Vivir en Colombia, IV

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Dicen que en la vida hay que ir siempre hacia arriba, y eso es precisamente lo que yo hice. Atrás quedó Prado Centro, donde pasé más de dos meses, para trasladarme al barrio de Villa Hermosa, a sólo unas calles de distancia, pero mucho, mucho más arriba. Entre ambas casas, un viaje a la costa Caribe que relataré en el quinto y último capítulo de esta serie. Desde las alturas Villa Hermosa se ve casi toda Medellín, e incluso una puesta de sol más que aceptable en esta ciudad cercada por montañas. Aunque está a apenas 15 minutos caminando de la Avda. de la Playa -una de más concurridas y bonitas vías de la ciudad-, el da una impresión de mundo aislado y autocontenido, apto para pasar una temporada casi contemplativa, realizando balance de este viaje que muy pronto tocará a su fin. Hay varios aspectos tremendamente interesantes del país que aún no he comentado, y que paso a compartir con vosotros.

El fútbol

Celebración en las calles de los hinchas de nacional

La afición por el deporte rey en Colombia es desmedida, mucho mayor que en la España actual, y seguramente de cualquier época; puede considerarse con toda justicia la segunda religión del país. En Medellín los equipos relevantes son Nacional, Nacional y Nacional (Atlético Nacional de Medellín), y su zamarra verdiblanca es probablemente la prenda más usada de la ciudad, ya sea original o pirata, de esta temporada o anteriores. Los seguidores del segundo equipo en importancia, Independiente de Medellín (alias “El poderoso”) son tremendamente fanáticos, pero la diferencia de número entre ambas aficiobes es abrumadora, fácilmente de 8 a 1. Nacional es, además, el “Real Madrid” colombiano, el único club con seguimiento en todo el país (generalmente hay mucha fidelidad al equipo local) y el más laureado de las últimas décadas. Su nivel internacional, no obstante, es bajo, y no suele llegar lejos en la Libertadores, aunque el año pasado alcanzó final de la Copa Sudamericana -una especie de Europa League-, que perdió a doble partido con River Plate.

Nacional e Independiente comparten estadio, el Atanasio Girardot, que forma parte de un céntrico complejo polideportivo. Tiene una capacidad de 46.000 espectadores, aunque da la impresión de ser mucho más pequeño que el Bernabéu. A nivel de animación tiene dos “barras”: una de unos 5.000 componentes, que ocupa todo un fondo y viste de blanco, y otra mucho más pequeña e informal en el fondo opuesto, de unos 100 componentes. Antes de cada partido todos los espectadores cantan el himno del club brazo en alto, y hay cánticos predeterminados cuando se marca un gol y cuando se señala penalti, coreados por todo el estadio.

Hablo literalmente cuando digo que el fútbol aquí es una religión, como sólo puede serlo entre seguidores con un nivel socioeconómico bajo o muy bajo, con unos horizontes que a menudo no van más allá del marcado por el Girardot. Tanto es así que muchos de estos hinchas hacen grabar el escudo del equipo en la lápida de su tumba, por increíble que parezca (luego más sobre esto). A veces hay graves problemas de violencia, aunque actualmente parecen bastante controlados. No obstante, en mis primeras semanas aquí un “pelao” de Nacional murió apuñalado por una pandilla de simpatizantes de Independiente,y para evitar problemas no está permitido ingresar al estadio con la camiseta de ninguno de los equipos que juegan (aunque algunos se las apañan para meterla).

Cuando he dicho que aquí sólo existe Nacional, por supuesto estaba obviando una de las grandes obsesiones del país: la Selección Colombia. Cualquier simple amistoso se sigue con el interés que en Europa suscita un superclásico, y no digamos ya los partidos oficiales. Imaginad mi divertida sorpresa cuando, en un amistoso disputado a las cuatro de las tarde contra USA, un postrero gol colombiano se celebró como si se hubiera sido anotado en la fase final de un Mundial. Existen algunos colombianos a los cuales la selección le es indiferente, pero, como ocurre con la religión de las iglesias, es un porcentaje muy reducido, y la camiseta amarilla es la segunda piel del país, para hombres y mujeres. En cuanto a las camisetas de clubes de otros países, es posible ver bastantes de Barcelona y Real Madrid, con alguna predominancia de la primera (aunque esto se está equilibrando tras el fichaje de James por los blancos), pero raramente son prendas originales. Los clubes no colombianos ni españoles tienen una presencia meramente testimonial.

La naturaleza

En esta región del mundo no hay que esforzarse porque las plantas crezcan; lo difícil es evitar que lo hagan. Así, en cualquier rincón de la ciudad crecen palmeras y muchas otras especies de exuberantes árboles. Sin embargo, en otras partes el verde está casi erradicado, y de hecho los parques al estilo europeo son una rareza. La gran excepción es el Jardín Botánico, situado cerca de Prado, una micromuestra de la exuberante naturaleza colombiana. En él pueden verse especímenes de las muchas y maravillosas aves que pueblan la nación, así como de sus excepcionales mariposas y de las muy populares iguanas, lentas pero excelentes trepadoras (ver recorrido subjetivo aquí). Otra excepción es el Parque Arví, que no forma parte de la ciudad propiamente dicha, y al que sólo se puede llegar tras un largo trayecto en Metrocable. Se trata de una extensa reserva boscosa con vegetación casi totalmente europea, lo que puede verse como una ventaja o una desventaja.

En cuanto a la naturaleza salvaje, tuve ocasión de conocerla gracias a la generosidad de mis anfitriones en Prado, quienes me invitaron a su finca en la localidad de San Rafael, a 114 kms de Medellín. Se trata de una zona exuberante, montañosa como casi todo el país, cuya naturaleza sufrió primero por la ganadería -la cual convirtió los montes en potreros (cercados para la cría de ganado)- y luego por la guerra del narcotráfico, que dejó la zona medio arrasada. Hoy día, no obstante, está muy regenerada, y la finca que visité había revertido a un estado selvático casi virgen. También está la región amazónica, en el sur del país, que no he podido visitar.

La universidad

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Lo ultimísimo en teoría política.

Como ya he mencionado alguna vez, Colombia tiene un potencial casi infinito, pero para desarrollarlo debe dar algunos saltos decisivos de progreso, y uno de ellos es optimizar su educación. La universidad de Antioquia pasa por ser una de las mejores del país, y realmente no quiero imaginarme cómo serán las peores, porque seguro que hay mítines de Izquierda Unida y Podemos con más pluralidad ideológica que en esta malhadada institución. Fue simplemente desolador entrar a visitarla y encontrarme con una colección casi infinita de grafitis dedicados a los tótems y lemas más rancios de la izquierda radical, caducados hace como mínimo medio siglo, sin faltar los imprescindibles “mártires asesinados por la brutalidad policial” (ver ejemplos aquí, aquí, aquí, aquí y aquí).

Ése es el ambiente en el que deben desarrollarse las mentes que liderarán el país en el futuro. ¿A alguien puede extrañarle que hoy día, esta universidad sea casi más conocida por sus constantes movilizaciones y algaradas que por su nivel académico? Imagínense nuestra Complutense multiplicada por cinco, y sin el entorno europeo para amortiguar. Tampoco faltan las agresiones a profesores, ni más de un centenar de atracos anuales. Latinoamérica lleva décadas entrando y saliendo del totalitarismo comunista, y es un peligro muy lejos de disiparse; tan sólo el descomunal fracaso de Venezuela y la sangre derramadas por las FARC ejerce a día de hoy de vacuna efectiva, pero no permanente.

Las motos

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Los vehículos de dos ruedas le disputan a los taxis la supremacía del tráfico en Medellín. Es una ciudad con miles y miles de motos, que tienen la curiosa costumbre de circular en grupo aunque sus conductores no se conozcan, y con el mismo desprecio hacia el peatón que los coches; aquí el motor siempre tiene prioridad. Se suele circular con casco, aunque tampoco es una condición sine qua non, y en algunas zonas se prescinde de él casi por completo. Es el caso de Moravia, una barriada popular, llena de billares, bazares y pequeños bares (qué frase tan musical), por cuyas estrechas calles circulan multitud de jovencitos y jovencitas en scooters. Está prohibido llevar paquete (“parrillero”) en la ciudad, a menos que sea padre, hijo o hermano (auténtico).

La popularidad de la moto es comprensible por su baratura y capacidad para moverse por un tráfico infernal, pero tiene efectos terriblemente perniciosos. Para empezar, muchas son horriblemente ruidosas (a menudo de forma deliberada), pero lo peor es que el mantenimiento que requieren ha convertido a Medellín en, probablemente, la ciudad con más talleres mecánicos de la Tierra. Estos ocupan docenas de hectáreas, y ciertamente no transmiten una imagen bonita: la mayoría son sucios, viejos y descuidados, y lo peor es que ocupan enormes zonas del centro, pegados a puntos neurálgicos como el Parque Berrío. Son sin duda el mayor problema urbanístico de la ciudad junto con la infravivienda, y Medellín no dará el salto a la modernidad hasta que los reorganice de algún modo.

La muerte

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Uno de los lugares más famosos de Prado Centro es el “Cementerio Museo” de San Pedro, considerado de gran valor artístico, y en el cual se celebran actos culturales regularmente. En sus cercanías hay muchos negocios dedicados a una singular industria del país: las lápidas. Un nicho colombiano puede ser como los europeos, cubierto por una placa de mármol con el nombre del finado y una dedicatoria de su familia, pero muchos optan por un modelo muy diferente, con textos e imágenes en color impresos en metacrilato. La composición siempre incluye una foto de la persona fallecida, y suele ir acompañada de motivos religiosos, pero también puede tener un simple paisaje de fondo o lo que se quiera. Como mencioné antes, en muchas de ellas se incluye el escudo del equipo del fallecido (ejemplos aquí y aquí).

Desde luego, estas lápidas son tremendamente chocantes al principio. Uno no está acostumbrado a que un muerto lo mire desde su tumba, y para una mentalidad europea es algo un tanto exhibicionista. No obstante, tras un periodo de reflexión adquiere cierta lógica: al fin y al cabo, es algo mucho más personal que una fría piedra, y nos recuerda que un muerto no es un simple nombre, sino alguien que fue muy real, y que muchos se fueron en la flor de la vida, algunos como simples adolescentes. Otras singularidades son incluir el mote del fallecido en la lápida, o que en la foto aparezca la persona bailando en plena rumba. ¿Quién sabe si llegaremos a ver este tipo de lápidas en nuestro entorno? Lo del escudo del equipo puede parecer demasiado, pero sinceramente no pondría la mano en el fuego por que no lleguemos a hacerlo.
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Viviendo en Colombia, III

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Parte 3: Transporte, religión y habla
Transporte

Si nos ceñimos a Medellín, el transporte es más que aceptable, si bien hay que matizar: es la única ciudad de Colombia con metro, y además muy moderno y bonito, pero su alcance hoy por hoy es bastante limitado (35 estaciones contra las, por ejemplo, 267 de Madrid) y en las horas punta el nivel de ocupación es tal que se vuelve casi inutilizable; los convoyes llegan tan cargados que a menudo es físicamente imposible meter una persona más, y no es raro tener que esperar al tercero o cuarto para intentar la proeza de encontrar un hueco. Funciona hasta las once de la noche (diez en fin de semana) y el precio es muy asequible, 1900 pesos por viaje (unos 80 cts.). Sin embargo, no hay máquinas para comprar billetes ni recargar la tarjeta magnética, por lo que si te has quedado sin recarga puede tocarte hacer una larga cola. Por supuesto, el rasgo más distintivo del metro de Medellín son las líneas de Metrocable, teleféricos que dan acceso a las cuadras altas, siendo vitales para su desarrollo.

Otro medio de transporte masivo es el taxi (apodado “la mancha amarilla”), que puede suponer fácilmente un tercio del tráfico de la ciudad; realmente es muy raro esperar más de un par de minutos para que aparezca uno libre. Casi todos son vehículos pequeños, normalmente de la marca Honda o Chevrolet, y la calidad del servicio es, lisa y llanamente, cuestión de suerte: igual te puede tocar un buen profesional con su GPS que uno que desconoce varias zonas de la ciudad y tienen que pararse a preguntar el camino a los peatones. Igualmente, algunos conducen bien y otros parece que estén en una persecución o en los coches de choque. Uno joven me llegó a decir que esa noche estaba conduciendo el taxi de su suegro, lo que da idea del control del sector. Las tarifas son MUY baratas: por 7000 pesos (unos 3 euros) puedes llegar a casi cualquier parte de la ciudad, y un trayecto realmente largo nunca superará los 12.000 pesos (4,8 euros). En los pueblos de Antioquia los taxis son escasos, siendo mucho más habitual el motocarro; también existe el “motorratón”, que no es ni más ni menos que una moto ejerciendo de taxi.

También están los autobuses, toda una historia. El bus estándar colombiano es mucho más pequeño que el europeo, recibe el nombre de “buseta” y normalmente sólo admite unas 15 personas sentadas y unas 10 más de pie. Si eres claustrofóbico NO DEBES cogerlos, a menos que sea una hora de muy poco tráfico. Lo más llamativo es su exterior, con una decoración de fantasía impensable en nuestro entorno cultural. Además de estar pintados de llamativos colores, las ventanas están ornamentadas por grandes adhesivos de vinilo con temática totalmente libre: puede ser una chica de anime, el logo de un equipo de la NBA o la cara de Pablo Escobar, aunque muy a menudo se trata temas religiosos, normalmente la virgen y sobre todo Jesucristo (es muy popular la representación de la película de Zeffirelli). Otro adorno popular son las larguísimas tiras de luces LED, que convierten a las busetas en todo un show nocturno. El trayecto es ligeramente más barato que el del metro, unos 1700 pesos.

Siguiendo con los buses, está la red Metroplús, compuesta por grandes autobuses articulados, que cuenta con su propio carril y apeaderos techados donde se pica el billete antes de subir. No obstante, debido a la existencia del metro, los buses grandes tienen mucha menos importancia que en Bogotá, donde operan bajo el nombre de Transmilenio. En la capital del país el movimiento de trabajadores depende totalmente de esta red, que se ha hecho tristemente famosa por la extrema sobreocupación de los vehículos y por numerosos episodios de tocamientos a mujeres. También están los buses que viajan entre ciudades, algo más grandes que las busetas pero menores que el típico autocar europeo, y el tipo más divertido: las chivas, que son ni más ni menos que vehículos festivos para beber y bailar. Es posible verlas en Medellín los fines de semana por la noche, aunque son bastante más habituales de las localidades turísticas.

El movimiento entre ciudades es complejo, sobre todo por la desconcertante inexistencia del ferrocarril en Colombia, al parecer por los intereses comerciales del transporte rodado durante el pasado siglo. Así pues, las únicas opciones son el autobús o el avión. El bus no es recomendable para los trayectos largos: en algunas partes del país las infraestructuras son pésimas, y el viaje desde la frontera Sur hasta Medellín (unos 960 kms.) puede demorarse… ¡21 horas! Así pues, la alternativa más razonable para distancias de más de 120 kms. es el avión, normalmente bimotores medianos, con un coste de entre 40 y 150 €, según el trayecto.

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Religión

Quizá la diferencia más llamativa de Colombia con España, y con Europa en general, es la forma en la que se vive el hecho religioso. Puede que España tenga fama de espiritual y ultracatólica, pero en la práctica es un país muy cercano al ateísmo. Los de mi generación (nacidos en los 70 u 80), ¿cuánta gente de vuestra edad conocéis que vaya a misa al menos una vez a la semana? ¿Dos, tres personas a lo sumo? Si nos vamos a los menores de 20, la cifra se reduce probablemente a cero. ¿Cuánta gente os menciona alguna vez a Dios, fuera de la ocasional discusión filosófica de bar? Las manifestaciones de fe suelen reducirse a portar un crucifijo, visitas a la iglesia en los cuatro actos sociales típicos –bautizo, comunión, boda, funerale- y la esperanza de la trascendencia de la carne.

En Colombia la religión, y más concretamente la fe católica, forma parte de la vida cotidiana de las personas. El signo más visible de esto es la enorme cantidad de imágenes religiosas que se pueden encontrar en cualquier parte, especialmente en las barriadas populares. En un sitio como San Javier es literalmente imposible caminar 100 metros sin encontrarte una imagen de la virgen María, ya sea en una propiedad privada o colocada por el municipio. A veces, estas figuras tienen una placa a los pies que reza “Virgen fiel, consérvanos en la fe católica”. Es muy frecuente santiguarse al pasar delante de ellas, y también frente a la iglesia. La otra imagen típica son los retratos de Jesucristo, que pueden encontrarse en una abrumadora mayoría de hogares, normalmente en distintas variedades del “sagrado corazón”.

Las misas tienen gran concurrencia a diario, con predominancia de personas mayores, pero sin que falten jóvenes e incluso adolescentes. Algunas personas la observan de rodillas desde el suelo. Además del catolicismo, hay varias sectas del cristianismo con numerosos seguidores, entre ellas los adventistas del séptimo día y los testigos de Jehová, que realizan un agresivo proselitismo, hasta el punto de que algunas familias colocan carteles en sus casas indicándoles que no les molesten (y por cierto, no es el único lugar del mundo donde este grupo intenta expandirse). Dios está presente en los saludos y las despedidas, en las conversaciones, en los lemas de diversas instituciones. Es parte totalmente indisoluble del país, aunque sea un estado laico, y el colombiano medio está absolutamente convencido de que Cristo rescatará su alma inmortal.

Por supuesto la Navidad se vive con enorme entusiasmo, y la población se entrega totalmente a sus tradiciones, empezando por las velas de colores a las puertas de las casas la noche de la Inmaculada, pasando por rezar las novenas en reuniones familiares y terminando por los alumbrados caseros, toda una competición por ver quién coloca los adornos más grandes y llamativos. Tema aparte son los cementerios, que trataré en la próxima entrega.

El habla

A menudo se dice que en Sudamérica se habla el español mejor que en España, noción que no sé muy bien dónde se origina. En Colombia la mayor parte de la población es media-baja, y eso se refleja en el lenguaje, que más que “bueno” o “malo” es popular, con lo que ello conlleva (aunque sí es cierto es que en esta zona del mundo sobreviven palabras extintas en España). La mayor ventaja que tiene aquí el idioma es la inexistencia del tuteo para los imperativos plurales, lo que evitar las trampas en las que cae el 80% de la población española, esos insufribles “sentaros”, “callaros”, etc. (aquí son siempre “siéntense”, “cállense”…). El tuteo existe, pero sólo en forma singular, y la oportunidad de su uso es realmente ambígua, aunque puede decirse que hace falta bastante confianza para usarlo, y que incluso novios y esposos, así como padres e hijos, se hablan de usted. Sin embargo, se usan invariablemente los términos coloquiales “papá” y “mamá”, siempre precedidos del pronombre posesivo, de modo que si un hermano le pregunta a otro cómo está el padre de ambos, usará la frase “¿cómo está mi papá?” Además de esto, en algunas zonas es frecuente el uso del “vos”, pese a la distancia con Argentina y Uruguay.

El nivel de dicción es variable, y si bien generalmente es correcto, alguna gente habla muy cerrado y cuesta realmente entenderla (eso sí, como ya dije el acento paisa es muy bonito). El diminutivo masculino es “ito”, y el femenino “eta”, de modo que se dice “buseta”, “cocineta”, “tocineta”… Una excepción son los nombres acabados en “n”, cuyo diminutivo es “ncho” (Juliancho, Rubencho, Ivancho…). Hablando de nombres, los de la gente están contaminadísmos por la influencia anglosajona, y además se transmiten de forma fonética, de modo que pueden escribirse de cualquier modo siempre que conserven el sonido. De ese modo, tenemos Yennifer-Jeniffer-Yénifer, Valery-Váleri, Wilfred-Vílfred, etc. Un nombre femenino particularmente desconcertante es Leidy, muy extendido por todo el país.

La coletilla más usada es “de pronto”, que se puede meter en cualquier frase y equivale aproximadamente a nuestro “a lo mejor”. Otra costumbre muy curiosa es el cambio de género de muchos sustantivos respecto a España, de modo que la banqueta se convierte en banqueto, la ficha en ficho y la bombilla en bombillo. Además, los verbos cuyo infinitvo acaba en “ear” se cambian invariablemente por “iar” (por ejemplo, “corretiar”), aunque creo que esta costumbre se considera vulgarismo. Aquí hay una lista (incompleta, por supuesto) de colombianismos que he recopilado:
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Banano – Plátano Sánduche – Sandwich Pantaloneta – Pantalón de deporte Chuzo – Pincho / Chuzada – Pinchazo Cilindro – Bombona
Rumba – Juerga / Rumbiar – Ir de juerga Tiquete – Billete o tíquet Gaseosa – Refresco sin alcohol (aunque no tenga gas) Con gusto – De nada Guayabo – Resaca
Solomito – Solomillo Afán – Prisa (Tener afán) Bien pueda – Adelante (imperativo) Hágale / Hágale pues – Venga Listo – Vale
Rico – Agradable, bonito Bacano – Guay, genial (También “ser un bacán”, para las personas) Trapeadora – Fregona / Trapiar – Fregar Bravo – Enfadado, cabreado Pelao, Chino – Niño
Cucho – Viejo, Anciano Tinto – Café solo Pitillo – Pajita (Se usa para remover el café) Saco – Chaqueta Trotar – Correr, hacer footing
Chévere – Genial Plata, Billete – Dinero (“Ganar mucho billete”) Malandros – Malhechores Parcero, Parce (pronunciando la “c” como “s” – Colega Dar papaya – Exponerse, caminar por sitios peligrosos

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Viviendo en Colombia, II

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Una típica construcción de Prado.

2ª Parte. Prado y el Centro de Medellín

Como relaté en la anterior entrada, despedirse de San Javier no fue nada sencillo, aunque mi perspectiva del barrio quizá estuviera algo edulcorada. Unos días después de mudarme a mi nuevo apartamento, volví al barrio para tomar un café con mi antigua anfitriona y agradecerle que me alquilara su piso mientras estaba de viaje. Durante la conversación, me contó que durante la época en que ella se trasladó al barrio solían escucharse por las noches las balaseras que se producían en las comunas altas. Aquello me parecían historias lejanas de la guerra contra el narcotráfico, pero ella me aclaró que apenas hacía dos años de aquello. Puedo decir que tuve suerte: ser visitado por cucarachas en la noche es molesto, pero imaginad que lo que te interrumpe en medio de la noche son disparos: me habría cagado vivo. Esto indica la radical diferencia de percepción que se puede tener sobre un lugar según le haya ido a uno en él: mientras que para mí San Javier sigue siendo un lugar entrañable y acogedor, la mayoría de los medellinenses lo asocia con el crímen y la muerte.

Ahora vivo en el barrio de Prado, fundado en los años 20 por empresarios colombianos, que ordenaron importar estilos europeos. Está situado sobre unas colinas bastante empinadas, y según se va subiendo, la pendiente puede hacerse realmente espectacular, difícil de remontar incluso para un coche. Es una zona residencial sin apenas tiendas, y por ello la atmósfera es totalmente distinta a los barrios populares; mucho más tranquila, pero también mucho más solitaria. El estilo arquitectónico es decididamente colonial, y algunas casas son realmente curiosas. Incluso he visto una que emula un templo egipcio, cuyo propósito aún me estoy preguntando; algunas construcciones podrían pasar por sedes de sociedades secretas. El entorno que rodea a esta zona antigua -conocida como Prado Centro- es muy desigual, según hacia dónde camines: por un lado tienes unas cuadras (manzanas) que son puro Gotham City, sobre todo de noche, y por otro la zona del Parque de los Deseos y el Jardín Botánico, una de las más agradables de Medellín. Pero esto es completamente típico de la ciudad: enclaves punteros y degradados pueden estar separados por apenas unas docenas de metros.

Prado es mucho más céntrico que San Javier, lo cual me ha permitido conocer mejor la ciudad y sus ambientes: desde agradables avenidas comerciales como la Playa o la calle 46 (más conocida como “la Oriental“) a auténticos hormigueros de “economía informal” (mercadillos), como San Antonio y El Hueco, pasando por las zonas de talleres mecánicos, extensísimas y por lo general espantosas estéticamente. Los peores lugares se caracterizan por la presencia de los “muertos vivientes”, mendigos semidesnudos y generalmente drogadictos, dedicados a las siestas callejeras -cualquier acera o trozo de hierba sirve- o al vagabundeo; aunque son inofensivos y la temperatura del país rebaja el drama de dormir en la calle, esto no impide la pésima imagen que proyectan. En las zonas más concurridas también hay mutitud de vendedores ambulantes, a la búsqueda de gente sentada a la que ofrecer sus productos. Uno de los puntos emblemáticos de la ciudad es el Parque Berrío, entre otras cosas por sus gran colección de estatuas de Botero (aunque no es un parque como se entiende en otras partes: en Colombia, esta palabra suele designar a cualquier plaza pública con cierta cantidad de vegetación). En general resulta difícil engancharse a estas zonas céntricas: el contraste arquitectónico y social es demasiado pronunciado, y tan sólo en barrios decididamente acomodados como El Poblado o Laureles existe una armonía equiparable a la de países más prósperos.


El parque de los Deseos, una de las zonas de ocio más populares.

Voy a volver a usar el formato de cápsulas para describir algunos aspectos claves de la ciudad y el país. Aclaro, eso sí, que son impresiones totalmente subjetivas, y que es tremendamente difícil formarse un retrato fiel de un país tras sólo unos meses de residencia: algunas realidades puedo haberlas malinterpretado, mientras que con otras simplemente no he tenido contacto.

La Seguridad

Empezar diciendo que en mis tres meses en Colombia no he tenido absolutamente ningún incidente, ni tampoco he sido testigo de ellos. Me he movido bastante y sólo recuerdo que me miraran con cierto recelo una vez. Ahora bien, siguiendo los medios de comunicación es patente que el país tiene un gravísimo problema de violencia. Los noticieros a menudo parecen crónicas de sucesos, los cuales se dividen en dos tipos. El primero son los de “sicariato”: tras la guerra del narcotráfico, los grandes clanes se dividieron en bandas criminales de tamaño variable -conocidas con la curiosa abreviatura bacrim-, a su vez divididas en grupos más pequeños o “combos”. Cada una de las bandas tiene una zona de dominio -generalmente localizada en cuadras altas-, donde existen las llamadas “fronteras invisibles”, un fenómeno que se explica por su mismo nombre: si la persona equivocada pasa por el lugar equivocado puede morir sin mediar palabra, víctima de un balazo del “vigilante” de la zona. La noticia suele estar redactada más o menos así: “Alias “Fulano”, de 1X años, fue arrestado ayer como autor de la muerte de Mengano en incidente de fronteras invisibles”.

Porque la trágica realidad es que la mayoría de integrantes de los combos son adolescentes, casi niños, una dramático disparidad con la extremada gentileza del antioqueño medio. A unos centenares de metros de donde un tendero o una camarera te hace sentir de maravilla con su amabilidad, puede haber un muchacho dispuesto a asesinar a alguien por cruzar una línea imaginaria. Es palpable que muchos en Antioquia aún veneran a Pablo Escobar, y aunque no obviaré la complejidad de un fenómeno como el narcotráfico, esta gente no parece entender que la época de los carteles (aquí la palabra no es esdrújula) es el germen de este terrorífico mal, que acerca a Colombia a ser un estado fallido incluso más que la guerrilla. Muchísimos comercios atienden a los clientes detrás de una reja metálica, y la presencia de la policía, cuando no directamente del ejército, es constante (sobre todo en “zonas calientes” como San Javier). Abundan también los vigilantes privados, solos o acompañados de perros (generalmente enormes Rottweilers). Aunque reina una apariencia de tranquilidad, la desconfiaza y la precaución son palpables.

El segundo tipo de crímenes habituales es obra de los guerrilleros, las malditas FARC. Su estado actual recuerda mucho al de la última ETA: en fase de disolución, pero dando los últimos coletazos en busca del mayor rédito político posible, con la inestimable colaboración de un gobierno empeñado en liquidar el conflicto por la vía rápida, por más indigna y venenosa para el futuro que sea. Las negociaciones se están desarrollando el la Habana -lugar neutral donde los haya-, y entre las reivindicaciones de los matones están que se les reconozcan los años de guerrilla como válidos para obtener pensión y que se considere el narcotráfico “delito político”, de modo que los condenados por el mismo puedan presentarse a las elecciones. A juzgar por la actitud del presidente Santos, ese día no parece muy lejano.

Santos es el “Rajoy” de Álvaro Uribe, anterior presidente de la república. Este último es el político más importante del país en las últimas décadas y, como Franco en España, no existe un colombiano que no tenga opinión sobre él, a favor o en contra. Aunque se reconoce universalmente que puso a las FARC de rodillas, se le acusa de liderar bajo cuerda al “bando contrario”, los paramilitares o “paracos”, terratenientes organizados para defender sus propiedades de la guerrila que al parecer acabaron volviéndose casi tan malos como ellos, convertidos en pequeños reyezuelos. La principal actividad de estas FARC agonizantes es quemar coches de civiles, aunque también mataron hace poco a dos indígenas por arrancar una pancarta propagandística de su pueblo, y han reanudado los secuestros de militares. En cuanto a la delincuencia común, mi percepción es que es muy frecuente pero también muy localizada. Ciertas zonas delatan simplemente con su aspecto que no es muy inteligente meterse por ellas, especialmente por la noche, y posiblemente la gente que es atracada no tiene más remedio que pasar por las partes peligrosas. Señalar que en Bogotá se están produciendo numerosos homicidios por un motivo tan pueril como el robo del teléfono móvil, lo cual nos indica la gravedad de esta lacra en el país.

El civismo

Las costumbres cívicas antioqueñas recuerdan mucho a las de la España de hace décadas. Podría definirse el tráfico de Medellín como el completo opuesto de Nueva York: el vehículo es el que manda y el que tiene la prioridad. Coches, motos y buses circulan tan rápido como pueden, con pocas ganas de frenar. Muchos cruces de peatones carecen de semáforos, y en algunas zonas estos son simplemente “indicativos”: hay que cruzar muy vivo y asumiendo el riesgo. Pero aunque al principio pensé que vería atropellos a menudo, todavía no ha ocurrido; supongo que existe un equilibrio dentro del caos. Medellín es además es una ciudad extremadamente ruidosa, es buena parte por culpa del uso del claxon a la menor excusa. A menudo, éste sirve de “llamador” sustitutivo: cuando un coche o moto llega a recoger a alguien a una casa, el conductor pita repetidamente para avisar de su llegada, en vez de hacer una simple llamada con el móvil, algo realmente irritante ( que en el piso de San Javier pasaba unas 25 veces al día).

En línea con esto, si te toca un vecino “rumbero” tu descanso puede estar en grave peligro: no es muy extraño que se monten jaranas hasta altas horas de la madrugada, con la aceptación resignada del vecindario; puedes llamar a la policía para que intervenga, pero si ellos pasan por la calle y oyen ruido no harán nada de oficio, por tarde que sea o intensa que sea la fiesta. La verdad es que esto en Prado Centro no ocurre, pero sí tengo unos vecinos abajo que son incapaces de hablar: sólo saben comunicarse a gritos (aunque no están enfadados), radiando su vida durante unas diez horas diarias. En esta parte del mundo también persiste la detestable práctica de manipular los escapes de las motos simplemente para que hagan más ruido, algo aún no prohibido por la ley. Como ya he comentado, el antioqueño es encantador, pero en estos aspectos no le vendría nada mal “europeizarse”.

Las mujeres

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Las dos de la izquierda son paisas bastante típicas.

Me cuesta bastante aceptar la idea de que en ciertos países hay un mayor porcentaje de mujeres bellas; lo que sí pienso es que cada nación tiene un tipo de guapa característica que llama la atención sobre las demás (este efecto se diluía en Nueva York, ciudad donde, por su infinita mezcla, el único factor homegenizante era el pijismo, y en la que si acaso destacaba un producto importado, la asiática ultra-arreglada). Antioquia presenta gran variedad de mujeres, sobre todo en lo relativo a colores de piel, desde el negro total al blanco europeo, con predominio de una tonalidad ligeramente tostada, a veces de forma casi imperceptible; y lo que yo llamaría belleza paisa típica vendría a ser una mulata tirando a blanca más que a negra o indígena (pero más morena que las de la foto de arriba), de formas rotundas pero cuerpo muy estilizado y facciones casi europeas, pero con un innegable toque tropical. Suelen pintarse los labios de rojo y darse algo de colorete en las mejillas, potenciando su color tostado de piel. Son niñas francamente bonitas y muy llamativas. Por supuesto, en el país existen las mujeres tipo Sofía Vergara y las de los concursos de belleza, pero eso no dejan de ser físicos prácticamente europeos.

La paisa suele tener el pelo muy bonito y opta casi universalmente por la melena larga, a menudo recogida en una trenza. Predomina muchísimo el color negro y las rubias son muy escasas, aunque los tintes son muy populares, sobre todo las mechas blanco platino. El top es prenda muy habitual entre las menores de 25, con el complemento casi imprescindible del pantalón vaquero, generalmente corto y decolorado total o parcialmente; también es muy popular el deshilachado. Una costumbre muy sexy de la niña paisa es guardar el teléfono móvil en la parte delantera de la cintura del pantalón. Los piercings están mucho menos extendido que en España, pero existe una fiebre del tatuaje femenino, llevando a las chicas menos juiciosas a cubrirse buena parte de un brazo o de una pierna, y a tatuarse incluso el pecho. Hay un tipo de chica (el equivalente a la “choni” española que gusta de ponerse un maquillaje de varios colores muy llamativo, generalmente acompañado de ropa en tonos fluorescentes.

Otra característica de la paisa es que suele ser más pechugona que la europea, y la que no lo es de forma natural a menudo se opera. También abundan los grandes traseros, algunos hipertrofiados, pero otros proporcionados y muy bonitos. De hecho, diría que aquí existe toda una cultura del culo, y se trata constamente de llamar la atención hacia él (con pantalones ajustados o de realce, adornos cosidos en los bolsillos traseros…). Lamentablemente esto tiene algunos efectos negativos, como la aberrante operación de glúteos, casi inexistente en Europa Pero la mayor arma de la paisa no es su pecho ni su trasero: es su acento al hablar, muy diferenciado del de los varones y bastante difícil de imitar. Tiene una cierta similitud con el gallego -algo soñoliento, arrastrando mucho las palabras- y es de una extrema dulzura; probablemente el más bonito que haya oído. Si me es posible os pondré algún vídeo donde se escuche.

Es imposible obviar la relación de la colombiana con la maternidad, absolutamente opuesta a la existente en Europa: aquí los hijos no se consideran una carga, ni se da mil vueltas a la cabeza para tenerlos. Ser madre antes de los 20 es totalmente habitual, y después de los 15 no es ninguna rareza ni supone ningún estigma. No intento obviar que muchos de estos hijos se tienen de forma inconsciente o irresponsable, ni que el problema de la falta de padre es gravísimo y muy extendido, pero con la mano en el corazón: entre dos males, prefiero esta mentalidad a la europea, las madres de 20 consagradas a sus hijos que las de 40 que dieron lo mejor de sí a su empresa. Los hijos son responsabilidad y trabajo, pero también alegría y vida, dos características que impregnan este país. Me dicen que algunas madres solteras están locas por pillar cualquier marido (y si es de fuera mejor), pero no he notado que ser extranjero suponga una enorme ventaja con las colombianas. En general son mucho más dulces y receptivas que las europeas, pero si alguien espera que caerán rendidas a sus pies sólo por el factor exótico se decepcionará. Otras dificultades añadidas son un acentuado catolicismo y un nivel sociocultural a menudo bajo.

Para acabar con las paisas, mencionar que todos -o casi todos- los colegios del país son de uniforme (generalmente a cuadros para las chicas), lo que propicia poder ver multitud de colegialas caminando por las calles casi a cualquer hora (uno se pregunta cuándo estudian). La jovencita tropical se desarrolla algo antes que la europea, generando la bella estampa de estas niñas-mujeres imposibles de clasificar en una condición u otra.
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Viviendo en Colombia, I

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La Carrera 99.

1ª Parte. San Javier (Medellín)

Tras mi estancia en la apabullante Nueva York me dirigí al Sur del continente, concretamente a Medellín, capital del departamento de Antioquia (no Antioquía) y segunda ciudad de Colombia. Al subir al avión es donde empecé a sentirme en el universo latino: un asistente de cabina bienvenida por los altavoces al vuelo dirigido “a República Dominicana”, provocando gran susto, para a continuación partirse de risa y aclarar que era una broma, algo que probablemente se ve en pocas rutas aéreas del mundo. El aeropuerto José María Córdova es muy chiquitito, pese a los casi 4 millones de habitantes del área metropolitana. Mi forma de llegar a la ciudad fue un taxi colectivo, un transporte curioso, económica y que incluso permite socializar. Fui recibido en la ciudad por un amable local que se había ofrecido a guiarme, y tras un breve trayecto en Metro llegué al barrio que sería mi hogar durante las siguientes seis semanas: San Javier, en el extremo occidental de la ciudad.

La amiga que me consiguió el piso me había dicho que era una zona “no muy lujosa, pero que así conocería el Medellín auténtico”. Y tenía toda la razón: San Javier, también denominado Comuna 13 (de las 16 en que se divide la ciudad), es una “cocina del infierno”, como las que existen en muchas zonas ciudades a lo largo del planeta. Un sitio infinitamente humilde, no muy limpio, no especialemente bonito a primera vista… y maravilloso. Claro que mi primera impresión no fue muy favorable, más bien pensé: “Joder, esto es un agujero”. Me encontraba, básicamente, ante el reverso de la la Gran Manzana: Colombia tiene muchas cosas buenas, pero una de ellas no es la arquitectura. Se construye donde se puede y como se puede, y muchas casas que en Europa se considerarían infravivienda son totalmente normales aquí, incluso en calles más o menos principales. Es frecuente dejar las fachadas de las casas, e incluso las paredes interiores, en ladrillo visto, sin darles siquiera una capa de yeso.

Claro que todo tiene niveles, como veréis a continuación. Medellín está en el centro de un valle, totalmente rodeada de montañas más bien altas (2500 metros de media), lo que la convierte en una ciudad sin horizonte; podría no existir nada en el universo más allá de esas elevaciones -al estilo de “El Show de Truman”- y los de dentro no se enterarían. Pero esas montañas, pese a ser muy verdes, no son naturaleza virgen, sino que están cubiertas casi por completo de viviendas, y en general se cumple la regla de que, cuanto más alta se encuentra una comuna (barrio), más degradada está y más peligrosa es. En algunas de hay asesinatos casi todas las semanas. Esto lo ilustra perfectamente el sistema gubernamental que califica la calidad de las viviendas por estratos, con el Estrato 1 significando básicamente “Mierda” y el Estrato 6 “Lujo”. En las comunas altas una casi todas las casas son de Estrato 1, y las fachadas enyesadas son casi inexistentes. Construidas sobre empinadísimas laderas, la vida allí es cuesta arriba en el sentido más literal. Ocupan cientos y cientos de hectáreas, y forman un anillo alrededor de Medellín sólo roto por unos pocos raros barrios ricos en altura y alguna mancha verde. Por la noche, forman un extensísimo y envolvente tapiz de luces fascinante y ominoso.


La noche en San Javier

San Javier tiene un 60% de viviendas de Estratos 1-2 (que imagino son las de las colinas), y un 35% de estrato 3. Arriba todo es como acabo de describir, pero la parte baja, pese a todas las estrecheces, es un lugar que se aprende a amar, pese a aquellos primeros días en los que, cuando veía a los niños entrando a las guarderías pensaba “pobrecillos, tener que crecer en un sitio así”. Lo que te acaba ganando de este sitio es su prodigiosa vida callejera, algo tan difícil de encontrar en Europa salvo en contados sitios, y que yo no experimentaba desde hace muchísimos años. Desde las seis de la mañana hasta las 9 de la noche las calles bullen de vida, gracias al benigno clima y a la inabarcable actividad comercial de los vecinos. En cuanto uno pisa la Carrera 99, columna vertebral del barrio, se ve rodeado por un sinfín de sonidos, imágenes y gentes que asaltan los sentidos. En otras manzanas del barrio se ven a veces grandes ollas frente a las casas, cociendo guisos sobre piras de leña, y varios vecinos tienen gallinas sueltas, que por algún motivo no se escapan. En muchas formas es como viajar varias décadas al pasado.

Una de las características más pronunciadas de los colombianos, y que más les diferencian de los españoles, es su indomable afán de trabajo, sean cuales sean sus capacidades o circunstancias. Si no tiene quien le emplee, se echa a la calle y monta un puesto para vender absolutamente cualquier cosa, ya sea comida rápida, fruta, bisutería, zumos, ropa, dulces, tabaco… los que ni siquiera tienen eso son capaces de coger los tratos que les sobren en casa e intentar colocarlos, y hay muchísimos que ofrecen una mercancía inmaterial: minutos de llamadas teléfónicas, típicamente anuciándolos con un cartelón que reza “200 pesos el minuto a cualquier operador”. Si uno pasa cerca de uno de estos puestos de venta o les dirige una mirada, su encargado a menudo saltará como un resorte, exclamando: “¡a la orden!” Muchos de los puestos son móviles, y sus dueños los desplazan ofreciendo las mercancías a voz en grito o con un micrófono, valiéndose de una batería. Algo muy curioso es que existe una “voz de vendedor” específica, muy nasal y peculiar, que podéis escuchar varias veces en el vídeo que hay bajo estas líneas, tomado cerca del metro, una de las zonas de más actividad.

Los que tienen más posibles ponen sus negocios en locales, sin que la juventud suponga impedimento para ser emprendedor: las salas de internet y las peluquerías típicamente están regentadas por veinteañeros, algunos de los cuales matan los ratos en los que no tienen clientes jugando con consolas o escuchando reguetón; el trabajo y el ocio no son incompatibles. Así pues, aquí el concepto de “nini” es casi impensable, y aquel que tiene manos y voz (incluso si está en una silla de ruedas), si no estudia o no opta por la mendicidad, trabaja. Ya sea en un puesto o en un local, por lo general es un placer comprar algo a un antioqueño (o paisa, un término mucho más habitual). Ellos mismos se describen como gente “muy querida”, y se conducen con extremdada gentileza tanto en las relaciones personales como en las comerciales; piensen en un andaluz multiplicado por diez y sin hacer chistes. Cuando un cliente les da las gracias, la respuesta es “con gusto”, añadiendo a veces “y siempre a la orden”. A menudo sonríen al oír el acento español, que muchos no logran identificar, y preguntan si uno está “pasiando” (de turismo). Resulta extremadamente fácil trabar conversación y amistad con ellos. De las cosas buenas que tiene Colombia, sin duda la gente es su capital más preciado, y su mayor esperanza de llegar a ser una gran nación.

El dinero

La moneda es el peso colombiano, que hoy día es menos de una milésima de euro; la forma más eficaz de hacer el cambio mentalmente es pensar que 10.000 pesos son 4 euros. Si se llega con un sueldo europeo el dinero cunde mucho: por ejemplo, una comida tipo menú cuesta algo menos de 4 euros, un viaje en metro 80 céntimos, una entrada de cine 3,5 €, un kilo de mandarinas 90 céntimos, un kilo de plátanos 50 céntimos, un viaje promedio en taxi 3 euros, una camiseta en un hipermercado 7 euros y un pantalón 12. Alquilar un piso depende mucho de la zona y el estrato; en un sitio como San Javier, un pequeño apartamento no amueblado puede tener una mensualidad tan pequeña como 100 euros, pero si nos vamos al exclusivo barrio del Poblado será muy difícil encontrar uno por menos de 800-1000 €; las zonas ricas de todos los países forman una única nación llamada “pijolandia”.

El clima

Colombia está atravesada por el Ecuador, lo cual le da un clima extremadamente estable, en el que no existen las estaciones tal como nosotros las conocemos (menos aún en Medellín, apodada “ciudad de la eterna primavera”): a lo largo del año, la temperatura se mueve en una horquilla de 15-33º, con rarísimas excepciones. Esto hace al paisa muy sensible al frío y el calor, y en cuanto se sobrepasan los 30º es muy frecuente que las mujeres salgan a la calle con un paraguas que ejerce de parasol. Del mismo modo, cualquier clima inferior a los 18 grados y con nubes o lluvia se denomina “invierno”, algo que inevitablemente provoca la sonrisa en quien ha aguantado muchos crudos inviernos a la europea. Muchos colombianos nunca han visto la escarcha, y mucho menos la nieve, aunque tampoco puede decirse que no exista la época fría, que coincide precisamente con estos meses: de hecho, desde que llegué ha llovido el 80% de los días, a menudo en cantidades torrenciales. Algo que distingue a las tormentas de aquí son los truenos, de un volumen realmente brutal, como si la tierra estuviera siendo martilleada por el mismísimo dios Thor.

Otra peculiaridad ecuatorial es que el día y la noche duran casi lo mismo todo el año: a las 5 y media de la mañana amanece y a las cinco y media de la tarde empieza a ponerse el sol. La hora solar va adelantada respecto a España, y a las 7 es prácticamente mediodía, con una enorme actividad en las calles, aunque muchos comercios no abren hasta las ocho. Puede decirse que todo se hace hora y media o dos horas antes de los horarios habituales en nuestro país (trabajo, comidas, etc.). Las montañas restan al menos media hora de luz solar por la mañana y al atardecer.

La comida

La gastronomía antioqueña difícilmente puede sorprender a un español, puesto que casi todos los platos provienen de Castilla y Extremadura, regiones de los primeros colonizadores de estas tierras. Así, encontramos el chorizo asado, el chicharrón, el churrasco, las alubias pintas (aquí denominadas frijoles), el pollo asado… el plato más típico es la “bandeja paisa”, también denominada “bandeja” a secas o “corrientazo”, omnipresente en los locales de comida. Suele consistir en una carne o pescado rebozado, acompañada de una generosa cantidad de arroz, alubias, papas fritas, una tira de plátano cocinado, una arepa y un poquito de ensalada (que aquí suele ser algo de lechuga y mucha ralladura de zanahorias, totalmente empapadas en una salsa blanca). Para formar el “almuerzo” completo, la bandeja suele ir acompañada de un entrante, típicamente una sopa de patata (“mondongo”) o de carne cocida (“sancocho”), más la bebida, que aquí se denomina “sobremesa” y suele ser una limonada o una especie de jugo de arroz denominado “claro”. La bandeja se acompaña siempre un trozo de limón (que aquí es verde y no amarillo) para sazonar la carne o el pescado. Realmente es imposible terminarse un almuerzo y quedarse con hambre, pagando además muy poco dinero (entre 7000 y 10.000 pesos, 3-4 €).

La mayor diferencia con la gastronomía europea es que el pan se usa sólo si uno quiere hacerse un “sánduche” (sandwich), y los hidratos de carbono son proporcionados por el arroz y el maíz; este último es la base de una de las instituciones culinarias del país: las empanadas y “pasteles”. La empanada básica suele estar rellena de patata y algo de carne, y también las hay de arroz y carne, y sólo de carne; su envoltura de maíz frito les da una textura crujiente muy agradable. El “pastel” de pollo consiste en pollo troceado o desmechado con una cobertura blanda de maíz, y es realmente muy rico (uno de mis bocados favoritos), mientras que el pastel de pescado consiste en un filete de pescado seco o a la plancha, sin espinas y rebozado. También son típicos la patata cocida y rebozada y el pastel relleno de huevo duro. Estos alimentos pueden encontrarse casi en cualquier sitio, y uno se llega a preguntar si los elaboran en grandes fábricas y luego los descongelan, pero yo he visto hacerlos en la calle, así que imagino que simplemente son recetas muy, muy populares. Y una vez más, económicas: una empanada y un pastel de pollo te quitan perfectamente el hambre, y difícilmente costarán más de 3200 pesos (1 €) entre las dos.

La arepa se incluye en prácticamente cualquier comida, y es lisa y llanamente una torta redonda de maíz, generalmente sin sal, y de tamaños variables. Si acompaña a una bandeja paisa o a un pollo asado suele ser pequeñita y ofrecida en pareja, mientras que si te la dan con algo tipo pastel de pescado o chorizo asado es grande. También son típicas las brochetas de carne o cerdo, aquí designadas con el arcaicismo español “chuzo”; las hamburguesas a la colombiana, que son muy abundantes e incluyen patatas chip y “tocineta” (nuestra panceta); y el sofisticado plato de “haute cocine” salchipapa, consistente en patatas fritas con trozos de salchicha. El pollo es muy popular, ya sea asado o “apanado”, variedad esta última que se suele sazonar a chorro con las tres salsas estándar (ketchup, mahonesa y rosa, me parece), a menos que uno indique lo contrario. Todo puesto callejero tiene enfrente unos “banquetos” (taburetes) de plástico en los que puedes sentarte a que terminen de preparar la comida y consumirla ahí mismo si quieres, acompañada de una bebida opcional. Aunque todos los platos descritos son ricos y están bien hechos, casi todos son bombas calóricas, y quien quiera llevar una dieta algo más ligera realmente lo tendrá difícil, a menos que busque mucho.

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Como ya he superado con mucho la longitud normal de una entrada, dejaré para la siguiente entrega otros aspectos cruciales para entender Colombia, tales como la religión, el transporte, la seguridad ciudadana o las mujeres. Lo que sí os puedo contar es que mes y medio después de mi llegada a San Javier estaba totalmente integrado y feliz en el barrio, hasta el punto de que me daba casi igual la falta de agua caliente, los vecinos escandalosos, las motos dando por saco y las hermosas cucarachas que a veces me visitaban por la noche. Realmente me rompió el corazón abandonarlo. En el próximo capítulo relataré mi traslado a una zona más céntrica de la ciudad, y cómo transcurre la vida por allí.
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Starship Troopers, la película

Starship Troopers – EEUU, 1997 – Dir: Paul Verhoeven

El escogido para dirigir la adaptación de la popular novela de Heinlein fue el holandés Paul Verhoeven, en principio una elección perfecta tras firmar dos grandes triunfos de la ciencia ficción cinematográfica como Robocop y Total Recall. Este nuevo proyecto era, no obstante, un tanto delicado para el director, que tras hacer ganar mucho dinero a Carolco con el megahit Instinto Básico les produjo fuertes pérdidas con la malhadada Showgirls. Los directores son como los entrenadores de fútbol -sólo valen tanto como su última película-, y por ello Starship Troopers debía funcionar. Para este trabajo Verhoeven recuperó al guionista de Robocop, Eduard Neumeier, quien a pesar del éxito de la cinta no había vuelto a escribir más guiones. Neumaier fue el principal responsable del tono de esta adaptación, con unos resultados desiguales, como veremos.

El esqueleto básico de la historia es el mismo que en la novela: el acomodado joven Johnnie Rico decide alistarse en la infantería espacial para probarse a sí mismo, y el espectador lo acompañará durante sus campañas militares contra una especie insectoide. La novela original tiene una narrativa algo lineal, poco dada a convertirse en un “blockbuster” hollywoodiense, así que, de forma poco sorprendente (y exactamente igual que se hizo en la adaptación al anime), la cosa se aderezó dando un papel preponderante al interés sentimental de Johnny, Carmen Ibáñez. Incluso se introduce un personaje totalmente nuevo -Dizzy Flores, compañera de estudios de ambos- para crear un triángulo amoroso.

Hay que analizar Starship Troopers a dos niveles: como película de acción/ciencia ficción y como adaptación literaria. En el primer nivel creo que es una obra notable, muy lograda técnicamente y con un tono irónico salpicado de ultraviolencia que funciona bastante bien. El reparto también hace un buen trabajo: Casper Van Dien y Denise Richards son muy bien parecidos y cumplen perfectamente, como lo hace Dina Meyer en el papel de Dizzy, cuyos esfuerzos por conquistar a su Johnny aportan un toque sentimental bienvenido entre tanta batalla y espachurramiento (por ponerle una pega a Meyer, quizá se debería haber escogido una actriz más voluptuosa, considerando que tiene un par de escenas de desnudo).

En cuanto al resto de actores, Michael Ironside -cuyo personaje fusiona al profesor Dubois y al teniente Rasczac del libro- es por supuesto muy bienvenido en un papel que le va como anillo al dedo, y su arco resulta bastante satisfactorio. Tampoco hacen daño Clancy Brown, que diera vida a el Kurdan en Highlander ni Neil Patrick Harris, pese a lo breve de sus papeles. Incluso tenemos una fugaz aparición de la “chica de oro” Rue McClanahan, y un papel que gana valor retrospectivamente: el de Dean Norris, celebérrimo años depués por su papel de Hank en Breaking Bad. Sólo chirría Patrick Muldoon (el noviete de Carmen), representando unos 15 años más de los que supuestamente tenía su personaje, aunque tampoco es una cosa muy grave (no es una Maggie Gyllenhaal en Dark Knight). Además, no es un caso único en la ficción ni en esta película (en realidad todos los protagonistas rozaban la treintena).

Visualmente, Starship Troopers ya destacó en su momento y sigue aguantando perfectamente. El mundo futuro que se nos presenta resulta muy convincente, tanto a nivel de diseño como de ejecución. Los telediarios intearctivos que ejercen de hilo conductor de la historia son un recurso bastante eficaz. Por supuesto uno de los puntos principales en este apartado es la representación de los insectos alienígenas, que raya a gran nivel: pese a desviarse del concepto del libro (en el cual iban armadas con armas láser), todas las razas mostradas tienen un diseño interesante, están bien animadas y resultan lo suficientemente amenazantes. Hay algún elemento especialmente creativo, como el los grandes insectos que lanzan proyectiles flamígeros desde sus traseros.

El ritmo está muy logrado en general, y la película nunca deja de agradar dentro de sus parámetros de space opera/acción bélica/romance juvenil. Pueden destacarse varias escenas logradas, como la de Carmen pilotando una gran nave entre una tormenta de asteroides, todas las batallas de la infantería en general y la agónica defensa del fuerte en particular. Como podría esperarse de Verhoeven, la violencia es muy gore (desmembramientos, cerebros reventados y cosas así), pero no resulta desagradable, a menos que uno sea muy sensible. La música de Basil Poledouris, en un estilo grandilocuente muy similar al de Robocop, acompaña de forma muy adecuada al conjunto. En el lado negativo, hay que señalar uno de los peores puntos de la película: el flojo diseño de los trajes de los troopers. Mientras que en la novela estos eran elemento básico de la historia, que inauguraba el concepto del exoesqueleto de batalla en la ciencia ficción, en el film los infantes están apenas protegidos por un peto y un casco. Obviamente un traje blindado plantea dificultades narrativas por esconder la fisonomía de los personajes, pero lo mismo pasa con las películas de aviones y similares, y se encuentran formas creativas de solucionarlo. Por lo menos sí se usan los misiles atómicos portátiles, que ciertamente hacen un bonito efecto especial.

Enlazando con esto, hay que decir que Starship Troopers naufraga como adaptación literia: el libro se base en buena parte en la exposición de un sistema moral basado en la obtención de la ciudadanía a través del servicio público, y esto apenas se toca en la película. Cierto que el profesor -luego teniente- Rasczac explica el concepto al principio de la historia, pero después prácticamente no se menciona. Habría sido posible introducirlo a través de conversaciones entre los personajes, y sobre todo a través de la crucial figura del padre de Rico, pero se opta por un énfasis casi total en la acción. Sin embargo, el gran patinazo llega  cuando reaparece el personaje de Carl, convertido en oficial y acompañado de varios iguales en rango, todos ataviados con uniformes casi idénticos a los de las SS nazis. ¿Por qué, qué quieren decir Verhoeven y Neumeier con esto? ¿Que los troopers son un cuerpo agresor y expansionista, pese a que se establece claramente que los insectos comenzaron la guerra arrasando una ciudad entera? ¿Que su misión es justa pero ellos son unos fascistas? ¿Que los combatientes de toda guerra acaban volviéndose inherentemente malvados y crueles? Desde percibe un intento de satirizar algo, pero no se sabe exactamente qué; parece que esos uniformes nazis estuvieran ahí simplemente por ser transgresores. No puede obviarse la falta de respeto que esta elección estética supone hacia Heinlein. Si guionista y director pensaban que el trabajo original era totalitario, ¿por qué adaptarlo en primer lugar?


Un regalito: Las escenas borradas

Pese a tener muchos elementos del agrado del gran público, Starship Troopers no fue el éxito que necesitaba Verhoeven. Aunque recaudó 121 millones de dólares a nivel mundial -algo por encima de su presupuesto de 105-, su mal rendimiento en EEUU (con tan sólo 54 millones) fue un nuevo golpe a la reputación del holandés, quien tras dirigir la muy pobre Hollow Man no volvería a trabajar en EEUU. En cuanto a los protagonistas, Casper Van Dien y Denise Richards se moverían principalmente por la “Serie B”, mientras que Dina Meyer ha tenido una dilatada carrera en televisión. La película queda como una aventura espacial gamberra y divertida, a la que le habría valido más llamarse “Destripaterrones cósmicos” o algo parecido, dejando tranquila la obra de Heinlein. Posteriormente produjeron dos secuelas de bajo presupuesto, también guionizadas por Neumaier, quien curiosamente sólo ha escrito para esta franquicia y para la de Robocop. Sinceramente no tengo ninguna gana de verlas, por lo que en la siguiente entrega de esta serie examinaré la adaptacion animada estadounidense.
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Starship Troopers – El anime

Uchū no Senshi/Starship Troopers – Japón, 1988. Director: Tetsuro Amino

Hay una larga tradición de libros occidentales adaptados a la animación japonesa, destacando, por supuesto, las series realizadas por la productora Nippon bajo el denominador “World Masterpiece Theater”, entre ellas Marco, Heidi, Ana la de Tejas Verdes y tantas otras (las series se siguen produciendo hoy día). No obstante, estas son obras destinadas a un público juvenil, y la adaptación de géneros como la ciencia ficción es algo mucho más raro. Los animadores japoneses parecen preferir quedarse con los conceptos tomados de la CF occidental para crear sus propias obras, en lugar de hacer adaptaciones directas, y por ello, casos como el de Lensman (novela adaptada como película en 1984) o el que nos ocupa, Starship Troopers, son una rareza.

El libro de Heinlein fue llevado al anime en 1988, en forma de OVA (Original Video Animation) de 6 capítulos realizada por la productora Sunrise, veteranísima de los súper-robots, produciendo una ingente cantidad de series de este género en los 70 (antes de centrar sus esfuerzos robóticos en la saga Gundam). Parecía, por lo tanto, una casa ideal para la tarea, pero sin embargo esta breve serie es bastante desconcertante, y se queda lejísimos de lo que debería ser una buena adaptación. Lo que más caracteriza a este anime de Starship Troopers es que parece dirigirse a un público mucho más joven que el libro: si bien la obra original se suele calificar como “novela juvenil”, el texto incluía conceptos políticos y filosóficos dignos de cualquier obra adulta, pero estos temas desaparecen por completo de esta versión animada. Lo que nos queda es la historia reducida a sus hechos más básicos -y ni siquiera de forma muy fiel- con un tono de aventura para chavales, el género “shonen” de toda la vida.

El primer mal signo es el alegre tema de apertura (durante el cual se muestra el título en japonés y en inglés), que no desentonaría en ninguna serie deportiva o de acción contemporánea de esta OVA. Y es muy curioso que lo primero que aparezca tras el mismo sea una dedicatoria a Robert A. Heinlein, cuando la adaptación que se hace de su novela ignora casi por completo el contenido de la misma. La acción arranca con un partido de fútbol americano, sugiriendo claramente que el protagonista, Johnny Rico, es estadounidense, cuando en el ni se menciona su nacionalidad (sólo su ascendencia filipina) ni practica ese deporte en ningún momento. También se le da una importancia inusitada al personaje de su amiga Carmencita, que aparecerá en todos los capítulos como interés amoroso constante, cuando en la novela apenas se la mencionaba en una decena de páginas.


Mejor le dais un vistazo y juzgáis vosotros mismos.

En cuanto al aspecto técnico, la calidad gráfica y de la animación es bastante pobre; cosa rara, porque la Sunrise siempre ha sido particularmente sólida en estas cuestiones, pero aquí vemos sin duda la parte más baja de su espectro, probablemente por un importante limitación de presupuesto. Las líneas son poco firmes, el diseño de arte poco inspirado y el de personajes insípido. Con su cabello rubio, Johnny Rico parece un personaje de “Beverly Hills 90210”. Los insectos alienígenas del original no parecen por ningún lado, y se les sustituye con una especie de artrópodos de dos patas que lanzan rayos de energía por la boca, y de cuya organización táctica o social, o sus posibles motivaciones para atacar a los humanos, no se nos explica absolutamente nada.

La parte de la novela que sí se adapta con acierto es lo concerniente a los trajes mecánicos, representados con fidelidad y bastante convincentemente. Sin embargo, las tácticas de batalla usadas por la Infantería Móvil nada tienen que ver con las  del texto original, donde los soldados normalmente actuaban a varios kilómetros de distancia entre sí, gracias a la enorme capacidad de desplazamiento de sus trajes. En este anime combaten como pelotones de guerra convencionales, y además sólo hay una batalla como tal, que se produce en el último capítulo. Aparte de esto, sólo vemos los trajes en acción durante el adiestramiento, en el cual aparece uno de los personajes de la novela, el teniente Zim, convertido en un hombre de raza negra. Resulta agradable ver al curtido instructor en esta adaptación, pero no así a la pandilla de amiguetes creada en torno a Johnny, totalmente inventada, que intensifica la sensación de aventurita adolescente de poco calado. Otro punto desconcertante es que durante el entrenamiento las bajadas desde el espacio a tierra se hagan en un transporte colectivo, y durante el combate real se usen cápsulas individuales como en el libro, en el cual la difícil adaptación a este claustrofóbico método era una de las partes cruciales de la formación. ¿Por qué no mostrar esta interesante parte en el anime?

No se pueden achacar los defectos mencionados a la falta de minutaje: en dos horas y media da tiempo a contar muchas cosas, por lo que resulta chocante que se incluyan escenas anecdóticas de la novela -como la pelea con los navegantes-, y se excluyan otras cruciales como el reencuentro con el padre, además de toda la doctrina política y moral del texto. No se menciona ni de pasada que la pertenencia al ejército dé el derecho de ciudadanía, ni se explica el sólido concepto del deber que impregna toda la novela. Tan sólo se transita del punto A al punto Z de la historia por caminos trilladísimos y con una animación de segunda categoría, siendo generosos. El resultado desconcierta aun más sabiendo que está al mando nada menos que Tetsuro Amino, director de enorme solvencia que ha firmado obras excelentes en varios géneros; o bien estaba en horas bajas o no se pudo sobreponer a la mediocridad del guión. Lo cierto es que Starship Troopers es una adaptación decepcionante que infrautiliza escandalosamente el material original, quedándose sólo en una interesante curiosidad.
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Bloguero en Nueva York. Segunda Parte

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Prometí en la anterior entrega hablar de lo malo de la simpar Nueva York. Lo primero sin duda es el Metro, asfixiante y degradada red de túneles que nadie puede querer tomar asiduamente si no es por necesidad. Lo de “asfixiante” no es una forma de hablar: realmente puede hacer mucho calor dentro de los vagones, empeorando mucho la calidad del viaje. Además, su esquema es realmente complejo, el más complicado que nunca haya visto, debido sobre todo a que por una misma vía circulan trenes de distintas líneas y tipos (express y no express); por ello, a veces es inevitable consultar con el personal de las estaciones para descubrir cómo llegar a nuestro destino. Tampoco puedo alabar la actual tarjeta reutilizable, que en cada recarga me que intenté me borró el saldo remanente, cosa auténticamente inaudita. Sólo puedo alabar dos cosas de esta red: su funcionamiento las 24 horas y la belleza de la estación Grand Central, ese gran nodo pegado al Chrysler Building. Pero incluso su majestuoso vestíbuloestá algo deslucido, pues en las constelaciones estelares representadas en su techo la mayoría de bombillas están fundidas; una verdadera lástima.

Hay otro aspecto que ensombrece la Gran Manzana: la basura. Es tal la cantidad de desperdicios que generan los ocupadísmos negocios de la ciudad que el visitante contempla asombrado cómo se se ha renunciado a intentar contenerlos. Así, al caer la noche, las bolsas de plástico negro se van acumulando en enormes pilas directamente sobre las aceras, en espera de los servicios de recogida. Fue esto lo que más me asombró en mi primera noche, caminando por la larguísima Broadway, además de cruzarme con el mismísimo Ben Stiller, que caminaba solitario yendo o viniendo de algún sitio. Quizá Nueva York sea una ciudad donde se paguen pocos impuestos, pero el problema de mantenimiento es flagrante. Sin duda sus mejores inversiones serían rescatar el metro y un sistema de recogida de basuras subterráneo, aunque imagino que esto último no gustaría a la red de indigentes que dedican la noche a escarbar en las negras montañas de plástico, ni a las bien comidas ratas -del tamaño de cachorros de gato- que veía jugar en una calle cercana a mi hotel.

Puedo suponer que la península es un sitio que no gustará mucho a los amantes de la igualdad racial. Sin duda la mezcla es casi infinita, pero con una segmentación absolutamente nítida: no existe tal cosa como un dependiente de de raza blanca, salvo rarísimas excepciones: todos los puestos poco cualificados (en mostradores, cajas, taxis, etc.) están ocupados por personas de raza negra, u ocasionalmente latina. ¿Dónde están los muchachos y muchachas blancos, o los acomodados de cualquier etnia? Supongo que encerrados en las oficinas, desempeñando puestos de consultor, contable, ejecutivo… la “cultura del éxito” es muy palpable, como lo es la sensación de “rueda de hámster” tan comentada por distintos autores. El lugar donde más se capta esto es en Central Park, repleto de carritos de niños que sólo muy raramente son empujados por las madres de los pequeños. Tal tarea es delegada en las nannys -típicamente, mujeres latinas de mediana edad-, que ejercen la crianza de facto, mientras las madres biológicas se encuentran en algún rascacielos “triunfando”. Ninguna otra imagen de la ciudad es más triste, ni evidencia más la gran mentira que puede ser el éxito.

Sobre el parque en sí, sin duda es enorme y admirable, y seguro que ha servido de cantera a grandes jugadores de los New York Yankees, pero por algún motivo que no acierto a definir no me acabó de llenar. Necesitaría una segunda visita para hacerle justicia, aunque me atrevo a aventurar que es un lugar mejor para visitar en compañía. Destacar el muy coqueto torreón que hace de estación metereológica y los bancos situados frente a una de sus masas de agua: cada uno tiene una placa metálica que cualquier ciudadano puede dedicar a un ser querido, imagino que pagando una buena cantidad al ayuntamiento. Señalar también que está repleto de ardillas totalmente domesticadas.

Matizo que la segmentación racial descrita para mí no es ni buena ni mala: simplemente es. Frente al blandísmo pensamiento contemporáneo de que todas las etnias son iguales e intercambiables, la realidad, tozuda, se empeña en compartimentarlas y separarlas, según las inclinaciones, cultura o posibilidades de cada una: en los bazares o en los “Delis” (pequeñas tiendas de comida) te atienden indios, en los Dunkin Donuts negros y en los carritos de comida callejera árabes, sin que nadie levante una ceja por ello. Por cierto que estos carritos-puestos metálicos son idénticos a lo largo de toda la ciudad, y quien los fabrica debe estar ganando mucho dinero. En ellos puede comprarse el clásico perrito, pero sobre todo están dedicados a la comida árabe, con los típicos kebabs y durum (allí llamdos “gyro”), el falafel, el arroz oriental… la imagen del americano gordo vendiendo perritos debió extinguirse hace décadas, todo lo contrario que los almacenes Macy’s, que parecen anclados en el pasado, pero para mal. Quizá sean el rincón más feo de toda la ciudad, pese al asombro que causan sus escaleras mecánicas, ¡¡con escalones de madera!!, por las que parece que en cualquier momento podría aparecer el mismísimo Don Draper.

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Y por no dejar el tema racial, Nueva York desde luego es una ciudad muy, muy judía: en cualquier rincón se pueden ver instituciones identificadas como tales (igual que hacen las sectas masónicas, algo realmente chocante para un europeo), y no suele ser difícil identificar a la población hebrea, ya que aparte de sus rasgos físicos distintivos muchos de sus varones lucen la kipah. Esto me lleva a uno de los lugares donde la distinción étnica es más llamativa de toda la ciudad, la tienda de electrónica B & H, donde prácticamente todos los vendedores son de fe judía (aunque no necesariamente blancos), inconfundibles por la kipah y el pelo en tirabuzones. No es una tienda cualquiera, por cierto: se ofrece la ultimísima tecnología (impresoras 3D, por ejemplo), los precios son muy buenos y el cuidado al cliente exquisito, con fuentes de agua y copas de caramelos dispuestas regularmente para hacer más agradable la visita.

Los judíos son un pueblo que me despierta sentimientos ambivalentes: por un lado son increíblemente talentosos y trabajdores (la citada tienda es un ejemplo), pero por otro tremendamente cargantes, acaparadores y excéntricos. Me resulta difícil calcular la cantidad de traumas que habrá causado entre sus varones la estética ortodoxa que a muchos de ellos se les impone, decididamente estrafalaria y completamente prescindible, pues ni el peinado ni el tocado de la cabeza tienen nada que ver con la espiritualidad. Los hijos de Israel parecen decirnos que no están dispuestos a adaptarse a los goyim ni a mezclarse con ellos, que debemos aceptarlos tal como son sólo porque tienen talento. Pero me temo que mientras no estén dispuestos a realizar un esfuerzo y disminuir la rigidez y el hermetismo hacia el exterior que los caracteriza -sin por ello perder su identidad- siempre serán mirados con desconfianza por el resto del mundo, sin importar las toneladas de victimismo tras las que se parapetarse. Puede ver un ejemplo tremendamente llamativo de tal tensión en el edificio adyacente al rascacielos del New York Times, de cuya fachada colgaba este cartel.

Quiero volver a los aspectos luminosos de Nueva York describiendo dos momentos de profunda emoción: el primero es el viaje en el ferry de Staten Island, una experiencia que toda persona que ame las ciudades debe tener una vez en la vida. Técnicamente, el ferry es algo tan prosaico como un transporte de trabajadores, que pasan de la citada isla a Manhattan, y viceversa; lo que lo hace tan magnífico es que, además de ser gratuito, bonito y cómodo, ofrece la vista más maravillosa posible del Bajo Manhattan y pasa casi al lado de la isla de Ellis, donde nos espera la consorte del Empire State, la legendaria Estatua de la Libertad. El paseo dura unos 25 minutos por trayecto, y si hace buen tiempo resulta simplemente delicioso, siendo el atardecer quizá el mejor momento para realizarlo, para volver a Manhattan ya de noche (se puede aprovechar para dar una vuelta por Staten Island, aunque no parece tener nada especial). Algo muy llamativo es que la estatua, pese a su innegable belleza, parece bastante pequeñita desde los aproximadamente 100 metros de distancia a los que pasa el ferry.

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El cronista en su hotel de mala muerte.

Otro momento especial fue cuando, el último día, recordé que no había visitado el edificio que había hecho las veces del Daily Planet en ese pequeño milagro de 1978 llamado Supermán, sitio que localicé tras una rápida búsqueda por internet (inciso: los locutorios son casi inexistentes en Nueva York, pero todos los Starbucks tienen wifi abierto: si tienes necesidad de una conexión urgente, acércate a un Starbucks). En la calle 42 me aguardaba “The News Building“, un lugar que la magia de Geffrey Unsworth hizo parecer bastante más impresionante de lo que realmente es. No obstante, verlo en persona, poder pasar a su interior y pasear junto al globo terráqueo del vestíbulo fue intensamente emotivo y evocador de aquel extraordinario film (para el cual había un pequeño recuerdo en el mismo vestíbulo). Sin duda uno de los mejores momentos de mi estancia en Manhattan.

Aquel día, sin embargo, ya sentía mi alma un tanto pesada, quizá por esa orfandad que uno siente cuando entrega las llaves del hotel y sabe que esa noche ya no tendrá a dónde volver. Además, la maravillosa Nueva York (y cualquier gran ciudad) puede caérsete encima poco a poco cuando eres un extraño que se mueve por sus calles amándola, pero sin un objetivo definido. Allá donde esté, toda persona necesita tener su lugar, una ocupación, un círculo social, sobre todo en en urbes como ésta, en las que son necesarios ingresos tan altos para tener calidad de vida. Es necesario también un muy buen nivel de inglés, sin el cual siempre se será un ciudadano de segunda.

Dejé atrás Nueva York rumbo al sur del continente cargado de impresiones, emociones y recuerdos indelebles. Quedó para otra ocasión visitar la periferia (Queens, Brooklyn), ir al cine y, sobre todo, a uno de los musicales de Broadway. Probablemente Manhattan nunca sea mi hogar, pero sí un lugar al que volver más de una vez; el pináculo de nuestra civilización, terrible y maravilloso. Realmente, allí uno siempre tiene la sensación, muy real, de que cualquier cosa puede ocurrir. Gracias por existir y por esperarnos siempre, Nueva York.
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Bloguero en Nueva York. Primera Parte

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Manhattan Oeste desde el Empire State Building.

Nueva York es, probablemente, la mayor creación que ha salido o saldrá nunca de mano humana. Difícilmente cabe pensar que cualquier otra gran urbe de la historia, ya sea París, Londres, Babilonia, Constantinopla o la mismísima antigua Roma, se le acerquen en términos de belleza, tamaño, majestuosidad y vida. Yo puedo esforzarme, con mis muchas limitaciones, en explicar todo lo que me ha transmitido la península de Manhattan, pero ciertamente no es una ciudad para explicarla, sino para experimentarla.

Aterriza uno en el JFK y le resulta llamativo lo modesto de la estructura, nada que ver con aeropuertos punteros del mundo como el Charles de Gaulle, el de Oslo o el mismísimo Barajas. Se trata de una estructura antigua y acaso obsoleta, aunque claro, ellos siempre pueden decir “Hey, this is New York airport, bitches!” De lo que sí puede presumir es de ofrecer la primera visión de la apabullante “skyline” de Manhattan. Al vislumbrarla, uno confirma que está por fin en el centro del mundo. El metro lleva en algo más de media hora al corazón de la ciudad, y he de decir que no es una buena presentación de la misma. De hecho, es con mucho el más feo y destartalado que he visto nunca, con unas estaciones que ofrecen casi siempre un aspecto viejísimo y desolador. Las primeras desde el aeropuerto semejan simples apeaderos de un pueblo portuario, y en las siguientes, hasta completar unas 12, resulta totalmente excepcional ver a una persona de raza blanca en los andenes. Es la zona de las castas bajas, que gravitan alrededor de la Gran Manzana.

Tan sólo cuando penetramos en la península, pasado Brooklyn, comienza el oropel de la ciudad, y bajándonos en cualquiera de las estaciones céntricas nos podremos sumergir plenamente en el mismo. Yo emergí en la Séptima Avenida, cerca de Times Square, y fui muy afortunado: es probablemente uno de los rincones que mejor aúna sofisticación, encanto y dinamismo de toda Nueva York. Aprovecho para alabar la admirable organización urbanística de la ciudad: Manhattan está surcada por una gran cuadrícula en la que las vías horizontales se llaman calles, y las verticales –más anchas, generalmente- avenidas. Hay 12 Avenidas numeradas cruzando en la península, con la Primera –la de las Naciones Unidas- en el Este y la Décimosegunda en el Oeste, complementadas por otras avenidas con nombres más distintivos, como la Lexington, la Park y la Madison. Las “calles” son más de 100, y se dividen en dos grupos: todo lo que queda a la izquierda de la Quinta Avenida es la parte “West” (Side Story), y lo que está a la derecha es el “East”. Cuanto más bajo es el número que da nombre a la calle, más al Sur estamos. Y en cuanto uno entiende este dibujo tan maravillosamente sencillo -tan sólo roto por esa anomalía llamada Broadway- puede orientarse casi sin ningún problema por la ciudad. Por ejemplo, si estás en la Tercera Avenida con la Calle 18 Este y tienes que ir a la Sexta con la 54 Oeste, sabes que simplemente tienes que moverte hacia el Noroeste y acabarás encontrando tu destino. ¡¡Qué diferencia con nuestro caótico sistema de direcciones, lleno de nombres asignados arbitrariamente, a menudo premiando a personajes muy poco ejemplares!!

Algo que asombra al empezar a caminar por la ciudad es que, contra todo pronóstico, los peatones son los reyes. No es que no haya coches en Manhattan, claro; hay miles y miles, y desde luego son muy importantes, pero cuando hay que decidir quién tiene prioridad de paso en un cruce no hay discusión posible: el peatón siempre va primero. Incluso si en el semáforo ha aparecido la manita que indica al caminante que debe parar, si éste cruza de todos modos, el coche se aguanta y se espera. Jamás se le toca el claxon urgiéndole a que se dé prisa; seguramente se considera una enorme descortesía. La única excepción es cuando un taxi llega a toda máquina desde una calle transversal y pita como diciendo “¡¡que voy follaaaoooo!!”, más que nada para no llevarse a nadie por delante. En todo caso, se diría que una pija neoyorkina podría cruzar la península de Norte a Sur hablando por su móvil y no tendría que preocuparse mucho por ser atropellada. Una gran idea para conocer la ciudad es recorrer al menos un tramo de cada avenida y degustar los distintos ambientes, desde el decididamente popular de los números medios de la Primera o la Segunda Avenida a la suntuosidad de la Quinta, Sexta, Séptima y Broadway. En general, cuanto más lejana la Avenida del eje central, menos glamourosa, aunque no hay reglas fijas.

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La magnífica Park Avenue.

Si algo define a Manhattan es el tamaño, el colosal tamaño de casi todo, que abruma al espectador, empezando, claro está, por los edificios, claro. Y ni siquiera necesitamos buscar los más emblemáticos ni los de las mayores empresas: en todas y cada una de las calles de la ciudad encontraremos construcciones descomunales, ya sea para albergar oficinas, comercios o simples apartamentos. Realmente, es inevitable preguntarse el por qué de semejante escala, si esos volúmenes eran realmente necesarios. Pero sospecho que la época en la que se creó el grueso estos edificios –principios del siglo XX- lo importante no era si algo era necesario, sino si era posible. Eran tiempos de experimentación, de ambición, de sueños concebidos y realizados. Más grande, más alto, más impresionante. Muchos dicen que el siglo XX fue nefasto, ¿pero por qué no proclamar que tuvo muchas cosas maravillosas? El espíritu efervescente, ingenuo e imparable que levantó Nueva York, la ciudad más extraordinaria de la historia, no tiene nada que ver con nuestro mundo actual, temeroso, acomplejado, atenazado. Ojalá ahora tuviéramos una fracción de la vitalidad y la visión de aquellos pioneros.

Por supuesto, el rey de Nueva York es el Empire State Building, que se alza majestuoso en un emplazamiento atípico, la Quinta Avenida, superando con mucho a todos sus pétreos vecinos. Y aunque hay varios colosos en la ciudad que lo desafían en altura y belleza, él siempre será el padre de la Gran Manzana, gracias a su simbolismo, su armonía –parece protegernos con esos sólidos hombros- y su inigualable emplazamiento. King Kong sabía lo que se hacía. Pero no quiero olvidarme de los “primos” del Empire: edificios como el Chrysler, probablemente el más bello de la ciudad y exponente máximo del Deco, quizá la corriente estética más afortunada de la historia; la Freedom Tower, que ha sustituído exitosamente a las añoradas Torres Gemelas; o el GE Building del Rockefeller Center, la aguja vertical más asombrosa en la ciudad del asombro. Ninguna otra construcción de Manhattan ofrece tal sensación de altura y poder, hasta el punto de crear auténtico sobrecogimiento, especialmente observada de noche. Ni siquiera necesita el Prometeo forrado de oro de la base para lograr tal efecto, aunque ciertamente es una buena adición.

Otro lugar apabullante, y no por la altura, es Times Square, el cruce de caminos en el cual late el corazón de la ciudad. Times Square anega por completo los sentidos con una explosión de luz e imagen en movimiento, la fantasía desatada de cualquier publicista. Tras haber estado en otros grandes cruces comerciales del mundo como Piccadilly Circus o Shibuya, puedo decir tranquilamente que ni se acercan a Times Square; su escala y espectacularidad se antojan inalcanzables. Lo único que desluce su esplendor –aparte de las ocasionales obras- son los dichosos pedigüeños disfrazados de personajes de cine y TV, tal como ocurre con la madrileña Puerta del Sol; es una atracción que sólo pueden seducir a los espíritus más vulgares, y que para colmo no pasa ningún filtro de calidad, estropeando la estética de la plaza en nombre de la tolerancia mal entendida. Más valdría a estos espantajos emplearse en puestos igual de poco cualificados, pero más dignos, como los taxis a pedales de Central Park (me sorprende que ningún progre haya puesto el grito en el cielo por una imagen tan políticamente incorrecta como la de un negro transportando a pedales a dos e incluso tres blancos). Porque Nueva York ciertamente tiene sus sombras, pero de eso y más os hablaré en la siguiente entrega.
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Starship Troopers, la novela

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Starship Troopers – Robert A. Heinlein – EEUU, 1959
Título Español: Tropas del Espacio

Robert A. Heinlein (EEUU, 1907) es tradicionalmente considerado, junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, uno de los “tres grandes” de la ciencia ficción. Una apreciación puramente subjetiva -como casi todo lo concerniente a lo literario-, pero que nos da idea de la influencia de este autor. La ciencia ficción no suele ser fácil de adaptar a medios audiovisuales, sobre todo las obras más ambiciosas del género, y por ello estos “tres grandes” aún no han sido llevados muchas veces al cine, aunque cada uno tiene al menos una obra emblemática convertida en película: De Clarke se tomó su obra corta El Centinela como base de la monumental 2001; de Asimov se adaptó Yo, Robot; y de la obra quizá más conocida de Heinlein, Starship Troopers, existe (en orden cronológico) una serie de anime, un largo de imagen real -con dos secuelas de bajo presupuesto-, una serie de animación occidental y, por último un largo de animación japonesa. En la serie que inaugura este artículo examinaremos casi todas las encarnaciones de la obra, aunque por supuesto empezaremos por el libro original.

Heinlein escribe Starship Troopers en 1959, con una edad más que respetable, 52 años, y el libro le vale la obtención de su segundo premio Hugo, el galardón más prestigioso de la ciencia ficción. La historia es extremadamente simple: escrita en forma de diario, narra las experiencias militares de Johnnie Rico, un joven que decide alistarse en la I.M. (Infantería Móvil) de la Federación Terrestre.

La mayor particularidad del mundo de Starship Troopers -que se sitúa en el siglo XXII- es la existencia de un gobierno mundial en el que la plena ciudadanía se obtiene únicamente tras prestar servicio en el ejército durante un cierto periodo de tiempo (como mínimo dos años). Se trata de una afiliación totalmente voluntaria, casi sin restricciones de acceso y con la renuncia permitida en cualquier momento, pero que resulta condición imprescindible tanto para votar como para optar a un cargo político. Johnnie pertenece a una familia adinerada en la que ninguno de los miembros es ciudadano, y su padre recibe un terrible disgusto al conocer la noticia de su alistamiento, que le parece totalmente innecesario y poco menos que un capricho. De hecho el propio joven está lleno de dudas al principio, pero desea descubrir si puede ser algo más que “el hijo del jefe”, y ciertamente su andadura militar lo cambiará por completo.

Starship Troopers  es mitad narración militar, mitad tratado moral, impartido mediante largos parlamentos puestos en boca del profesor de Ética en el instituto de Johnnie o de algún oficial superior. A través de ellos, Heinlein expone una particular visión sobre la vida y la sociedad, exaltando los sentimientos de responsabilidad individual y de servicio público, y rechazando con rotundidad las ideologías socialistas. Es importante saber que Heinlein sirvió como ingeniero naval en el ejército durante su juventud, experiencia que sin duda moldeó su personalidad. La gran tesis del libro es que un electorado y un gobierno formado únicamente por ex militares crearían una democracia muy perfeccionada, por este simple motivo: un militar, si bien tiene defectos como cualquier humano, después de un cierto tiempo sirviendo a su nación -o planeta- ha demostrado que antepone ante todo el bienestar colectivo, jugándose su propia integridad física para defenderlo.

Huelga decir que esta visión fue polémica en su momento y lo es quizá más en la época actual, pero Heinlein no exalta el militarismo, sino que más bien nos plantea qué valor tienen los derechos democráticos cuando no se ha hecho nada por ostentarlos. ¿Puede valorar la condición de ciudadano alguien que ha nacido con ella? El debate, que el autor suscitó hace 50 años, es tremendamente actual en estos tiempos en los que los ciudadanos de los países occidentales reclaman cada vez más derechos, pero parecen rehuir las responsabilidades. El planteamiento de Heinlein puede parecer extremista -¿quizá intencionadamente?- pero merece ser examinado con detenimiento. Frente al “todo gratis”, se nos presenta la estricta disciplina de la I.M. como forjadora del cuerpo y el alma, con reglas durísimas pero equitativas.

En cuanto al aspecto puramente narrativo, la historia no tiene grandes giros -a excepción de un reencuentro bastante sorprendente- y se limita a describir las campañas del protagonista, con una batalla final algo más trascendente, pero que no podemos calificar propiamente de clímax. No obstante, la narración y las teorías morales expuestas se hacen extremadamente interesantes y el libro se lee con gran rapidez (o así fue en mi caso). El estilo no tiene ninguna floritura, y lo único que se le puede reprochar es que las acciones bélicas no siempre están descritas con la deseable claridad. Un elemento que creo es original del libro es el traje militar acorazado y computerizado -una suerte de exoesqueleto que amplifica enormemente la capacidad de desplazamiento y combate- y que se convertiría en un elemento habitual de la ciencia ficción posterior. También se introduce el concepto de una raza extraterrestre inteligente de seres insectoides con una mentalidad de colmena; el mismo tipo de antagonistas que usaría brillantemente el hoy denostado Orson Scott Card en El juego de Ender.

Seguramente no pueda llamarse a Starship Troopers novelón de ciencia ficción, pero sí que es un libro extremadamente entretenido y bastante audaz, que invita al lector a pensar. Esto es algo a lo que debe aspirar la ciencia ficción -el género especulativo por excelencia- y es también lo que me lleva a recomendarlo.
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Con ganas de amar – Por fin una buena del chino

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Fa yeung nin wa – Hong Kong, 2000. Director: Wong Kar Wai
Título español: In the mood for love

Después de transitar con no poco dolor por toda la obra del aclamado Wong Kar Wai, llego por fin a su película más célebre, Fa yeung nin wa, que se conoció en todo el mundo como In the mood for love (“Con ganas de amar”). Intrigado como estaba por el éxito de este hombre, tras ver esta peliculita al menos puedo decir que no todas sus obras son mediocres o directamente malas. No, estamos ante una piececita cinematográfica bastante estimable, aunque tampoco vayan usted a creer que me voló la cabeza.

La historia es simple a más no poder: en el Hong Kong de los años 60, dos matrimonios sin relación entre sí se mudan a un edificio de apartamentos, alquilando sendos dormitorios en pisos ya ocupados por sus propietarios. La historia la veremos desde la perspectiva del marido y la esposa de cada una de las parejas, dos personajes presas de la soledad: él porque su mujer trabaja de noche en un hotel, ella porque su marido está siempre de viaje. La historia gira en torno a la soledad de estas dos personas y el inevitable romance (o no-romance) que se acaba produciendo.

El problema que tengo con Wong Kar Wai es que, al parecer, le gusta hacer cine pero no contar historias, y a los personajes de sus guiones no les suele ocurrir nada demasiado reseñable. Nos va presentando sus vidas a lo largo de unas semanas o meses, y cuando termina la película están más o menos como cuando empezaron. Mientras, escuchamos sus reflexiones, o les vemos dando paseítos o sintiéndose melancólicos, con un estilo que ignora aquello tan buscado por los buenos directores del “ritmo narrativo”. Con ganas de amar se aparta algo de este modelo porque la peripecia sí es interesante -al menos en principio- y se puede sentir cierta identificación con los personajes. Incluso a veces hasta les llaman por su nombre, cosa no tan frecuente en las historias de este director.

Volviendo a la historia, el marido y la esposa “abandonados”, vecinos puerta con puerta, pronto descubren que comparten varias cosas, como una sorprendente afición por las novelas de artes marciales, que se prestan entre sí, aunque siempre manteniendo una reverencial distancia. No es hasta que pasan muchos meses y descubren la dolorosa infidelidad de sus parejas que pasan a tener verdadera cercanía.

Todo esto lo vamos viendo con una técnica de montaje bastante original, que para mí es lo mejor de la película: las escenas suelen ser muy cortas, de un minuto o dos, y se nos ofrece muy poco contexto temporal (¿han pasado dos horas desde la última? ¿Dos semanas? ¿Un mes?), así la única forma de saber que ha pasado el tiempo es a través de los vestidos de la esposa: mientras que él suele llevar trajes de oficinista muy parecidos entre sí, ella luce un modelito distinto y muy llamativo en prácticamente todas las escenas. De este modo, aunque hay que estar atento para intentar situarse, el vestuario lucido por Maggie Cheung nos aporta una referencia visual muy clara. Este montaje gana riqueza gracias a la labor de Chistopher Doyle, en el que quizá sea su mejor trabajo. Con todas las pegas que se puedan poner a la película, el equilibrio fotográfico y de color es impecable.

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Toma rojazos.

¿Cuál es el problema, pues? Que el romance es francamente frío: pese a ser dos personas solitarias, traicionadas por sus cónyuges, con espíritus afines y MUY guapas, resulta que salen juntos pero no hacen NADA físico. Hasta alquilan una habitación juntos para escribir novelas al alimón… ¡¡y no se dan ni un besito!! Me va a perdonar, señor Wong Kar Wai, pero por mucho que gusten sus pelis a los gafapastas de Cannes, la gente no funciona así: dos personas en esa situación van a follar como animales, a menos que hayan hecho algún voto de castidad. Ciertamente la acción transcurre en una época más libertina que la actual, y podemos aceptar que estas dos personas son muy rectas moralmente, pero intentar hacernos creer que no se tocarían un pelo me parece simplemente un recurso para epatar.

Fíjense hasta qué extremo llega la cosa, que él se va de viaje de negocios a Singapur y ella, arrepentida de no habérselo merendado, viaja hasta el país, y hasta se cuela en su habitación de hotel. Y una vez allí, ¿qué hace? ¡¡Se fuma sus cigarrillos y se va!! Muy creíble, sí señor. Curioso que este momento de allanamiento parezca sacado de la peor película del director, Chunking Express, junto con otro defecto: una melodía taciturna que se repite como 15 veces durante el metraje (como ocurría con el tema California Dreamin’ en la susodicha). No es que sea una mala partitura, pero si hay que tener mesura en la vida, en el cine más. Por el contrario, decir que hay unas canciones de Nat King Cole en español muy bien utilizadas.

Así pues, ¿qué nos deja de bueno Con ganas de amar? Aparte del montaje y la fotografía, unas estupendas pinceladas costumbristas de Hong Kong, con esos pisos compartidos que equivalen a las corralas españolas, los puestos de comida callejeros usados a menudo por los personajes, o el jefe de la protagonista, que utiliza sus dotes de eficientísima secretaria para que le organice la agenda con su esposa y su querida. También tenemos la buena planta de Tony Leung y sobre todo a Maggie Cheung, una mujer de por sí bellísima que nunca habrá salido mejor en una pantalla ni llevado tanta ropa bonita (ciertamente es curioso el armario que gasta, cuando al parecer tiene una economía muy modesta). La película se cierra con un epílogo en Camboya totalmente inconexo del resto de la narración, como si Wong hubiera dicho “¡joder, me está quedando todo demasiado normal!” Ay, esos tics de artista

En cualquier caso, me alegra haber llegado al final del ciclo de de reseñas este director; 2046 me pareció bastante petardo, y con el resto de su obra no voy a molestarme salvo casualidades. Mi valoración final sobre él es que, nos pongamos como nos pongamos, le sobran taras para estar considerado entre los grandes del momento. Próxima parada… ¡¡Stanley Kubrick!!
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