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Vivir en Colombia, IV

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Dicen que en la vida hay que ir siempre hacia arriba, y eso es precisamente lo que yo hice. Atrás quedó Prado Centro, donde pasé más de dos meses, para trasladarme al barrio de Villa Hermosa, a sólo unas calles de distancia, pero mucho, mucho más arriba. Entre ambas casas, un viaje a la costa Caribe que relataré en el quinto y último capítulo de esta serie. Desde las alturas Villa Hermosa se ve casi toda Medellín, e incluso una puesta de sol más que aceptable en esta ciudad cercada por montañas. Aunque está a apenas 15 minutos caminando de la Avda. de la Playa -una de más concurridas y bonitas vías de la ciudad-, el da una impresión de mundo aislado y autocontenido, apto para pasar una temporada casi contemplativa, realizando balance de este viaje que muy pronto tocará a su fin. Hay varios aspectos tremendamente interesantes del país que aún no he comentado, y que paso a compartir con vosotros.

El fútbol

Celebración en las calles de los hinchas de nacional

La afición por el deporte rey en Colombia es desmedida, mucho mayor que en la España actual, y seguramente de cualquier época; puede considerarse con toda justicia la segunda religión del país. En Medellín los equipos relevantes son Nacional, Nacional y Nacional (Atlético Nacional de Medellín), y su zamarra verdiblanca es probablemente la prenda más usada de la ciudad, ya sea original o pirata, de esta temporada o anteriores. Los seguidores del segundo equipo en importancia, Independiente de Medellín (alias “El poderoso”) son tremendamente fanáticos, pero la diferencia de número entre ambas aficiobes es abrumadora, fácilmente de 8 a 1. Nacional es, además, el “Real Madrid” colombiano, el único club con seguimiento en todo el país (generalmente hay mucha fidelidad al equipo local) y el más laureado de las últimas décadas. Su nivel internacional, no obstante, es bajo, y no suele llegar lejos en la Libertadores, aunque el año pasado alcanzó final de la Copa Sudamericana -una especie de Europa League-, que perdió a doble partido con River Plate.

Nacional e Independiente comparten estadio, el Atanasio Girardot, que forma parte de un céntrico complejo polideportivo. Tiene una capacidad de 46.000 espectadores, aunque da la impresión de ser mucho más pequeño que el Bernabéu. A nivel de animación tiene dos “barras”: una de unos 5.000 componentes, que ocupa todo un fondo y viste de blanco, y otra mucho más pequeña e informal en el fondo opuesto, de unos 100 componentes. Antes de cada partido todos los espectadores cantan el himno del club brazo en alto, y hay cánticos predeterminados cuando se marca un gol y cuando se señala penalti, coreados por todo el estadio.

Hablo literalmente cuando digo que el fútbol aquí es una religión, como sólo puede serlo entre seguidores con un nivel socioeconómico bajo o muy bajo, con unos horizontes que a menudo no van más allá del marcado por el Girardot. Tanto es así que muchos de estos hinchas hacen grabar el escudo del equipo en la lápida de su tumba, por increíble que parezca (luego más sobre esto). A veces hay graves problemas de violencia, aunque actualmente parecen bastante controlados. No obstante, en mis primeras semanas aquí un “pelao” de Nacional murió apuñalado por una pandilla de simpatizantes de Independiente,y para evitar problemas no está permitido ingresar al estadio con la camiseta de ninguno de los equipos que juegan (aunque algunos se las apañan para meterla).

Cuando he dicho que aquí sólo existe Nacional, por supuesto estaba obviando una de las grandes obsesiones del país: la Selección Colombia. Cualquier simple amistoso se sigue con el interés que en Europa suscita un superclásico, y no digamos ya los partidos oficiales. Imaginad mi divertida sorpresa cuando, en un amistoso disputado a las cuatro de las tarde contra USA, un postrero gol colombiano se celebró como si se hubiera sido anotado en la fase final de un Mundial. Existen algunos colombianos a los cuales la selección le es indiferente, pero, como ocurre con la religión de las iglesias, es un porcentaje muy reducido, y la camiseta amarilla es la segunda piel del país, para hombres y mujeres. En cuanto a las camisetas de clubes de otros países, es posible ver bastantes de Barcelona y Real Madrid, con alguna predominancia de la primera (aunque esto se está equilibrando tras el fichaje de James por los blancos), pero raramente son prendas originales. Los clubes no colombianos ni españoles tienen una presencia meramente testimonial.

La naturaleza

En esta región del mundo no hay que esforzarse porque las plantas crezcan; lo difícil es evitar que lo hagan. Así, en cualquier rincón de la ciudad crecen palmeras y muchas otras especies de exuberantes árboles. Sin embargo, en otras partes el verde está casi erradicado, y de hecho los parques al estilo europeo son una rareza. La gran excepción es el Jardín Botánico, situado cerca de Prado, una micromuestra de la exuberante naturaleza colombiana. En él pueden verse especímenes de las muchas y maravillosas aves que pueblan la nación, así como de sus excepcionales mariposas y de las muy populares iguanas, lentas pero excelentes trepadoras (ver recorrido subjetivo aquí). Otra excepción es el Parque Arví, que no forma parte de la ciudad propiamente dicha, y al que sólo se puede llegar tras un largo trayecto en Metrocable. Se trata de una extensa reserva boscosa con vegetación casi totalmente europea, lo que puede verse como una ventaja o una desventaja.

En cuanto a la naturaleza salvaje, tuve ocasión de conocerla gracias a la generosidad de mis anfitriones en Prado, quienes me invitaron a su finca en la localidad de San Rafael, a 114 kms de Medellín. Se trata de una zona exuberante, montañosa como casi todo el país, cuya naturaleza sufrió primero por la ganadería -la cual convirtió los montes en potreros (cercados para la cría de ganado)- y luego por la guerra del narcotráfico, que dejó la zona medio arrasada. Hoy día, no obstante, está muy regenerada, y la finca que visité había revertido a un estado selvático casi virgen. También está la región amazónica, en el sur del país, que no he podido visitar.

La universidad

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Lo ultimísimo en teoría política.

Como ya he mencionado alguna vez, Colombia tiene un potencial casi infinito, pero para desarrollarlo debe dar algunos saltos decisivos de progreso, y uno de ellos es optimizar su educación. La universidad de Antioquia pasa por ser una de las mejores del país, y realmente no quiero imaginarme cómo serán las peores, porque seguro que hay mítines de Izquierda Unida y Podemos con más pluralidad ideológica que en esta malhadada institución. Fue simplemente desolador entrar a visitarla y encontrarme con una colección casi infinita de grafitis dedicados a los tótems y lemas más rancios de la izquierda radical, caducados hace como mínimo medio siglo, sin faltar los imprescindibles “mártires asesinados por la brutalidad policial” (ver ejemplos aquí, aquí, aquí, aquí y aquí).

Ése es el ambiente en el que deben desarrollarse las mentes que liderarán el país en el futuro. ¿A alguien puede extrañarle que hoy día, esta universidad sea casi más conocida por sus constantes movilizaciones y algaradas que por su nivel académico? Imagínense nuestra Complutense multiplicada por cinco, y sin el entorno europeo para amortiguar. Tampoco faltan las agresiones a profesores, ni más de un centenar de atracos anuales. Latinoamérica lleva décadas entrando y saliendo del totalitarismo comunista, y es un peligro muy lejos de disiparse; tan sólo el descomunal fracaso de Venezuela y la sangre derramadas por las FARC ejerce a día de hoy de vacuna efectiva, pero no permanente.

Las motos

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Los vehículos de dos ruedas le disputan a los taxis la supremacía del tráfico en Medellín. Es una ciudad con miles y miles de motos, que tienen la curiosa costumbre de circular en grupo aunque sus conductores no se conozcan, y con el mismo desprecio hacia el peatón que los coches; aquí el motor siempre tiene prioridad. Se suele circular con casco, aunque tampoco es una condición sine qua non, y en algunas zonas se prescinde de él casi por completo. Es el caso de Moravia, una barriada popular, llena de billares, bazares y pequeños bares (qué frase tan musical), por cuyas estrechas calles circulan multitud de jovencitos y jovencitas en scooters. Está prohibido llevar paquete (“parrillero”) en la ciudad, a menos que sea padre, hijo o hermano (auténtico).

La popularidad de la moto es comprensible por su baratura y capacidad para moverse por un tráfico infernal, pero tiene efectos terriblemente perniciosos. Para empezar, muchas son horriblemente ruidosas (a menudo de forma deliberada), pero lo peor es que el mantenimiento que requieren ha convertido a Medellín en, probablemente, la ciudad con más talleres mecánicos de la Tierra. Estos ocupan docenas de hectáreas, y ciertamente no transmiten una imagen bonita: la mayoría son sucios, viejos y descuidados, y lo peor es que ocupan enormes zonas del centro, pegados a puntos neurálgicos como el Parque Berrío. Son sin duda el mayor problema urbanístico de la ciudad junto con la infravivienda, y Medellín no dará el salto a la modernidad hasta que los reorganice de algún modo.

La muerte

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Uno de los lugares más famosos de Prado Centro es el “Cementerio Museo” de San Pedro, considerado de gran valor artístico, y en el cual se celebran actos culturales regularmente. En sus cercanías hay muchos negocios dedicados a una singular industria del país: las lápidas. Un nicho colombiano puede ser como los europeos, cubierto por una placa de mármol con el nombre del finado y una dedicatoria de su familia, pero muchos optan por un modelo muy diferente, con textos e imágenes en color impresos en metacrilato. La composición siempre incluye una foto de la persona fallecida, y suele ir acompañada de motivos religiosos, pero también puede tener un simple paisaje de fondo o lo que se quiera. Como mencioné antes, en muchas de ellas se incluye el escudo del equipo del fallecido (ejemplos aquí y aquí).

Desde luego, estas lápidas son tremendamente chocantes al principio. Uno no está acostumbrado a que un muerto lo mire desde su tumba, y para una mentalidad europea es algo un tanto exhibicionista. No obstante, tras un periodo de reflexión adquiere cierta lógica: al fin y al cabo, es algo mucho más personal que una fría piedra, y nos recuerda que un muerto no es un simple nombre, sino alguien que fue muy real, y que muchos se fueron en la flor de la vida, algunos como simples adolescentes. Otras singularidades son incluir el mote del fallecido en la lápida, o que en la foto aparezca la persona bailando en plena rumba. ¿Quién sabe si llegaremos a ver este tipo de lápidas en nuestro entorno? Lo del escudo del equipo puede parecer demasiado, pero sinceramente no pondría la mano en el fuego por que no lleguemos a hacerlo.
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Viviendo en Colombia, III

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Parte 3: Transporte, religión y habla
Transporte

Si nos ceñimos a Medellín, el transporte es más que aceptable, si bien hay que matizar: es la única ciudad de Colombia con metro, y además muy moderno y bonito, pero su alcance hoy por hoy es bastante limitado (35 estaciones contra las, por ejemplo, 267 de Madrid) y en las horas punta el nivel de ocupación es tal que se vuelve casi inutilizable; los convoyes llegan tan cargados que a menudo es físicamente imposible meter una persona más, y no es raro tener que esperar al tercero o cuarto para intentar la proeza de encontrar un hueco. Funciona hasta las once de la noche (diez en fin de semana) y el precio es muy asequible, 1900 pesos por viaje (unos 80 cts.). Sin embargo, no hay máquinas para comprar billetes ni recargar la tarjeta magnética, por lo que si te has quedado sin recarga puede tocarte hacer una larga cola. Por supuesto, el rasgo más distintivo del metro de Medellín son las líneas de Metrocable, teleféricos que dan acceso a las cuadras altas, siendo vitales para su desarrollo.

Otro medio de transporte masivo es el taxi (apodado “la mancha amarilla”), que puede suponer fácilmente un tercio del tráfico de la ciudad; realmente es muy raro esperar más de un par de minutos para que aparezca uno libre. Casi todos son vehículos pequeños, normalmente de la marca Honda o Chevrolet, y la calidad del servicio es, lisa y llanamente, cuestión de suerte: igual te puede tocar un buen profesional con su GPS que uno que desconoce varias zonas de la ciudad y tienen que pararse a preguntar el camino a los peatones. Igualmente, algunos conducen bien y otros parece que estén en una persecución o en los coches de choque. Uno joven me llegó a decir que esa noche estaba conduciendo el taxi de su suegro, lo que da idea del control del sector. Las tarifas son MUY baratas: por 7000 pesos (unos 3 euros) puedes llegar a casi cualquier parte de la ciudad, y un trayecto realmente largo nunca superará los 12.000 pesos (4,8 euros). En los pueblos de Antioquia los taxis son escasos, siendo mucho más habitual el motocarro; también existe el “motorratón”, que no es ni más ni menos que una moto ejerciendo de taxi.

También están los autobuses, toda una historia. El bus estándar colombiano es mucho más pequeño que el europeo, recibe el nombre de “buseta” y normalmente sólo admite unas 15 personas sentadas y unas 10 más de pie. Si eres claustrofóbico NO DEBES cogerlos, a menos que sea una hora de muy poco tráfico. Lo más llamativo es su exterior, con una decoración de fantasía impensable en nuestro entorno cultural. Además de estar pintados de llamativos colores, las ventanas están ornamentadas por grandes adhesivos de vinilo con temática totalmente libre: puede ser una chica de anime, el logo de un equipo de la NBA o la cara de Pablo Escobar, aunque muy a menudo se trata temas religiosos, normalmente la virgen y sobre todo Jesucristo (es muy popular la representación de la película de Zeffirelli). Otro adorno popular son las larguísimas tiras de luces LED, que convierten a las busetas en todo un show nocturno. El trayecto es ligeramente más barato que el del metro, unos 1700 pesos.

Siguiendo con los buses, está la red Metroplús, compuesta por grandes autobuses articulados, que cuenta con su propio carril y apeaderos techados donde se pica el billete antes de subir. No obstante, debido a la existencia del metro, los buses grandes tienen mucha menos importancia que en Bogotá, donde operan bajo el nombre de Transmilenio. En la capital del país el movimiento de trabajadores depende totalmente de esta red, que se ha hecho tristemente famosa por la extrema sobreocupación de los vehículos y por numerosos episodios de tocamientos a mujeres. También están los buses que viajan entre ciudades, algo más grandes que las busetas pero menores que el típico autocar europeo, y el tipo más divertido: las chivas, que son ni más ni menos que vehículos festivos para beber y bailar. Es posible verlas en Medellín los fines de semana por la noche, aunque son bastante más habituales de las localidades turísticas.

El movimiento entre ciudades es complejo, sobre todo por la desconcertante inexistencia del ferrocarril en Colombia, al parecer por los intereses comerciales del transporte rodado durante el pasado siglo. Así pues, las únicas opciones son el autobús o el avión. El bus no es recomendable para los trayectos largos: en algunas partes del país las infraestructuras son pésimas, y el viaje desde la frontera Sur hasta Medellín (unos 960 kms.) puede demorarse… ¡21 horas! Así pues, la alternativa más razonable para distancias de más de 120 kms. es el avión, normalmente bimotores medianos, con un coste de entre 40 y 150 €, según el trayecto.

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Religión

Quizá la diferencia más llamativa de Colombia con España, y con Europa en general, es la forma en la que se vive el hecho religioso. Puede que España tenga fama de espiritual y ultracatólica, pero en la práctica es un país muy cercano al ateísmo. Los de mi generación (nacidos en los 70 u 80), ¿cuánta gente de vuestra edad conocéis que vaya a misa al menos una vez a la semana? ¿Dos, tres personas a lo sumo? Si nos vamos a los menores de 20, la cifra se reduce probablemente a cero. ¿Cuánta gente os menciona alguna vez a Dios, fuera de la ocasional discusión filosófica de bar? Las manifestaciones de fe suelen reducirse a portar un crucifijo, visitas a la iglesia en los cuatro actos sociales típicos –bautizo, comunión, boda, funerale- y la esperanza de la trascendencia de la carne.

En Colombia la religión, y más concretamente la fe católica, forma parte de la vida cotidiana de las personas. El signo más visible de esto es la enorme cantidad de imágenes religiosas que se pueden encontrar en cualquier parte, especialmente en las barriadas populares. En un sitio como San Javier es literalmente imposible caminar 100 metros sin encontrarte una imagen de la virgen María, ya sea en una propiedad privada o colocada por el municipio. A veces, estas figuras tienen una placa a los pies que reza “Virgen fiel, consérvanos en la fe católica”. Es muy frecuente santiguarse al pasar delante de ellas, y también frente a la iglesia. La otra imagen típica son los retratos de Jesucristo, que pueden encontrarse en una abrumadora mayoría de hogares, normalmente en distintas variedades del “sagrado corazón”.

Las misas tienen gran concurrencia a diario, con predominancia de personas mayores, pero sin que falten jóvenes e incluso adolescentes. Algunas personas la observan de rodillas desde el suelo. Además del catolicismo, hay varias sectas del cristianismo con numerosos seguidores, entre ellas los adventistas del séptimo día y los testigos de Jehová, que realizan un agresivo proselitismo, hasta el punto de que algunas familias colocan carteles en sus casas indicándoles que no les molesten (y por cierto, no es el único lugar del mundo donde este grupo intenta expandirse). Dios está presente en los saludos y las despedidas, en las conversaciones, en los lemas de diversas instituciones. Es parte totalmente indisoluble del país, aunque sea un estado laico, y el colombiano medio está absolutamente convencido de que Cristo rescatará su alma inmortal.

Por supuesto la Navidad se vive con enorme entusiasmo, y la población se entrega totalmente a sus tradiciones, empezando por las velas de colores a las puertas de las casas la noche de la Inmaculada, pasando por rezar las novenas en reuniones familiares y terminando por los alumbrados caseros, toda una competición por ver quién coloca los adornos más grandes y llamativos. Tema aparte son los cementerios, que trataré en la próxima entrega.

El habla

A menudo se dice que en Sudamérica se habla el español mejor que en España, noción que no sé muy bien dónde se origina. En Colombia la mayor parte de la población es media-baja, y eso se refleja en el lenguaje, que más que “bueno” o “malo” es popular, con lo que ello conlleva (aunque sí es cierto es que en esta zona del mundo sobreviven palabras extintas en España). La mayor ventaja que tiene aquí el idioma es la inexistencia del tuteo para los imperativos plurales, lo que evitar las trampas en las que cae el 80% de la población española, esos insufribles “sentaros”, “callaros”, etc. (aquí son siempre “siéntense”, “cállense”…). El tuteo existe, pero sólo en forma singular, y la oportunidad de su uso es realmente ambígua, aunque puede decirse que hace falta bastante confianza para usarlo, y que incluso novios y esposos, así como padres e hijos, se hablan de usted. Sin embargo, se usan invariablemente los términos coloquiales “papá” y “mamá”, siempre precedidos del pronombre posesivo, de modo que si un hermano le pregunta a otro cómo está el padre de ambos, usará la frase “¿cómo está mi papá?” Además de esto, en algunas zonas es frecuente el uso del “vos”, pese a la distancia con Argentina y Uruguay.

El nivel de dicción es variable, y si bien generalmente es correcto, alguna gente habla muy cerrado y cuesta realmente entenderla (eso sí, como ya dije el acento paisa es muy bonito). El diminutivo masculino es “ito”, y el femenino “eta”, de modo que se dice “buseta”, “cocineta”, “tocineta”… Una excepción son los nombres acabados en “n”, cuyo diminutivo es “ncho” (Juliancho, Rubencho, Ivancho…). Hablando de nombres, los de la gente están contaminadísmos por la influencia anglosajona, y además se transmiten de forma fonética, de modo que pueden escribirse de cualquier modo siempre que conserven el sonido. De ese modo, tenemos Yennifer-Jeniffer-Yénifer, Valery-Váleri, Wilfred-Vílfred, etc. Un nombre femenino particularmente desconcertante es Leidy, muy extendido por todo el país.

La coletilla más usada es “de pronto”, que se puede meter en cualquier frase y equivale aproximadamente a nuestro “a lo mejor”. Otra costumbre muy curiosa es el cambio de género de muchos sustantivos respecto a España, de modo que la banqueta se convierte en banqueto, la ficha en ficho y la bombilla en bombillo. Además, los verbos cuyo infinitvo acaba en “ear” se cambian invariablemente por “iar” (por ejemplo, “corretiar”), aunque creo que esta costumbre se considera vulgarismo. Aquí hay una lista (incompleta, por supuesto) de colombianismos que he recopilado:
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Banano – Plátano Sánduche – Sandwich Pantaloneta – Pantalón de deporte Chuzo – Pincho / Chuzada – Pinchazo Cilindro – Bombona
Rumba – Juerga / Rumbiar – Ir de juerga Tiquete – Billete o tíquet Gaseosa – Refresco sin alcohol (aunque no tenga gas) Con gusto – De nada Guayabo – Resaca
Solomito – Solomillo Afán – Prisa (Tener afán) Bien pueda – Adelante (imperativo) Hágale / Hágale pues – Venga Listo – Vale
Rico – Agradable, bonito Bacano – Guay, genial (También “ser un bacán”, para las personas) Trapeadora – Fregona / Trapiar – Fregar Bravo – Enfadado, cabreado Pelao, Chino – Niño
Cucho – Viejo, Anciano Tinto – Café solo Pitillo – Pajita (Se usa para remover el café) Saco – Chaqueta Trotar – Correr, hacer footing
Chévere – Genial Plata, Billete – Dinero (“Ganar mucho billete”) Malandros – Malhechores Parcero, Parce (pronunciando la “c” como “s” – Colega Dar papaya – Exponerse, caminar por sitios peligrosos

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Viviendo en Colombia, II

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Una típica construcción de Prado.

2ª Parte. Prado y el Centro de Medellín

Como relaté en la anterior entrada, despedirse de San Javier no fue nada sencillo, aunque mi perspectiva del barrio quizá estuviera algo edulcorada. Unos días después de mudarme a mi nuevo apartamento, volví al barrio para tomar un café con mi antigua anfitriona y agradecerle que me alquilara su piso mientras estaba de viaje. Durante la conversación, me contó que durante la época en que ella se trasladó al barrio solían escucharse por las noches las balaseras que se producían en las comunas altas. Aquello me parecían historias lejanas de la guerra contra el narcotráfico, pero ella me aclaró que apenas hacía dos años de aquello. Puedo decir que tuve suerte: ser visitado por cucarachas en la noche es molesto, pero imaginad que lo que te interrumpe en medio de la noche son disparos: me habría cagado vivo. Esto indica la radical diferencia de percepción que se puede tener sobre un lugar según le haya ido a uno en él: mientras que para mí San Javier sigue siendo un lugar entrañable y acogedor, la mayoría de los medellinenses lo asocia con el crímen y la muerte.

Ahora vivo en el barrio de Prado, fundado en los años 20 por empresarios colombianos, que ordenaron importar estilos europeos. Está situado sobre unas colinas bastante empinadas, y según se va subiendo, la pendiente puede hacerse realmente espectacular, difícil de remontar incluso para un coche. Es una zona residencial sin apenas tiendas, y por ello la atmósfera es totalmente distinta a los barrios populares; mucho más tranquila, pero también mucho más solitaria. El estilo arquitectónico es decididamente colonial, y algunas casas son realmente curiosas. Incluso he visto una que emula un templo egipcio, cuyo propósito aún me estoy preguntando; algunas construcciones podrían pasar por sedes de sociedades secretas. El entorno que rodea a esta zona antigua -conocida como Prado Centro- es muy desigual, según hacia dónde camines: por un lado tienes unas cuadras (manzanas) que son puro Gotham City, sobre todo de noche, y por otro la zona del Parque de los Deseos y el Jardín Botánico, una de las más agradables de Medellín. Pero esto es completamente típico de la ciudad: enclaves punteros y degradados pueden estar separados por apenas unas docenas de metros.

Prado es mucho más céntrico que San Javier, lo cual me ha permitido conocer mejor la ciudad y sus ambientes: desde agradables avenidas comerciales como la Playa o la calle 46 (más conocida como “la Oriental“) a auténticos hormigueros de “economía informal” (mercadillos), como San Antonio y El Hueco, pasando por las zonas de talleres mecánicos, extensísimas y por lo general espantosas estéticamente. Los peores lugares se caracterizan por la presencia de los “muertos vivientes”, mendigos semidesnudos y generalmente drogadictos, dedicados a las siestas callejeras -cualquier acera o trozo de hierba sirve- o al vagabundeo; aunque son inofensivos y la temperatura del país rebaja el drama de dormir en la calle, esto no impide la pésima imagen que proyectan. En las zonas más concurridas también hay mutitud de vendedores ambulantes, a la búsqueda de gente sentada a la que ofrecer sus productos. Uno de los puntos emblemáticos de la ciudad es el Parque Berrío, entre otras cosas por sus gran colección de estatuas de Botero (aunque no es un parque como se entiende en otras partes: en Colombia, esta palabra suele designar a cualquier plaza pública con cierta cantidad de vegetación). En general resulta difícil engancharse a estas zonas céntricas: el contraste arquitectónico y social es demasiado pronunciado, y tan sólo en barrios decididamente acomodados como El Poblado o Laureles existe una armonía equiparable a la de países más prósperos.


El parque de los Deseos, una de las zonas de ocio más populares.

Voy a volver a usar el formato de cápsulas para describir algunos aspectos claves de la ciudad y el país. Aclaro, eso sí, que son impresiones totalmente subjetivas, y que es tremendamente difícil formarse un retrato fiel de un país tras sólo unos meses de residencia: algunas realidades puedo haberlas malinterpretado, mientras que con otras simplemente no he tenido contacto.

La Seguridad

Empezar diciendo que en mis tres meses en Colombia no he tenido absolutamente ningún incidente, ni tampoco he sido testigo de ellos. Me he movido bastante y sólo recuerdo que me miraran con cierto recelo una vez. Ahora bien, siguiendo los medios de comunicación es patente que el país tiene un gravísimo problema de violencia. Los noticieros a menudo parecen crónicas de sucesos, los cuales se dividen en dos tipos. El primero son los de “sicariato”: tras la guerra del narcotráfico, los grandes clanes se dividieron en bandas criminales de tamaño variable -conocidas con la curiosa abreviatura bacrim-, a su vez divididas en grupos más pequeños o “combos”. Cada una de las bandas tiene una zona de dominio -generalmente localizada en cuadras altas-, donde existen las llamadas “fronteras invisibles”, un fenómeno que se explica por su mismo nombre: si la persona equivocada pasa por el lugar equivocado puede morir sin mediar palabra, víctima de un balazo del “vigilante” de la zona. La noticia suele estar redactada más o menos así: “Alias “Fulano”, de 1X años, fue arrestado ayer como autor de la muerte de Mengano en incidente de fronteras invisibles”.

Porque la trágica realidad es que la mayoría de integrantes de los combos son adolescentes, casi niños, una dramático disparidad con la extremada gentileza del antioqueño medio. A unos centenares de metros de donde un tendero o una camarera te hace sentir de maravilla con su amabilidad, puede haber un muchacho dispuesto a asesinar a alguien por cruzar una línea imaginaria. Es palpable que muchos en Antioquia aún veneran a Pablo Escobar, y aunque no obviaré la complejidad de un fenómeno como el narcotráfico, esta gente no parece entender que la época de los carteles (aquí la palabra no es esdrújula) es el germen de este terrorífico mal, que acerca a Colombia a ser un estado fallido incluso más que la guerrilla. Muchísimos comercios atienden a los clientes detrás de una reja metálica, y la presencia de la policía, cuando no directamente del ejército, es constante (sobre todo en “zonas calientes” como San Javier). Abundan también los vigilantes privados, solos o acompañados de perros (generalmente enormes Rottweilers). Aunque reina una apariencia de tranquilidad, la desconfiaza y la precaución son palpables.

El segundo tipo de crímenes habituales es obra de los guerrilleros, las malditas FARC. Su estado actual recuerda mucho al de la última ETA: en fase de disolución, pero dando los últimos coletazos en busca del mayor rédito político posible, con la inestimable colaboración de un gobierno empeñado en liquidar el conflicto por la vía rápida, por más indigna y venenosa para el futuro que sea. Las negociaciones se están desarrollando el la Habana -lugar neutral donde los haya-, y entre las reivindicaciones de los matones están que se les reconozcan los años de guerrilla como válidos para obtener pensión y que se considere el narcotráfico “delito político”, de modo que los condenados por el mismo puedan presentarse a las elecciones. A juzgar por la actitud del presidente Santos, ese día no parece muy lejano.

Santos es el “Rajoy” de Álvaro Uribe, anterior presidente de la república. Este último es el político más importante del país en las últimas décadas y, como Franco en España, no existe un colombiano que no tenga opinión sobre él, a favor o en contra. Aunque se reconoce universalmente que puso a las FARC de rodillas, se le acusa de liderar bajo cuerda al “bando contrario”, los paramilitares o “paracos”, terratenientes organizados para defender sus propiedades de la guerrila que al parecer acabaron volviéndose casi tan malos como ellos, convertidos en pequeños reyezuelos. La principal actividad de estas FARC agonizantes es quemar coches de civiles, aunque también mataron hace poco a dos indígenas por arrancar una pancarta propagandística de su pueblo, y han reanudado los secuestros de militares. En cuanto a la delincuencia común, mi percepción es que es muy frecuente pero también muy localizada. Ciertas zonas delatan simplemente con su aspecto que no es muy inteligente meterse por ellas, especialmente por la noche, y posiblemente la gente que es atracada no tiene más remedio que pasar por las partes peligrosas. Señalar que en Bogotá se están produciendo numerosos homicidios por un motivo tan pueril como el robo del teléfono móvil, lo cual nos indica la gravedad de esta lacra en el país.

El civismo

Las costumbres cívicas antioqueñas recuerdan mucho a las de la España de hace décadas. Podría definirse el tráfico de Medellín como el completo opuesto de Nueva York: el vehículo es el que manda y el que tiene la prioridad. Coches, motos y buses circulan tan rápido como pueden, con pocas ganas de frenar. Muchos cruces de peatones carecen de semáforos, y en algunas zonas estos son simplemente “indicativos”: hay que cruzar muy vivo y asumiendo el riesgo. Pero aunque al principio pensé que vería atropellos a menudo, todavía no ha ocurrido; supongo que existe un equilibrio dentro del caos. Medellín es además es una ciudad extremadamente ruidosa, es buena parte por culpa del uso del claxon a la menor excusa. A menudo, éste sirve de “llamador” sustitutivo: cuando un coche o moto llega a recoger a alguien a una casa, el conductor pita repetidamente para avisar de su llegada, en vez de hacer una simple llamada con el móvil, algo realmente irritante ( que en el piso de San Javier pasaba unas 25 veces al día).

En línea con esto, si te toca un vecino “rumbero” tu descanso puede estar en grave peligro: no es muy extraño que se monten jaranas hasta altas horas de la madrugada, con la aceptación resignada del vecindario; puedes llamar a la policía para que intervenga, pero si ellos pasan por la calle y oyen ruido no harán nada de oficio, por tarde que sea o intensa que sea la fiesta. La verdad es que esto en Prado Centro no ocurre, pero sí tengo unos vecinos abajo que son incapaces de hablar: sólo saben comunicarse a gritos (aunque no están enfadados), radiando su vida durante unas diez horas diarias. En esta parte del mundo también persiste la detestable práctica de manipular los escapes de las motos simplemente para que hagan más ruido, algo aún no prohibido por la ley. Como ya he comentado, el antioqueño es encantador, pero en estos aspectos no le vendría nada mal “europeizarse”.

Las mujeres

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Las dos de la izquierda son paisas bastante típicas.

Me cuesta bastante aceptar la idea de que en ciertos países hay un mayor porcentaje de mujeres bellas; lo que sí pienso es que cada nación tiene un tipo de guapa característica que llama la atención sobre las demás (este efecto se diluía en Nueva York, ciudad donde, por su infinita mezcla, el único factor homegenizante era el pijismo, y en la que si acaso destacaba un producto importado, la asiática ultra-arreglada). Antioquia presenta gran variedad de mujeres, sobre todo en lo relativo a colores de piel, desde el negro total al blanco europeo, con predominio de una tonalidad ligeramente tostada, a veces de forma casi imperceptible; y lo que yo llamaría belleza paisa típica vendría a ser una mulata tirando a blanca más que a negra o indígena (pero más morena que las de la foto de arriba), de formas rotundas pero cuerpo muy estilizado y facciones casi europeas, pero con un innegable toque tropical. Suelen pintarse los labios de rojo y darse algo de colorete en las mejillas, potenciando su color tostado de piel. Son niñas francamente bonitas y muy llamativas. Por supuesto, en el país existen las mujeres tipo Sofía Vergara y las de los concursos de belleza, pero eso no dejan de ser físicos prácticamente europeos.

La paisa suele tener el pelo muy bonito y opta casi universalmente por la melena larga, a menudo recogida en una trenza. Predomina muchísimo el color negro y las rubias son muy escasas, aunque los tintes son muy populares, sobre todo las mechas blanco platino. El top es prenda muy habitual entre las menores de 25, con el complemento casi imprescindible del pantalón vaquero, generalmente corto y decolorado total o parcialmente; también es muy popular el deshilachado. Una costumbre muy sexy de la niña paisa es guardar el teléfono móvil en la parte delantera de la cintura del pantalón. Los piercings están mucho menos extendido que en España, pero existe una fiebre del tatuaje femenino, llevando a las chicas menos juiciosas a cubrirse buena parte de un brazo o de una pierna, y a tatuarse incluso el pecho. Hay un tipo de chica (el equivalente a la “choni” española que gusta de ponerse un maquillaje de varios colores muy llamativo, generalmente acompañado de ropa en tonos fluorescentes.

Otra característica de la paisa es que suele ser más pechugona que la europea, y la que no lo es de forma natural a menudo se opera. También abundan los grandes traseros, algunos hipertrofiados, pero otros proporcionados y muy bonitos. De hecho, diría que aquí existe toda una cultura del culo, y se trata constamente de llamar la atención hacia él (con pantalones ajustados o de realce, adornos cosidos en los bolsillos traseros…). Lamentablemente esto tiene algunos efectos negativos, como la aberrante operación de glúteos, casi inexistente en Europa Pero la mayor arma de la paisa no es su pecho ni su trasero: es su acento al hablar, muy diferenciado del de los varones y bastante difícil de imitar. Tiene una cierta similitud con el gallego -algo soñoliento, arrastrando mucho las palabras- y es de una extrema dulzura; probablemente el más bonito que haya oído. Si me es posible os pondré algún vídeo donde se escuche.

Es imposible obviar la relación de la colombiana con la maternidad, absolutamente opuesta a la existente en Europa: aquí los hijos no se consideran una carga, ni se da mil vueltas a la cabeza para tenerlos. Ser madre antes de los 20 es totalmente habitual, y después de los 15 no es ninguna rareza ni supone ningún estigma. No intento obviar que muchos de estos hijos se tienen de forma inconsciente o irresponsable, ni que el problema de la falta de padre es gravísimo y muy extendido, pero con la mano en el corazón: entre dos males, prefiero esta mentalidad a la europea, las madres de 20 consagradas a sus hijos que las de 40 que dieron lo mejor de sí a su empresa. Los hijos son responsabilidad y trabajo, pero también alegría y vida, dos características que impregnan este país. Me dicen que algunas madres solteras están locas por pillar cualquier marido (y si es de fuera mejor), pero no he notado que ser extranjero suponga una enorme ventaja con las colombianas. En general son mucho más dulces y receptivas que las europeas, pero si alguien espera que caerán rendidas a sus pies sólo por el factor exótico se decepcionará. Otras dificultades añadidas son un acentuado catolicismo y un nivel sociocultural a menudo bajo.

Para acabar con las paisas, mencionar que todos -o casi todos- los colegios del país son de uniforme (generalmente a cuadros para las chicas), lo que propicia poder ver multitud de colegialas caminando por las calles casi a cualquer hora (uno se pregunta cuándo estudian). La jovencita tropical se desarrolla algo antes que la europea, generando la bella estampa de estas niñas-mujeres imposibles de clasificar en una condición u otra.
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Viviendo en Colombia, I

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La Carrera 99.

1ª Parte. San Javier (Medellín)

Tras mi estancia en la apabullante Nueva York me dirigí al Sur del continente, concretamente a Medellín, capital del departamento de Antioquia (no Antioquía) y segunda ciudad de Colombia. Al subir al avión es donde empecé a sentirme en el universo latino: un asistente de cabina bienvenida por los altavoces al vuelo dirigido “a República Dominicana”, provocando gran susto, para a continuación partirse de risa y aclarar que era una broma, algo que probablemente se ve en pocas rutas aéreas del mundo. El aeropuerto José María Córdova es muy chiquitito, pese a los casi 4 millones de habitantes del área metropolitana. Mi forma de llegar a la ciudad fue un taxi colectivo, un transporte curioso, económica y que incluso permite socializar. Fui recibido en la ciudad por un amable local que se había ofrecido a guiarme, y tras un breve trayecto en Metro llegué al barrio que sería mi hogar durante las siguientes seis semanas: San Javier, en el extremo occidental de la ciudad.

La amiga que me consiguió el piso me había dicho que era una zona “no muy lujosa, pero que así conocería el Medellín auténtico”. Y tenía toda la razón: San Javier, también denominado Comuna 13 (de las 16 en que se divide la ciudad), es una “cocina del infierno”, como las que existen en muchas zonas ciudades a lo largo del planeta. Un sitio infinitamente humilde, no muy limpio, no especialemente bonito a primera vista… y maravilloso. Claro que mi primera impresión no fue muy favorable, más bien pensé: “Joder, esto es un agujero”. Me encontraba, básicamente, ante el reverso de la la Gran Manzana: Colombia tiene muchas cosas buenas, pero una de ellas no es la arquitectura. Se construye donde se puede y como se puede, y muchas casas que en Europa se considerarían infravivienda son totalmente normales aquí, incluso en calles más o menos principales. Es frecuente dejar las fachadas de las casas, e incluso las paredes interiores, en ladrillo visto, sin darles siquiera una capa de yeso.

Claro que todo tiene niveles, como veréis a continuación. Medellín está en el centro de un valle, totalmente rodeada de montañas más bien altas (2500 metros de media), lo que la convierte en una ciudad sin horizonte; podría no existir nada en el universo más allá de esas elevaciones -al estilo de “El Show de Truman”- y los de dentro no se enterarían. Pero esas montañas, pese a ser muy verdes, no son naturaleza virgen, sino que están cubiertas casi por completo de viviendas, y en general se cumple la regla de que, cuanto más alta se encuentra una comuna (barrio), más degradada está y más peligrosa es. En algunas de hay asesinatos casi todas las semanas. Esto lo ilustra perfectamente el sistema gubernamental que califica la calidad de las viviendas por estratos, con el Estrato 1 significando básicamente “Mierda” y el Estrato 6 “Lujo”. En las comunas altas una casi todas las casas son de Estrato 1, y las fachadas enyesadas son casi inexistentes. Construidas sobre empinadísimas laderas, la vida allí es cuesta arriba en el sentido más literal. Ocupan cientos y cientos de hectáreas, y forman un anillo alrededor de Medellín sólo roto por unos pocos raros barrios ricos en altura y alguna mancha verde. Por la noche, forman un extensísimo y envolvente tapiz de luces fascinante y ominoso.


La noche en San Javier

San Javier tiene un 60% de viviendas de Estratos 1-2 (que imagino son las de las colinas), y un 35% de estrato 3. Arriba todo es como acabo de describir, pero la parte baja, pese a todas las estrecheces, es un lugar que se aprende a amar, pese a aquellos primeros días en los que, cuando veía a los niños entrando a las guarderías pensaba “pobrecillos, tener que crecer en un sitio así”. Lo que te acaba ganando de este sitio es su prodigiosa vida callejera, algo tan difícil de encontrar en Europa salvo en contados sitios, y que yo no experimentaba desde hace muchísimos años. Desde las seis de la mañana hasta las 9 de la noche las calles bullen de vida, gracias al benigno clima y a la inabarcable actividad comercial de los vecinos. En cuanto uno pisa la Carrera 99, columna vertebral del barrio, se ve rodeado por un sinfín de sonidos, imágenes y gentes que asaltan los sentidos. En otras manzanas del barrio se ven a veces grandes ollas frente a las casas, cociendo guisos sobre piras de leña, y varios vecinos tienen gallinas sueltas, que por algún motivo no se escapan. En muchas formas es como viajar varias décadas al pasado.

Una de las características más pronunciadas de los colombianos, y que más les diferencian de los españoles, es su indomable afán de trabajo, sean cuales sean sus capacidades o circunstancias. Si no tiene quien le emplee, se echa a la calle y monta un puesto para vender absolutamente cualquier cosa, ya sea comida rápida, fruta, bisutería, zumos, ropa, dulces, tabaco… los que ni siquiera tienen eso son capaces de coger los tratos que les sobren en casa e intentar colocarlos, y hay muchísimos que ofrecen una mercancía inmaterial: minutos de llamadas teléfónicas, típicamente anuciándolos con un cartelón que reza “200 pesos el minuto a cualquier operador”. Si uno pasa cerca de uno de estos puestos de venta o les dirige una mirada, su encargado a menudo saltará como un resorte, exclamando: “¡a la orden!” Muchos de los puestos son móviles, y sus dueños los desplazan ofreciendo las mercancías a voz en grito o con un micrófono, valiéndose de una batería. Algo muy curioso es que existe una “voz de vendedor” específica, muy nasal y peculiar, que podéis escuchar varias veces en el vídeo que hay bajo estas líneas, tomado cerca del metro, una de las zonas de más actividad.

Los que tienen más posibles ponen sus negocios en locales, sin que la juventud suponga impedimento para ser emprendedor: las salas de internet y las peluquerías típicamente están regentadas por veinteañeros, algunos de los cuales matan los ratos en los que no tienen clientes jugando con consolas o escuchando reguetón; el trabajo y el ocio no son incompatibles. Así pues, aquí el concepto de “nini” es casi impensable, y aquel que tiene manos y voz (incluso si está en una silla de ruedas), si no estudia o no opta por la mendicidad, trabaja. Ya sea en un puesto o en un local, por lo general es un placer comprar algo a un antioqueño (o paisa, un término mucho más habitual). Ellos mismos se describen como gente “muy querida”, y se conducen con extremdada gentileza tanto en las relaciones personales como en las comerciales; piensen en un andaluz multiplicado por diez y sin hacer chistes. Cuando un cliente les da las gracias, la respuesta es “con gusto”, añadiendo a veces “y siempre a la orden”. A menudo sonríen al oír el acento español, que muchos no logran identificar, y preguntan si uno está “pasiando” (de turismo). Resulta extremadamente fácil trabar conversación y amistad con ellos. De las cosas buenas que tiene Colombia, sin duda la gente es su capital más preciado, y su mayor esperanza de llegar a ser una gran nación.

El dinero

La moneda es el peso colombiano, que hoy día es menos de una milésima de euro; la forma más eficaz de hacer el cambio mentalmente es pensar que 10.000 pesos son 4 euros. Si se llega con un sueldo europeo el dinero cunde mucho: por ejemplo, una comida tipo menú cuesta algo menos de 4 euros, un viaje en metro 80 céntimos, una entrada de cine 3,5 €, un kilo de mandarinas 90 céntimos, un kilo de plátanos 50 céntimos, un viaje promedio en taxi 3 euros, una camiseta en un hipermercado 7 euros y un pantalón 12. Alquilar un piso depende mucho de la zona y el estrato; en un sitio como San Javier, un pequeño apartamento no amueblado puede tener una mensualidad tan pequeña como 100 euros, pero si nos vamos al exclusivo barrio del Poblado será muy difícil encontrar uno por menos de 800-1000 €; las zonas ricas de todos los países forman una única nación llamada “pijolandia”.

El clima

Colombia está atravesada por el Ecuador, lo cual le da un clima extremadamente estable, en el que no existen las estaciones tal como nosotros las conocemos (menos aún en Medellín, apodada “ciudad de la eterna primavera”): a lo largo del año, la temperatura se mueve en una horquilla de 15-33º, con rarísimas excepciones. Esto hace al paisa muy sensible al frío y el calor, y en cuanto se sobrepasan los 30º es muy frecuente que las mujeres salgan a la calle con un paraguas que ejerce de parasol. Del mismo modo, cualquier clima inferior a los 18 grados y con nubes o lluvia se denomina “invierno”, algo que inevitablemente provoca la sonrisa en quien ha aguantado muchos crudos inviernos a la europea. Muchos colombianos nunca han visto la escarcha, y mucho menos la nieve, aunque tampoco puede decirse que no exista la época fría, que coincide precisamente con estos meses: de hecho, desde que llegué ha llovido el 80% de los días, a menudo en cantidades torrenciales. Algo que distingue a las tormentas de aquí son los truenos, de un volumen realmente brutal, como si la tierra estuviera siendo martilleada por el mismísimo dios Thor.

Otra peculiaridad ecuatorial es que el día y la noche duran casi lo mismo todo el año: a las 5 y media de la mañana amanece y a las cinco y media de la tarde empieza a ponerse el sol. La hora solar va adelantada respecto a España, y a las 7 es prácticamente mediodía, con una enorme actividad en las calles, aunque muchos comercios no abren hasta las ocho. Puede decirse que todo se hace hora y media o dos horas antes de los horarios habituales en nuestro país (trabajo, comidas, etc.). Las montañas restan al menos media hora de luz solar por la mañana y al atardecer.

La comida

La gastronomía antioqueña difícilmente puede sorprender a un español, puesto que casi todos los platos provienen de Castilla y Extremadura, regiones de los primeros colonizadores de estas tierras. Así, encontramos el chorizo asado, el chicharrón, el churrasco, las alubias pintas (aquí denominadas frijoles), el pollo asado… el plato más típico es la “bandeja paisa”, también denominada “bandeja” a secas o “corrientazo”, omnipresente en los locales de comida. Suele consistir en una carne o pescado rebozado, acompañada de una generosa cantidad de arroz, alubias, papas fritas, una tira de plátano cocinado, una arepa y un poquito de ensalada (que aquí suele ser algo de lechuga y mucha ralladura de zanahorias, totalmente empapadas en una salsa blanca). Para formar el “almuerzo” completo, la bandeja suele ir acompañada de un entrante, típicamente una sopa de patata (“mondongo”) o de carne cocida (“sancocho”), más la bebida, que aquí se denomina “sobremesa” y suele ser una limonada o una especie de jugo de arroz denominado “claro”. La bandeja se acompaña siempre un trozo de limón (que aquí es verde y no amarillo) para sazonar la carne o el pescado. Realmente es imposible terminarse un almuerzo y quedarse con hambre, pagando además muy poco dinero (entre 7000 y 10.000 pesos, 3-4 €).

La mayor diferencia con la gastronomía europea es que el pan se usa sólo si uno quiere hacerse un “sánduche” (sandwich), y los hidratos de carbono son proporcionados por el arroz y el maíz; este último es la base de una de las instituciones culinarias del país: las empanadas y “pasteles”. La empanada básica suele estar rellena de patata y algo de carne, y también las hay de arroz y carne, y sólo de carne; su envoltura de maíz frito les da una textura crujiente muy agradable. El “pastel” de pollo consiste en pollo troceado o desmechado con una cobertura blanda de maíz, y es realmente muy rico (uno de mis bocados favoritos), mientras que el pastel de pescado consiste en un filete de pescado seco o a la plancha, sin espinas y rebozado. También son típicos la patata cocida y rebozada y el pastel relleno de huevo duro. Estos alimentos pueden encontrarse casi en cualquier sitio, y uno se llega a preguntar si los elaboran en grandes fábricas y luego los descongelan, pero yo he visto hacerlos en la calle, así que imagino que simplemente son recetas muy, muy populares. Y una vez más, económicas: una empanada y un pastel de pollo te quitan perfectamente el hambre, y difícilmente costarán más de 3200 pesos (1 €) entre las dos.

La arepa se incluye en prácticamente cualquier comida, y es lisa y llanamente una torta redonda de maíz, generalmente sin sal, y de tamaños variables. Si acompaña a una bandeja paisa o a un pollo asado suele ser pequeñita y ofrecida en pareja, mientras que si te la dan con algo tipo pastel de pescado o chorizo asado es grande. También son típicas las brochetas de carne o cerdo, aquí designadas con el arcaicismo español “chuzo”; las hamburguesas a la colombiana, que son muy abundantes e incluyen patatas chip y “tocineta” (nuestra panceta); y el sofisticado plato de “haute cocine” salchipapa, consistente en patatas fritas con trozos de salchicha. El pollo es muy popular, ya sea asado o “apanado”, variedad esta última que se suele sazonar a chorro con las tres salsas estándar (ketchup, mahonesa y rosa, me parece), a menos que uno indique lo contrario. Todo puesto callejero tiene enfrente unos “banquetos” (taburetes) de plástico en los que puedes sentarte a que terminen de preparar la comida y consumirla ahí mismo si quieres, acompañada de una bebida opcional. Aunque todos los platos descritos son ricos y están bien hechos, casi todos son bombas calóricas, y quien quiera llevar una dieta algo más ligera realmente lo tendrá difícil, a menos que busque mucho.

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Como ya he superado con mucho la longitud normal de una entrada, dejaré para la siguiente entrega otros aspectos cruciales para entender Colombia, tales como la religión, el transporte, la seguridad ciudadana o las mujeres. Lo que sí os puedo contar es que mes y medio después de mi llegada a San Javier estaba totalmente integrado y feliz en el barrio, hasta el punto de que me daba casi igual la falta de agua caliente, los vecinos escandalosos, las motos dando por saco y las hermosas cucarachas que a veces me visitaban por la noche. Realmente me rompió el corazón abandonarlo. En el próximo capítulo relataré mi traslado a una zona más céntrica de la ciudad, y cómo transcurre la vida por allí.
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