para probarse a sí mismo, y el espectador lo acompañará durante sus campañas militares contra una especie insectoide. La novela original tiene una narrativa algo lineal, poco dada a convertirse en un “blockbuster” hollywoodiense, así que, de forma poco sorprendente (y exactamente igual que se hizo en la adaptación al anime), la cosa se aderezó dando un papel preponderante al interés sentimental de Johnny, Carmen Ibáñez. Incluso se introduce un personaje totalmente nuevo -Dizzy Flores, compañera de estudios de ambos- para crear un triángulo amoroso.

Hay que analizar Starship Troopers a dos niveles: como película de acción/ciencia ficción y como adaptación literaria. En el primer nivel creo que es una obra notable, muy lograda técnicamente y con un tono irónico salpicado de ultraviolencia que funciona bastante bien. El reparto también hace un buen trabajo: Casper Van Dien y Denise Richards son muy bien parecidos y cumplen perfectamente, como lo hace Dina Meyer en el papel de Dizzy, cuyos esfuerzos por conquistar a su Johnny aportan un toque sentimental bienvenido entre tanta batalla y espachurramiento (por ponerle una pega a Meyer, quizá se debería haber escogido una actriz más voluptuosa, considerando que tiene un par de escenas de desnudo).

En cuanto al resto de actores, Michael Ironside -cuyo personaje fusiona al profesor Dubois y al teniente Rasczac del libro- es por supuesto muy bienvenido en un papel que le va como anillo al dedo, y su arco resulta bastante satisfactorio. Tampoco hacen daño Clancy Brown, que diera vida a el Kurdan en Highlander ni Neil Patrick Harris, pese a lo breve de sus papeles. Incluso tenemos una fugaz aparición de la “chica de oro” Rue McClanahan, y un papel que gana valor retrospectivamente: el de Dean Norris, celebérrimo años depués por su papel de Hank en Breaking Bad. Sólo chirría Patrick Muldoon (el noviete de Carmen), representando unos 15 años más de los que supuestamente tenía su personaje, aunque tampoco es una cosa muy grave (no es una Maggie Gyllenhaal en Dark Knight). Además, no es un caso único en la ficción ni en esta película (en realidad todos los protagonistas rozaban la treintena).

Visualmente, Starship Troopers ya destacó en su momento y sigue aguantando perfectamente. El mundo futuro que se nos presenta resulta muy convincente, tanto a nivel de diseño como de ejecución. Los telediarios intearctivos que ejercen de hilo conductor de la historia son un recurso bastante eficaz. Por supuesto uno de los puntos principales en este apartado es la representación de los insectos alienígenas, que raya a gran nivel: pese a desviarse del concepto del libro (en el cual iban armadas con armas láser), todas las razas mostradas tienen un diseño interesante, están bien animadas y resultan lo suficientemente amenazantes. Hay algún elemento especialmente creativo, como el los grandes insectos que lanzan proyectiles flamígeros desde sus traseros.

El ritmo está muy logrado en general, y la película nunca deja de agradar dentro de sus parámetros de space opera/acción bélica/romance juvenil. Pueden destacarse varias escenas logradas, como la de Carmen pilotando una gran nave entre una tormenta de asteroides, todas las batallas de la infantería en general y la agónica defensa del fuerte en particular. Como podría esperarse de Verhoeven, la violencia es muy gore (desmembramientos, cerebros reventados y cosas así), pero no resulta desagradable, a menos que uno sea muy sensible. La música de Basil Poledouris, en un estilo grandilocuente muy similar al de Robocop, acompaña de forma muy adecuada al conjunto. En el lado negativo, hay que señalar uno de los peores puntos de la película: el flojo diseño de los trajes de los troopers. Mientras que en la novela estos eran elemento básico de la historia, que inauguraba el concepto del exoesqueleto de batalla en la ciencia ficción, en el film los infantes están apenas protegidos por un peto y un casco. Obviamente un traje blindado plantea dificultades narrativas por esconder la fisonomía de los personajes, pero lo mismo pasa con las películas de aviones y similares, y se encuentran formas creativas de solucionarlo. Por lo menos sí se usan los misiles atómicos portátiles, que ciertamente hacen un bonito efecto especial.

Enlazando con esto, hay que decir que Starship Troopers naufraga como adaptación literia: el libro se base en buena parte en la exposición de un sistema moral basado en la obtención de la ciudadanía a través del servicio público, y esto apenas se toca en la película. Cierto que el profesor -luego teniente- Rasczac explica el concepto al principio de la historia, pero después prácticamente no se menciona. Habría sido posible introducirlo a través de conversaciones entre los personajes, y sobre todo a través de la crucial figura del padre de Rico, pero se opta por un énfasis casi total en la acción. Sin embargo, el gran patinazo llega  cuando reaparece el personaje de Carl, convertido en oficial y acompañado de varios iguales en rango, todos ataviados con uniformes casi idénticos a los de las SS nazis. ¿Por qué, qué quieren decir Verhoeven y Neumeier con esto? ¿Que los troopers son un cuerpo agresor y expansionista, pese a que se establece claramente que los insectos comenzaron la guerra arrasando una ciudad entera? ¿Que su misión es justa pero ellos son unos fascistas? ¿Que los combatientes de toda guerra acaban volviéndose inherentemente malvados y crueles? Desde percibe un intento de satirizar algo, pero no se sabe exactamente qué; parece que esos uniformes nazis estuvieran ahí simplemente por ser transgresores. No puede obviarse la falta de respeto que esta elección estética supone hacia Heinlein. Si guionista y director pensaban que el trabajo original era totalitario, ¿por qué adaptarlo en primer lugar?


Un regalito: Las escenas borradas

Pese a tener muchos elementos del agrado del gran público, Starship Troopers no fue el éxito que necesitaba Verhoeven. Aunque recaudó 121 millones de dólares a nivel mundial -algo por encima de su presupuesto de 105-, su mal rendimiento en EEUU (con tan sólo 54 millones) fue un nuevo golpe a la reputación del holandés, quien tras dirigir la muy pobre Hollow Man no volvería a trabajar en EEUU. En cuanto a los protagonistas, Casper Van Dien y Denise Richards se moverían principalmente por la “Serie B”, mientras que Dina Meyer ha tenido una dilatada carrera en televisión. La película queda como una aventura espacial gamberra y divertida, a la que le habría valido más llamarse “Destripaterrones cósmicos” o algo parecido, dejando tranquila la obra de Heinlein. Posteriormente produjeron dos secuelas de bajo presupuesto, también guionizadas por Neumaier, quien curiosamente sólo ha escrito para esta franquicia y para la de Robocop. Sinceramente no tengo ninguna gana de verlas, por lo que en la siguiente entrega de esta serie examinaré la adaptacion animada estadounidense.
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Starship Troopers – El anime

Uchū no Senshi/Starship Troopers – Japón, 1988. Director: Tetsuro Amino

Hay una larga tradición de libros occidentales adaptados a la animación japonesa, destacando, por supuesto, las series realizadas por la productora Nippon bajo el denominador “World Masterpiece Theater”, entre ellas Marco, Heidi, Ana la de Tejas Verdes y tantas otras (las series se siguen produciendo hoy día). No obstante, estas son obras destinadas a un público juvenil, y la adaptación de géneros como la ciencia ficción es algo mucho más raro. Los animadores japoneses parecen preferir quedarse con los conceptos tomados de la CF occidental para crear sus propias obras, en lugar de hacer adaptaciones directas, y por ello, casos como el de Lensman (novela adaptada como película en 1984) o el que nos ocupa, Starship Troopers, son una rareza.

El libro de Heinlein fue llevado al anime en 1988, en forma de OVA (Original Video Animation) de 6 capítulos realizada por la productora Sunrise, veteranísima de los súper-robots, produciendo una ingente cantidad de series de este género en los 70 (antes de centrar sus esfuerzos robóticos en la saga Gundam). Parecía, por lo tanto, una casa ideal para la tarea, pero sin embargo esta breve serie es bastante desconcertante, y se queda lejísimos de lo que debería ser una buena adaptación. Lo que más caracteriza a este anime de Starship Troopers es que parece dirigirse a un público mucho más joven que el libro: si bien la obra original se suele calificar como “novela juvenil”, el texto incluía conceptos políticos y filosóficos dignos de cualquier obra adulta, pero estos temas desaparecen por completo de esta versión animada. Lo que nos queda es la historia reducida a sus hechos más básicos -y ni siquiera de forma muy fiel- con un tono de aventura para chavales, el género “shonen” de toda la vida.

El primer mal signo es el alegre tema de apertura (durante el cual se muestra el título en japonés y en inglés), que no desentonaría en ninguna serie deportiva o de acción contemporánea de esta OVA. Y es muy curioso que lo primero que aparezca tras el mismo sea una dedicatoria a Robert A. Heinlein, cuando la adaptación que se hace de su novela ignora casi por completo el contenido de la misma. La acción arranca con un partido de fútbol americano, sugiriendo claramente que el protagonista, Johnny Rico, es estadounidense, cuando en el ni se menciona su nacionalidad (sólo su ascendencia filipina) ni practica ese deporte en ningún momento. También se le da una importancia inusitada al personaje de su amiga Carmencita, que aparecerá en todos los capítulos como interés amoroso constante, cuando en la novela apenas se la mencionaba en una decena de páginas.


Mejor le dais un vistazo y juzgáis vosotros mismos.

En cuanto al aspecto técnico, la calidad gráfica y de la animación es bastante pobre; cosa rara, porque la Sunrise siempre ha sido particularmente sólida en estas cuestiones, pero aquí vemos sin duda la parte más baja de su espectro, probablemente por un importante limitación de presupuesto. Las líneas son poco firmes, el diseño de arte poco inspirado y el de personajes insípido. Con su cabello rubio, Johnny Rico parece un personaje de “Beverly Hills 90210”. Los insectos alienígenas del original no parecen por ningún lado, y se les sustituye con una especie de artrópodos de dos patas que lanzan rayos de energía por la boca, y de cuya organización táctica o social, o sus posibles motivaciones para atacar a los humanos, no se nos explica absolutamente nada.

La parte de la novela que sí se adapta con acierto es lo concerniente a los trajes mecánicos, representados con fidelidad y bastante convincentemente. Sin embargo, las tácticas de batalla usadas por la Infantería Móvil nada tienen que ver con las  del texto original, donde los soldados normalmente actuaban a varios kilómetros de distancia entre sí, gracias a la enorme capacidad de desplazamiento de sus trajes. En este anime combaten como pelotones de guerra convencionales, y además sólo hay una batalla como tal, que se produce en el último capítulo. Aparte de esto, sólo vemos los trajes en acción durante el adiestramiento, en el cual aparece uno de los personajes de la novela, el teniente Zim, convertido en un hombre de raza negra. Resulta agradable ver al curtido instructor en esta adaptación, pero no así a la pandilla de amiguetes creada en torno a Johnny, totalmente inventada, que intensifica la sensación de aventurita adolescente de poco calado. Otro punto desconcertante es que durante el entrenamiento las bajadas desde el espacio a tierra se hagan en un transporte colectivo, y durante el combate real se usen cápsulas individuales como en el libro, en el cual la difícil adaptación a este claustrofóbico método era una de las partes cruciales de la formación. ¿Por qué no mostrar esta interesante parte en el anime?

No se pueden achacar los defectos mencionados a la falta de minutaje: en dos horas y media da tiempo a contar muchas cosas, por lo que resulta chocante que se incluyan escenas anecdóticas de la novela -como la pelea con los navegantes-, y se excluyan otras cruciales como el reencuentro con el padre, además de toda la doctrina política y moral del texto. No se menciona ni de pasada que la pertenencia al ejército dé el derecho de ciudadanía, ni se explica el sólido concepto del deber que impregna toda la novela. Tan sólo se transita del punto A al punto Z de la historia por caminos trilladísimos y con una animación de segunda categoría, siendo generosos. El resultado desconcierta aun más sabiendo que está al mando nada menos que Tetsuro Amino, director de enorme solvencia que ha firmado obras excelentes en varios géneros; o bien estaba en horas bajas o no se pudo sobreponer a la mediocridad del guión. Lo cierto es que Starship Troopers es una adaptación decepcionante que infrautiliza escandalosamente el material original, quedándose sólo en una interesante curiosidad.
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Bloguero en Nueva York. Segunda Parte

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Prometí en la anterior entrega hablar de lo malo de la simpar Nueva York. Lo primero sin duda es el Metro, asfixiante y degradada red de túneles que nadie puede querer tomar asiduamente si no es por necesidad. Lo de “asfixiante” no es una forma de hablar: realmente puede hacer mucho calor dentro de los vagones, empeorando mucho la calidad del viaje. Además, su esquema es realmente complejo, el más complicado que nunca haya visto, debido sobre todo a que por una misma vía circulan trenes de distintas líneas y tipos (express y no express); por ello, a veces es inevitable consultar con el personal de las estaciones para descubrir cómo llegar a nuestro destino. Tampoco puedo alabar la actual tarjeta reutilizable, que en cada recarga me que intenté me borró el saldo remanente, cosa auténticamente inaudita. Sólo puedo alabar dos cosas de esta red: su funcionamiento las 24 horas y la belleza de la estación Grand Central, ese gran nodo pegado al Chrysler Building. Pero incluso su majestuoso vestíbuloestá algo deslucido, pues en las constelaciones estelares representadas en su techo la mayoría de bombillas están fundidas; una verdadera lástima.

Hay otro aspecto que ensombrece la Gran Manzana: la basura. Es tal la cantidad de desperdicios que generan los ocupadísmos negocios de la ciudad que el visitante contempla asombrado cómo se se ha renunciado a intentar contenerlos. Así, al caer la noche, las bolsas de plástico negro se van acumulando en enormes pilas directamente sobre las aceras, en espera de los servicios de recogida. Fue esto lo que más me asombró en mi primera noche, caminando por la larguísima Broadway, además de cruzarme con el mismísimo Ben Stiller, que caminaba solitario yendo o viniendo de algún sitio. Quizá Nueva York sea una ciudad donde se paguen pocos impuestos, pero el problema de mantenimiento es flagrante. Sin duda sus mejores inversiones serían rescatar el metro y un sistema de recogida de basuras subterráneo, aunque imagino que esto último no gustaría a la red de indigentes que dedican la noche a escarbar en las negras montañas de plástico, ni a las bien comidas ratas -del tamaño de cachorros de gato- que veía jugar en una calle cercana a mi hotel.

Puedo suponer que la península es un sitio que no gustará mucho a los amantes de la igualdad racial. Sin duda la mezcla es casi infinita, pero con una segmentación absolutamente nítida: no existe tal cosa como un dependiente de de raza blanca, salvo rarísimas excepciones: todos los puestos poco cualificados (en mostradores, cajas, taxis, etc.) están ocupados por personas de raza negra, u ocasionalmente latina. ¿Dónde están los muchachos y muchachas blancos, o los acomodados de cualquier etnia? Supongo que encerrados en las oficinas, desempeñando puestos de consultor, contable, ejecutivo… la “cultura del éxito” es muy palpable, como lo es la sensación de “rueda de hámster” tan comentada por distintos autores. El lugar donde más se capta esto es en Central Park, repleto de carritos de niños que sólo muy raramente son empujados por las madres de los pequeños. Tal tarea es delegada en las nannys -típicamente, mujeres latinas de mediana edad-, que ejercen la crianza de facto, mientras las madres biológicas se encuentran en algún rascacielos “triunfando”. Ninguna otra imagen de la ciudad es más triste, ni evidencia más la gran mentira que puede ser el éxito.

Sobre el parque en sí, sin duda es enorme y admirable, y seguro que ha servido de cantera a grandes jugadores de los New York Yankees, pero por algún motivo que no acierto a definir no me acabó de llenar. Necesitaría una segunda visita para hacerle justicia, aunque me atrevo a aventurar que es un lugar mejor para visitar en compañía. Destacar el muy coqueto torreón que hace de estación metereológica y los bancos situados frente a una de sus masas de agua: cada uno tiene una placa metálica que cualquier ciudadano puede dedicar a un ser querido, imagino que pagando una buena cantidad al ayuntamiento. Señalar también que está repleto de ardillas totalmente domesticadas.

Matizo que la segmentación racial descrita para mí no es ni buena ni mala: simplemente es. Frente al blandísmo pensamiento contemporáneo de que todas las etnias son iguales e intercambiables, la realidad, tozuda, se empeña en compartimentarlas y separarlas, según las inclinaciones, cultura o posibilidades de cada una: en los bazares o en los “Delis” (pequeñas tiendas de comida) te atienden indios, en los Dunkin Donuts negros y en los carritos de comida callejera árabes, sin que nadie levante una ceja por ello. Por cierto que estos carritos-puestos metálicos son idénticos a lo largo de toda la ciudad, y quien los fabrica debe estar ganando mucho dinero. En ellos puede comprarse el clásico perrito, pero sobre todo están dedicados a la comida árabe, con los típicos kebabs y durum (allí llamdos “gyro”), el falafel, el arroz oriental… la imagen del americano gordo vendiendo perritos debió extinguirse hace décadas, todo lo contrario que los almacenes Macy’s, que parecen anclados en el pasado, pero para mal. Quizá sean el rincón más feo de toda la ciudad, pese al asombro que causan sus escaleras mecánicas, ¡¡con escalones de madera!!, por las que parece que en cualquier momento podría aparecer el mismísimo Don Draper.

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Y por no dejar el tema racial, Nueva York desde luego es una ciudad muy, muy judía: en cualquier rincón se pueden ver instituciones identificadas como tales (igual que hacen las sectas masónicas, algo realmente chocante para un europeo), y no suele ser difícil identificar a la población hebrea, ya que aparte de sus rasgos físicos distintivos muchos de sus varones lucen la kipah. Esto me lleva a uno de los lugares donde la distinción étnica es más llamativa de toda la ciudad, la tienda de electrónica B & H, donde prácticamente todos los vendedores son de fe judía (aunque no necesariamente blancos), inconfundibles por la kipah y el pelo en tirabuzones. No es una tienda cualquiera, por cierto: se ofrece la ultimísima tecnología (impresoras 3D, por ejemplo), los precios son muy buenos y el cuidado al cliente exquisito, con fuentes de agua y copas de caramelos dispuestas regularmente para hacer más agradable la visita.

Los judíos son un pueblo que me despierta sentimientos ambivalentes: por un lado son increíblemente talentosos y trabajdores (la citada tienda es un ejemplo), pero por otro tremendamente cargantes, acaparadores y excéntricos. Me resulta difícil calcular la cantidad de traumas que habrá causado entre sus varones la estética ortodoxa que a muchos de ellos se les impone, decididamente estrafalaria y completamente prescindible, pues ni el peinado ni el tocado de la cabeza tienen nada que ver con la espiritualidad. Los hijos de Israel parecen decirnos que no están dispuestos a adaptarse a los goyim ni a mezclarse con ellos, que debemos aceptarlos tal como son sólo porque tienen talento. Pero me temo que mientras no estén dispuestos a realizar un esfuerzo y disminuir la rigidez y el hermetismo hacia el exterior que los caracteriza -sin por ello perder su identidad- siempre serán mirados con desconfianza por el resto del mundo, sin importar las toneladas de victimismo tras las que se parapetarse. Puede ver un ejemplo tremendamente llamativo de tal tensión en el edificio adyacente al rascacielos del New York Times, de cuya fachada colgaba este cartel.

Quiero volver a los aspectos luminosos de Nueva York describiendo dos momentos de profunda emoción: el primero es el viaje en el ferry de Staten Island, una experiencia que toda persona que ame las ciudades debe tener una vez en la vida. Técnicamente, el ferry es algo tan prosaico como un transporte de trabajadores, que pasan de la citada isla a Manhattan, y viceversa; lo que lo hace tan magnífico es que, además de ser gratuito, bonito y cómodo, ofrece la vista más maravillosa posible del Bajo Manhattan y pasa casi al lado de la isla de Ellis, donde nos espera la consorte del Empire State, la legendaria Estatua de la Libertad. El paseo dura unos 25 minutos por trayecto, y si hace buen tiempo resulta simplemente delicioso, siendo el atardecer quizá el mejor momento para realizarlo, para volver a Manhattan ya de noche (se puede aprovechar para dar una vuelta por Staten Island, aunque no parece tener nada especial). Algo muy llamativo es que la estatua, pese a su innegable belleza, parece bastante pequeñita desde los aproximadamente 100 metros de distancia a los que pasa el ferry.

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El cronista en su hotel de mala muerte.

Otro momento especial fue cuando, el último día, recordé que no había visitado el edificio que había hecho las veces del Daily Planet en ese pequeño milagro de 1978 llamado Supermán, sitio que localicé tras una rápida búsqueda por internet (inciso: los locutorios son casi inexistentes en Nueva York, pero todos los Starbucks tienen wifi abierto: si tienes necesidad de una conexión urgente, acércate a un Starbucks). En la calle 42 me aguardaba “The News Building“, un lugar que la magia de Geffrey Unsworth hizo parecer bastante más impresionante de lo que realmente es. No obstante, verlo en persona, poder pasar a su interior y pasear junto al globo terráqueo del vestíbulo fue intensamente emotivo y evocador de aquel extraordinario film (para el cual había un pequeño recuerdo en el mismo vestíbulo). Sin duda uno de los mejores momentos de mi estancia en Manhattan.

Aquel día, sin embargo, ya sentía mi alma un tanto pesada, quizá por esa orfandad que uno siente cuando entrega las llaves del hotel y sabe que esa noche ya no tendrá a dónde volver. Además, la maravillosa Nueva York (y cualquier gran ciudad) puede caérsete encima poco a poco cuando eres un extraño que se mueve por sus calles amándola, pero sin un objetivo definido. Allá donde esté, toda persona necesita tener su lugar, una ocupación, un círculo social, sobre todo en en urbes como ésta, en las que son necesarios ingresos tan altos para tener calidad de vida. Es necesario también un muy buen nivel de inglés, sin el cual siempre se será un ciudadano de segunda.

Dejé atrás Nueva York rumbo al sur del continente cargado de impresiones, emociones y recuerdos indelebles. Quedó para otra ocasión visitar la periferia (Queens, Brooklyn), ir al cine y, sobre todo, a uno de los musicales de Broadway. Probablemente Manhattan nunca sea mi hogar, pero sí un lugar al que volver más de una vez; el pináculo de nuestra civilización, terrible y maravilloso. Realmente, allí uno siempre tiene la sensación, muy real, de que cualquier cosa puede ocurrir. Gracias por existir y por esperarnos siempre, Nueva York.
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Bloguero en Nueva York. Primera Parte

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Manhattan Oeste desde el Empire State Building.

Nueva York es, probablemente, la mayor creación que ha salido o saldrá nunca de mano humana. Difícilmente cabe pensar que cualquier otra gran urbe de la historia, ya sea París, Londres, Babilonia, Constantinopla o la mismísima antigua Roma, se le acerquen en términos de belleza, tamaño, majestuosidad y vida. Yo puedo esforzarme, con mis muchas limitaciones, en explicar todo lo que me ha transmitido la península de Manhattan, pero ciertamente no es una ciudad para explicarla, sino para experimentarla.

Aterriza uno en el JFK y le resulta llamativo lo modesto de la estructura, nada que ver con aeropuertos punteros del mundo como el Charles de Gaulle, el de Oslo o el mismísimo Barajas. Se trata de una estructura antigua y acaso obsoleta, aunque claro, ellos siempre pueden decir “Hey, this is New York airport, bitches!” De lo que sí puede presumir es de ofrecer la primera visión de la apabullante “skyline” de Manhattan. Al vislumbrarla, uno confirma que está por fin en el centro del mundo. El metro lleva en algo más de media hora al corazón de la ciudad, y he de decir que no es una buena presentación de la misma. De hecho, es con mucho el más feo y destartalado que he visto nunca, con unas estaciones que ofrecen casi siempre un aspecto viejísimo y desolador. Las primeras desde el aeropuerto semejan simples apeaderos de un pueblo portuario, y en las siguientes, hasta completar unas 12, resulta totalmente excepcional ver a una persona de raza blanca en los andenes. Es la zona de las castas bajas, que gravitan alrededor de la Gran Manzana.

Tan sólo cuando penetramos en la península, pasado Brooklyn, comienza el oropel de la ciudad, y bajándonos en cualquiera de las estaciones céntricas nos podremos sumergir plenamente en el mismo. Yo emergí en la Séptima Avenida, cerca de Times Square, y fui muy afortunado: es probablemente uno de los rincones que mejor aúna sofisticación, encanto y dinamismo de toda Nueva York. Aprovecho para alabar la admirable organización urbanística de la ciudad: Manhattan está surcada por una gran cuadrícula en la que las vías horizontales se llaman calles, y las verticales –más anchas, generalmente- avenidas. Hay 12 Avenidas numeradas cruzando en la península, con la Primera –la de las Naciones Unidas- en el Este y la Décimosegunda en el Oeste, complementadas por otras avenidas con nombres más distintivos, como la Lexington, la Park y la Madison. Las “calles” son más de 100, y se dividen en dos grupos: todo lo que queda a la izquierda de la Quinta Avenida es la parte “West” (Side Story), y lo que está a la derecha es el “East”. Cuanto más bajo es el número que da nombre a la calle, más al Sur estamos. Y en cuanto uno entiende este dibujo tan maravillosamente sencillo -tan sólo roto por esa anomalía llamada Broadway- puede orientarse casi sin ningún problema por la ciudad. Por ejemplo, si estás en la Tercera Avenida con la Calle 18 Este y tienes que ir a la Sexta con la 54 Oeste, sabes que simplemente tienes que moverte hacia el Noroeste y acabarás encontrando tu destino. ¡¡Qué diferencia con nuestro caótico sistema de direcciones, lleno de nombres asignados arbitrariamente, a menudo premiando a personajes muy poco ejemplares!!

Algo que asombra al empezar a caminar por la ciudad es que, contra todo pronóstico, los peatones son los reyes. No es que no haya coches en Manhattan, claro; hay miles y miles, y desde luego son muy importantes, pero cuando hay que decidir quién tiene prioridad de paso en un cruce no hay discusión posible: el peatón siempre va primero. Incluso si en el semáforo ha aparecido la manita que indica al caminante que debe parar, si éste cruza de todos modos, el coche se aguanta y se espera. Jamás se le toca el claxon urgiéndole a que se dé prisa; seguramente se considera una enorme descortesía. La única excepción es cuando un taxi llega a toda máquina desde una calle transversal y pita como diciendo “¡¡que voy follaaaoooo!!”, más que nada para no llevarse a nadie por delante. En todo caso, se diría que una pija neoyorkina podría cruzar la península de Norte a Sur hablando por su móvil y no tendría que preocuparse mucho por ser atropellada. Una gran idea para conocer la ciudad es recorrer al menos un tramo de cada avenida y degustar los distintos ambientes, desde el decididamente popular de los números medios de la Primera o la Segunda Avenida a la suntuosidad de la Quinta, Sexta, Séptima y Broadway. En general, cuanto más lejana la Avenida del eje central, menos glamourosa, aunque no hay reglas fijas.

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La magnífica Park Avenue.

Si algo define a Manhattan es el tamaño, el colosal tamaño de casi todo, que abruma al espectador, empezando, claro está, por los edificios, claro. Y ni siquiera necesitamos buscar los más emblemáticos ni los de las mayores empresas: en todas y cada una de las calles de la ciudad encontraremos construcciones descomunales, ya sea para albergar oficinas, comercios o simples apartamentos. Realmente, es inevitable preguntarse el por qué de semejante escala, si esos volúmenes eran realmente necesarios. Pero sospecho que la época en la que se creó el grueso estos edificios –principios del siglo XX- lo importante no era si algo era necesario, sino si era posible. Eran tiempos de experimentación, de ambición, de sueños concebidos y realizados. Más grande, más alto, más impresionante. Muchos dicen que el siglo XX fue nefasto, ¿pero por qué no proclamar que tuvo muchas cosas maravillosas? El espíritu efervescente, ingenuo e imparable que levantó Nueva York, la ciudad más extraordinaria de la historia, no tiene nada que ver con nuestro mundo actual, temeroso, acomplejado, atenazado. Ojalá ahora tuviéramos una fracción de la vitalidad y la visión de aquellos pioneros.

Por supuesto, el rey de Nueva York es el Empire State Building, que se alza majestuoso en un emplazamiento atípico, la Quinta Avenida, superando con mucho a todos sus pétreos vecinos. Y aunque hay varios colosos en la ciudad que lo desafían en altura y belleza, él siempre será el padre de la Gran Manzana, gracias a su simbolismo, su armonía –parece protegernos con esos sólidos hombros- y su inigualable emplazamiento. King Kong sabía lo que se hacía. Pero no quiero olvidarme de los “primos” del Empire: edificios como el Chrysler, probablemente el más bello de la ciudad y exponente máximo del Deco, quizá la corriente estética más afortunada de la historia; la Freedom Tower, que ha sustituído exitosamente a las añoradas Torres Gemelas; o el GE Building del Rockefeller Center, la aguja vertical más asombrosa en la ciudad del asombro. Ninguna otra construcción de Manhattan ofrece tal sensación de altura y poder, hasta el punto de crear auténtico sobrecogimiento, especialmente observada de noche. Ni siquiera necesita el Prometeo forrado de oro de la base para lograr tal efecto, aunque ciertamente es una buena adición.

Otro lugar apabullante, y no por la altura, es Times Square, el cruce de caminos en el cual late el corazón de la ciudad. Times Square anega por completo los sentidos con una explosión de luz e imagen en movimiento, la fantasía desatada de cualquier publicista. Tras haber estado en otros grandes cruces comerciales del mundo como Piccadilly Circus o Shibuya, puedo decir tranquilamente que ni se acercan a Times Square; su escala y espectacularidad se antojan inalcanzables. Lo único que desluce su esplendor –aparte de las ocasionales obras- son los dichosos pedigüeños disfrazados de personajes de cine y TV, tal como ocurre con la madrileña Puerta del Sol; es una atracción que sólo pueden seducir a los espíritus más vulgares, y que para colmo no pasa ningún filtro de calidad, estropeando la estética de la plaza en nombre de la tolerancia mal entendida. Más valdría a estos espantajos emplearse en puestos igual de poco cualificados, pero más dignos, como los taxis a pedales de Central Park (me sorprende que ningún progre haya puesto el grito en el cielo por una imagen tan políticamente incorrecta como la de un negro transportando a pedales a dos e incluso tres blancos). Porque Nueva York ciertamente tiene sus sombras, pero de eso y más os hablaré en la siguiente entrega.
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Informe Eurovisión 2014

Llegó la Prima Vera y con ella el mayor espectáculo musical del planeta: ¡¡Eurovisión!! Como gran hecsperto en el Festival, voy a daros mi opinión sobre todos los participantes de este año 2014.

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Empezamos por Albania, básicamente porque es el primer participante en orden alfabético. Este país es bastante imprevisible, y para esta edición manda a una zorrita llamada Hersi con un temilla pop de medio ritmo, “One Night’s Anger“, bastante atorrante. La tal Hersi está un poco gorda aunque trate de disimularlo en sus “glamour photos”, y encima no tiene tetas, así que va inmediatamente al pelotón de las olvidables.

El participante de Armenia, Aram MP3 entra en la categoría “blandengue con traje de sport”, con una cancioncilla muy floja, “Not alone“, que en el minuto 2 intenta sorprender con acelerándose un poco (esto en el escenario irá acompañado de petarditos), pero francamente insalvable. Y sí, el tío se hace llamar “MP3”, lo que da idea de su entidad intelectual y artística.

Ammm, Austria. Conchita Wurst. Es un travesti. Con barba. No puido, lo siento.

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Azerbaiyán (land of fire) manda lo que viene siendo una MILF, Diana Kazimova (29 años), con el temita “Start a fire”, basado en el piano y el violín, muy bien cantado pero algo rollete. Tolerable y gracias.

Bielorrusia envía a un muchacho llamado Teo y su parteneire rubia (teñida), con el tema “Cheesecake”. El tío tiene un aire simpaticote y la canción no está mal. Si en el escenario sigue el mismo rollo sexy-divertido del vídeo con la rubiaca, puede ser una de las sorpresas.

Bélgica manda a un tenor gordo con smoking que canta una ñoñada llamada “Mother“. ¿Hace falta decir más? Fusilar.

El representante de Dinamarca es un moro acompañado de su cuerpo de baile, defendiendo un temita de descriptivo nombre, “Cliché love song” (aunque realmente es menos cliché que otros de este año). El numerito tiene seis cantantes-bailarines en escena y se deja ver, pero no mucho más (aunque contarán con la ventaja de jugar en casa).

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Estonia manda a otra MILF, de nombre Tanja y origen ruso. La mujer tiene una voz destacable, muy grave, pero su tema, el bailable “Amazing“, sin ser horrible, no deja de ser bastante genérico. En fin, gracias por lucir palmito.

La Antigua República Yugoslava de Macedonia, un “país” con evidentes problemas de identidad, manda en consonancia a una señora andrógina llamada Tijana, con la canción “To the Sky“, normalilla pero con cierta fuerza, y que puede dar juego en el escenario. Tijana en teoría es cellista, pero no usa el instrumento en esta canción.

Finlandia presenta a unos blandengues de estética Depechera y nombre Softengine (muy adecuado), con el temilla Something Better. Sí, obviamente tenemos cosas mejores que hacer.

Si pensábais que en esta edición había pocos frikis (dejando aparte la travesti), tranquilos: Francia manda al simpático grupo Twin Twin, que entra perfectamente en la categoría (por cierto que ni son dos ni son gemelos; es un trío de un negro y dos blancos). Su tema se llama “Moustache” (Bigote) y viene acompañado de un divertido vídeo, rollo película de Will Ferrell. Me gusta.

¿Qué puede llegar musicalmente de un país como Georgia? Pues este año un peculiar tema llamado “Three minutes to Earth” que mezcla sensibilidades folk, jipis y tirolesas (?), interpretado por el grupete The Shin & Mariko, cuyos miembros tienen bastante pinta de sindicalistas. En fin, al menos son diferentes.

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Alemania manda a un trío de zorritas llamado Elaiza, un tanto peculiar: una toca el acordeón, otra el contrabajo y otra canta. El tema se llama “Is it right” y es inmediatamente olvidable. Yo a estas chicas las veo más futuro en el mercado escort, la verdad, sobre todo si mantienen esa estética.

Grecia presenta a un duo llamado “Freaky Fortune”, acompañado de un tal “Risky Kidd”, con el temita “Rise up“. Aunque los grupos de guaperas me dan mucha pereza y Grecia ha enviado cosas mucho mejores, la canción es movidilla y no está mal.

Hungría manda a un mulato con una canción sobre el maltrato (esto rima). Pues vale. Siguiente.

Los participantes de Islandia son un grupo llamado Pollapönk (sí). Su animado tema, “No Prejudice“, es un himno al gayerismo en toda regla, pero cantan en chándal y son graciosos. Hemos visto cosas peores.

Irlanda presenta a un tía semi-buena, Kasey Smith, que va en plan cantante seria y tal. Dudo mucho que con su tema “Heartbeat” los isleños vayan a recuperar glorias pasadas.

La representante de Israel se llama Mei Finegold (curiosos los apellidos judíos, je), y con su voz grave y quebrada interpreta el tema “Same Heart“. El vídeo es llamativo sobre todo por el corpiño que luce la moza, y la canción no es qu eme vuelva loco, pero creo que responde bastante a las sensibilidades actuales del festival. Puede que gane y todo.

Italia , igual que Macedonia, manda a una andrógina, llamada Emma Marrone. Este mujer de dura expresión tiene cierto gusto por los modelitos extravagantes rollo Alask, y llega con un rock llamado “La Mia Cittá“. Bueno, no está mal, a lo mejor hace un buen chou.

A mí siempre me gustó más Latveria -el principado del Doctor Muerte- que Latvia (también conocida como Letonia), pero desgraciadamente es un país ficticio. Los representantes de Letonia este año son un grupo de alemanes llamado Aarzemnieki, con el temita “Cake to Bake“, una cosa en plan “Viva la gente”. Bah.

La cantante que representa a Lituania tiene un nombre tan normalito como Vilija Matačiūnaitė, y va de rollito oscuro- alternativo. Su tema se llama “Attention“, y la gracia del número es que lleva una falda de gasa y el bailarín que la acompaña se mete debajo como en posición de chuparle el coño. Por lo demás, muy obviable.

¿Por qué participa Malta en Eurovisión? Pues no sé, y menos viendo a sus representantes, otro grupete de pseudo-jipis sin el menor interés con un temilla anti-bélico, “Firelight“.

Moldavia nos manda a una aspirante a gordibuena llamada Cristina Scarlat, con la canción “Wild Soul“, acompañada de un artístico vídeo (sale el crédito del director y todo). Como veis, este año abundan las voces femeninas graves y la temática filogótica. No está mal, pero como es moldava no creo que supere la semi la pobre.

Es ver el careto del representante de Montenegro y que te dé pereza. El tipo se llama Sergej Ćetković, y su canción, muy lenta, “Moj Svijet“. Para eso haber enviado a Mijatovic.

El tipo gordete de Noruega también inspira pereza. Lleva tatus en los brazos tipo futbolista y canta una cosa realmente aburrida llamada “Silent Storm“, al son del piano. Mal Noruega, muy descarriada.

¡Polonia! Si este no es el puto mejor vídeo de la historia de Eurovisión, yo no sé lo que es. Sus representantes son un duo llamado Donatan & Cleo, la canción se llama “My Słowianie” y la idea detrás del clip es mostrar a zorritas megamacizas en el entorno rural polaco, ataviadas con trajes tradicionales y realizando tareas de granja tales como batir mantequilla o amasar pan, de la forma más sensual posible. También beben leche, la cual se les derrama accidentalmente (je) por la barbilla. La canción es graciosa y el vídeo, ciertamente, per-fec-to. Huelga decir que los banco a muerte, pero no sé muy bien la acogida que tendrán en esta era neopuritana.

La chicuela enviada por Portugal, Suzy, nos dice “Quiero ser tua“, con un tema sencillo y bastante más animado que lo que suele mandar el país de las toallas y de Mau. Creo que gustará bastante.

Rumanía presenta nada más y nada menos que a Paula Seling y Ovi, un duo ocasional al que adoro desde su participación en 2010 con la maravillosa “Playing with fire“, que por desgracia no ganó. Paula es una de las rumanas más guapas y encantadoras que se despachan, y Ovi también un tipo de lo más majo. Juntos forman una especie de alternativa pop a Pimpinela, y su tema de este año, “Miracle“, es bastante peor que el de su anterior participación, pero yo los apoyo.

Con Rusia siempre hay la expectativa de si mandarán maricas o pibones. Este año se han decidido por el rollito teen con dos gemelitas, las hermanas Tolmachevy. Su tema se llama “Shine“, es bastante tolerable y sorprende lo adulto de la voz de las jóvenes hermanas. Como son muy monas y Rusia chupa votos de toda su zona de influencia, quedarán muy arriba, como siempre.

En el 2012, San Marino mandó el simpatiquísimo tema “The social network song“, muy bien interpretado por Valentina Monetta. Como quedaron tan contentos con ella, la volvieron a mandar en 2013 con una canción mucho peor, y en 2014… insisten de nuevo con ella (no habrá muchos cantantes en San Marino). Pero en vez de volver al pop divertido, le dan otro tema difícilmente defendible, “Maybe“. Una pena.

Eslovenia presenta a otra oscurilla que toca la flauta travesera, una tal Tinkara Kovač con un tema pestiño llamado “Round and Round”. Pues vale.

España, la madre patria, ha escogido a este año a la desconocida Ruth Lorenzo, mujer de buena voz que tendrá muchos partidarios entre los fans de las gordibuenas. El problema es el de siempre: en vez de escoger a especialistas en pop pegadizo como Guille Milkyway, Mónica Naranjo o Melody, enviamos gente con poca personalidad y temas absolutamente mediocres, que de ningún modo pueden triunfar en la vorágine eurovisiva. Incluso cuando acertamos con el representante -como cuando mandamos a las Ketchup-, les damos una canción horrísona. El problema de “Dancing in the rain” no es su breve estribillo en inglés (¡¡ya ves tú, como el 90% de participantes!!), sino el ser un tema instantáneamente olvidable.

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Suecia presenta a una de sus millones de MILFs, Sanna Nielsen, digna representate de las maduritas que desgraciadamente defiende una balada pésima, “Undo“. Pero bueno, como ganaron hace dos años con Eileen pueden vivir de las rentas.

Suiza suele presentar canciones bastante malas, y este año no es una excepción. Salvo sorpresa, el tal Sebalter y su temita Hunter of Stars, con sus sonidos de banjo, pasará sin pena ni gloria por Copenhague.

Holanda envía a Alex y Christina en versión atorrante, bajo el nombre The Common Lynnets. Participan con el tema “Calm after the storm“, aunque se podían haber quedado perfectamente en los países bajos, componiendo algo más interesante.

Siempre esperamos grandes cosas (zorritas) de Ucrania, y su representante de este año, Maria Yaremchuk, no decepciona. Esta morena de rompe y rasga se presenta vestida de hombre con el animado tema “Tick Tock” (no confundir con el de la guarrilla masónica Ke$ha). Sin ser un número revolucionario, lo tiene todo para quedar en buenos puestos. La banco.

Y llegamos al último participante, el eternamente frustrado Reino Unido, que se presenta con la desconocida Molly, una mujer que sería MILF si no fuera por su dificilísima nariz. Su temilla se llama “Children of the Universe“, y como es fácil deducir por el nombre se trata de otra ñoñería de hermanamiento ecuménico con nulas posibilidades de ganar. Pobre Royaume-Uni.

En fin, esto es lo que hay, amigos. ¿Nivel musical de esta edición? Bajo, francamente, igual que el año pasado, aunque es verdad que los temas te van calando cuanto más los escuchas. ¿Nivel zorril? Medio tirando a alto. Mi super-favorita para ganar es Polonia, y simpatizo con Bielorrusia, Francia, Ucrania y Rumanía. ¡Veremos! Las semis empiezan el 6 de Mayo.
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